290: Ignacio Castro Rey, ¿Cómo dormiste anoche? Cronificar el miedo, una pandemia de confusión





Hemos atravesado también una pandemia de confusión. Tanto a nivel médico, como psicológico y social, tardaremos tiempo en saber lo que hemos pasado en estos últimos meses. Ahora mismo no es descartable ninguna hipótesis, de la más moderada a la más fantástica. Y esto no solo por la dificultad personal en cada uno de nosotros para ordenar tantas sensaciones contrapuestas en días de zozobra y encierro, no solo por las cien transformaciones que hemos atravesado sin quererlo ni saberlo. También porque este periodo ha sido de una escandalosa incertidumbre en casi todos los órdenes. Sobre las mascarillas, la facilidad del contagio, el número real de muertos, la fiabilidad de los test y el curso mismo de la enfermedad, hemos oído casi todo, a veces en el mismo día. ¿Dónde, cuándo y qué no ha hecho el ridículo si podía hacerlo? No solo los gobiernos, prácticamente todos, y la cúpula de la Unión Europea. También la Ciencia, señalada como guía y disculpa política en estos tiempos de niebla vírica, ha dicho cien cosas distintas durante la misma semana sobre algo crucial que nos afectaba. El principio de incertidumbre se ha mostrado la pulpa de la sociedad del conocimiento, manteniéndonos el día entero en vilo a la espera de la próxima interpretación. No solo B. Gates y M. Zuckerberg se han hecho todavía más multimillonarios. Además, políticos, intelectuales, toda clase de expertos y científicos han viralizado su versión de los hechos en artículos y tertulias. ¿Se llegará también a decir, como se ha dicho del cáncer: Más viven de coronavirus que mueren de él? Al tiempo. Ahora mismo asistimos a otra carrera de la ciencia, prestigio y dinero incluidos, para ver qué empresa y qué nación descubre antes la ansiada vacuna. No es extraño que tantos ciudadanos, simplemente para sobrevivir, hayan decidido dosificar al máximo la información. A la vez que, por fin, hay que decirlo, tenían un tema con el que hablar con todo el mundo, incluida la gente con la que nunca se habla.

 

Nueva normalidad. Es la gran solución final. Aunque la pasión por lo nuevo ya es vieja, pues hace tiempo que vivimos del remozamiento perpetuo. Además, ¿puede ser nuevo algo normal? En resumidas cuentas, ¿qué vamos a decir de esta vieja pasión? Llevamos décadas normalizándonos más y más, otra vez a imitación del norte, de ahí nuestro aire más bien marciano. Más de lo mismo, en suma: más tecnología, más expertos, más obediencia y prudencia ciudadana. Más desarme personal del individuo, a imitación de Suiza, Holanda o Estados Unidos. ¿Distancia social? Claro, hay que parecerse al puritanismo calvinista que nos sodomiza. ¿Todavía más? Sí, en una masiva obediencia conductista, casi soviética, pero avalada ahora por la medicina democrática. En este socialismo a ultranza del Estado-mercado, la Salud es una figura clave para alcanzar la seguridad. La salud es hoy el alma del cuerpo. Como dice Han, la terapia ha ocupado el lugar de la teología.

Información, consumo, actualidad política. ¿Adiós a la singularidad personal? Es la época de la interdependencia, dice cualquier político con aspiraciones globales. Llevamos años viviendo del contagio masivo, el bueno, que además últimamente se ha personalizado. Ahora se trata de hacer del contagio malo, de la excepción maléfica (el cáncer, la depresión, el coronavirus), algo también crónico. Cronificar el miedo: cuanto más asustado e inválido, más flexible es el ciudadano. El bienestar también significa que solo en el fondo, en sus vicios privados, pueda alguien ser realmente distinto. A primera vista solo queremos diferencias comercializables, minorías reconocibles. Digitalización, ecología, vida sana. Distancia social y teletrabajo. Cita previa hasta para vivir, ya no digamos follar. Pronto Tinder se quedará corto y habrá protocolos de consentimiento hasta para hablar con tu propia madre. Para bien y para mal, muchos olvidaremos pronto este trauma. Houellebecq, que en sus últimas novelas ha convertido el apocalipsis en chiringuito de playa, tiene posiblemente razón en este punto. Lo malo se olvida pronto, dice el refrán. Y en cierto modo así debe ser. La gente necesita volver cuanto antes a hacer su vida, cosa hoy dificultada por todas partes.

