El fracàs de la solució federal.


¿Por qué al PP y al PSOE les resulta tan difícil reconocer España tal como es? España tiene textura plurinacional y el Estado debe reconocerlo para conseguir la lealtad de todos respetando la identidad nacional de cada uno. En una sociedad democrática todas las lenguas merecen igual reconocimiento. El catalán (valenciano o balear), el gallego y el vasco son lenguas que deben tener el mismo tratamiento oficial que el castellano y, en consecuencia, ser reconocidas como lenguas oficiales del Estado. Es lo que sucede en Suiza, en Canadá, en Finlandia, en Bélgica y es lo justo. ¿Se ha pensado alguna vez qué sucedería en Suiza si el francés o el italiano fueran tratados como el catalán en España? El uso en la igualdad de las distintas lenguas oficiales en las Cortes Generales, en los documentos de identidad, pasaportes, moneda, etcétera, tendría efectos extraordinariamente positivos para la unión política.

Es ineludible una mejora de la organización institucional del Estado autonómico. En primer lugar, no se entiende ni funciona un Estado compuesto con un poder judicial centralizado. El pecado original ya se cometió cuando se puso en el Título VI de la Constitución la denominación Del poder judicial en vez de De los tribunales y de la administración de la justicia (en coherencia con los Títulos III y IV). Porque la independencia de los jueces se manifiesta en la administración de la justicia y no como poder corporativo.

El poder judicial es la institución más preconstitucional y centralista del Estado democrático, con una sala de lo militar en el Tribunal Supremo cuya pervivencia insulta la justicia democrática. Asimismo causa sonrojo que todavía no se haya promovido la reforma del Senado como cámara territorial de las nacionalidades y regiones y, también, que la provincia se mantenga como instancia periférica del Estado y como circunscripción electoral. Todo ello distorsiona el modelo territorial autonómico.

De igual manera no hay que inventar nada sobre la distribución de competencias y recursos financieros entre entes políticos. El derecho federal comparado abre muchas soluciones. ¿Por qué hay tanto miedo a la normalización y uso de la teoría y práctica federales que tan buenos resultados ha dado en otros Estados democráticos? Un miedo que deviene paradójico en la cultura política española, porque mientras el nacionalismo español ve en el federalismo la semilla de la división, los nacionalismos periféricos lo ven como el riesgo de uniformidad.

Al final los nacionalismos enfrentados acaban sumando fuerzas contra la alternativa federal. Pero no hay proyecto compartido posible entre España y Cataluña que no sea federal y se fundamente en la plurinacionalidad del Estado. Así que los nacionalismos tendrán que reconocerse, dialogar y pactar soluciones, como se hizo en el consenso constitucional de 1978. Creo que es posible si se aparcan los esencialismos nacionalistas y hay voluntad política de seguir la senda del desarrollo democrático y autonomista de la Constitución. Pero es inexcusable saber que la política útil y positiva no vive de las esencias patrióticas, sino del dominio de los tiempos reales. Un tiempo real que hoy exige no solo para el bien de Cataluña, sino también para toda España, un lema tan justo y oportuno como: "Volem 'tot' l'Estatut". Lo dijo Miquel Roca i Junyent en Catalunya Radio. Y acertó. Porque el autogobierno de Cataluña y la democracia española son interdependientes. Así se comprendió en la Transición e interesa a todos recordarlo.

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