Sin duda, sería deseable que la sociedad sacase de estos meses una cierta lección de humanismo, pero es muy dudoso que esto ocurra en una autodenominada “sociedad del conocimiento” que, en realidad, es sociedad de la auto-vigilancia. Frente a ella, quien quiera ser libre ha de redoblar sus armas, ya que el Amo no es hoy nadie en concreto: el poder se basa en el consenso (tras una élite horizontal que simula imitar a los ciudadanos) y el miedo a romperlo, a quedarse atrás. Desgraciada o afortunadamente, por debajo las cosas son muy distintas. A partir de ahora quien quiera sobrevivir habrá de limitar su pacifismo cívico, sin entregarse como ganado al mandato estatal. Es un poco preocupante que la progresía, a veces también la de corte “lacaniano”, diga en este punto lo que dice todo el mundo, impartiendo consejos de mansedumbre bovina.

Después de someternos a una limpieza étnica personalizada, que pasa por el control médico a distancia y normas de higiene y distanciamiento, también dentro de cada uno de nosotros (más que nunca, habrá que mantener a raya los grumos oscuros del cuerpo), despertaremos en una Nueva Normalidad. Con su lúcida crueldad, Agamben comenta: millones de ciudadanos, para integrarse, aceptarán sentirse apestados. En otro sentido ya lo eran, dice el filósofo, pues estaban contaminados hasta el tuétano por la sociodependencia que se realimenta del miedo. El resultado es esta comunicación sin comunidad sobre la que algunos nos han alertado. Rituales de distanciamiento, incluso en los entierros, en vez de la antigua aproximación. Distanciamiento disfrazado bajo un ritual clínico. Es la sociedad de la cuarentena, que ha de normalizar como algo crónico, más todavía de lo que era, hasta la depresión. Corona blues, dicen en Corea.

¿Saldremos más fuertes? Sí, pero en nuestra voluntad de debilitar nuestra personalidad al máximo. La pandemia inaugura una vigilancia biopolítica interactiva. Hace décadas que, a imitación de la Democracia más grande del mundo (el tamaño importa), somos empujados a dejar atrás cuanto antes la vida espontánea de los afectos. ¿Nueva normalidad? Enfundado en su frialdad trajeada, epítome de lo más granado de la clase dirigente europea, Sánchez solo le ha dado el enésimo nombre a una vieja aspiración política. Cronificar es lograr una pandemia y un miedo sostenibles, a imitación de otras mutilaciones también sostenibles. Clonación sostenible, por qué no. Al fin y al cabo, como inválidos bien equipados, se trata de aprender a convivir con la servidumbre voluntaria hacia el nuevo dios social. No tan nuevo, pues lleva décadas debilitando nuestra independencia.

Una vez más el ingenio popular, desde el último empleado hasta algún empresario, ha sido clave para que el desastre no fuese completo. Si dependiese de los expertos, los científicos y los políticos, ni sabemos dónde estaríamos. Pero ellos solo son la patética minoría que pretende cortar el bacalao. Lejos de ellos, la gente que nos ha quitado las castañas del fuego, el personal médico y un amplio abanico de trabajadores, saben muy poco, por fortuna, de la posverdad y la deconstrucción. Cuanto más progresista y político es el humano, cuanto más “experto” y empoderado, menos conciencia tiene del mal. Menos ojos, oídos y manos para ayudar, para el coraje y la generosidad que requiere afrontar el peligro y brindar protección.

Igual que el sida, este nuevo mal es propio de la promiscuidad metropolitana. Es posible que los vagabundos sean quienes mejor hayan llevado la lenta hecatombe. Quizá apenas se enteraron. Cuando guardaban la “distancia social” lo hacían compartiendo a morro la misma botella de cerveza. En general los pobres, que en España y en Italia viven sin distancia social, también parecen los más preparados para sobrellevar mejor, psíquica y corporalmente, la pandemia. Como saben más bien poco de la llamada sociedad del bienestar, siguen teniendo armas primarias para afrontar la crudeza de los reveses, mientras ignoran a la información y a los políticos. Tal vez esto compense que los hospitales no les atiendan fácilmente. Por la misma razón, es posible que en Colombia o México la gran mayoría alejada de las élites vaya a sufrir menos angustia que en España o Italia. Y la angustia baja las defensas.

Hay razones incluso para pensar que la desproporción psicológica de esta pandemia se debe a que por fin nos ha tocado a nosotros, en definitiva, una estirpe hipocondríaca, apoltronada en la religión de la seguridad. Es posible que en Perú, en Marruecos o en Gaza, donde la vida es más real y más difícil (allí las vidas valen menos, dice nuestro racismo democrático), se tomen esto con una menor histeria y un grado más alto de empatía comunitaria.

Siguiendo un instinto de poder y distancia, a los gobiernos les encanta poder emitir decretos y medidas de excepción. Por encima de todo, les encanta que la población obedezca en masa, conducida por el miedo. En medio de una deseada inmunidad de rebaño es incluso dudoso que nosotros, ciudadanos terciarios perpetuamente conectados, nos sintamos vivos si no ocurre alguna pequeña catástrofe. ¿No es lo que buscamos con el exitoso género de terror, con los efectos especiales, con los deportes de riesgo? Dentro de un panorama biopolítico donde la medicina y la ciencia son la autoridad competente, el reiterado llamamiento a la responsabilidad de cada uno es en realidad el llamamiento a obedecer, a interactuar con el poder acéfalo, a gestionar bien el miedo. A hacerse responsable, en suma, de la desactivación personal. Cada uno debe hacerse cargo de una interactividad basada en una previa interpasividad. De ahí nuestra flexibilidad cadavérica. La ficción social del poder compartido continúa, mucho más poderosa que en la hipocresía de antaño.

Llevamos décadas desactivando la independencia personal: ¿qué sentido tiene pedir ahora una especie de heroísmo individual? Solo éste: colaboren, ayúdennos a gobernarlos. En las mascarillas y en los desplazamientos, salvo raras excepciones, todo el mundo obedeció a las amenazas morales acompañadas de multas. Incluso hubo ciudadanos que se erigieron en vigilantes de la playa democrática para increpar a otros que se saltaban las normas.

La sociedad como policía, se dijo. Que nadie se salga del gran angular de lo social, de su estatismo continuo, establecido en Fases hacia la vuelta a lo que debería ser una eterna Fase X. Nueva normalidad: permanezcan atentos a la pantalla, el altavoz de la de las órdenes y los posibles rebrotes. A partir de ahora hay que estar de continuo en guardia. Parece que la moraleja es que habíamos sido demasiado humanos, demasiado espontáneos, excesivamente hedonistas y libertinos. Vamos entonces a clonarnos, todavía más. Por eso la policía apenas ha tenido ni tendrá que actuar. Se limitó, de vez en cuando, a hacer acto de presencia y aplaudir con nosotros. Malas noticias para la Revolución: tampoco va a ser mañana. Menos mal que, en el fondo, nadie la quería. Era solo, en mil anuncios publicitarios, un recurso retórico para que la normalización en curso no fuese en exceso aburrida. Tal como están las cosas, usando a fondo la violencia política del deseo algunos nos empeñaremos en que la vieja anormalidad sea posible todavía.

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