Apofènia (les teories de la conspiració).




La llegada de internet y la interconexión creciente de la sociedad han dado un gran impulso a las teorías de la conspiración. Hoy es más fácil que las personas encuentren “pruebas” de sus teorías sobre el 11-S o que compartan sus descabelladas conclusiones sobre la CIA y el sida con otras de mentalidad parecida y sin ni siquiera salir de casa. 

Las teorías conspirativas no son un fenómeno nuevo, así que ¿acaso no podría obedecer a una peculiaridad del cerebro el hecho de que las personas estemos tan dispuestas a dejarnos absorber por figuraciones paranoicas? En cierto sentido, sí, así es. Pero, ¿qué tiene eso que ver con la superstición? Una cosa es creer que un trébol de cuatro hojas da buena suerte y otra, muy distinta, ir por ahí proclamando que los ovnis son reales y tratar de introducirse ilegalmente en las instalaciones del Área 51, así que ¿cuál es el nexo que las relaciona?

Esa es una pregunta tan irónica como lo es la tendencia a apreciar pautas en aquellas cosas (a menudo no relacionadas entre sí) que conectan las conspiraciones con las supersticiones. Existe, de hecho, un nombre que designa la experiencia de ver conexiones en sitios donde, en realidad, no hay ninguna: apofenia. Por ejemplo, si usted lleva puestos sin querer los calzoncillos al revés y ese mismo día gana dinero con un boleto de lotería de los que se rascan, y a partir de entonces, no compra boletos de ese tipo en los estancos sin haberse puesto la ropa interior al revés antes de salir de casa, usted está dejándose llevar por la apofenia.(…) Es algo parecido a lo que sucede cuando dos personalidades famosas fallecen de causas familiares o en accidentes con menos de un mes de diferencia: eso, por sí solo, puede ser simplemente una desafortunada tragedia, pero si, al fijarnos más detenidamente en la vida de esos dos individuos, descubrimos que ambos eran críticos con un determinado organismo político o con un gobierno y nos convencemos entonces de que han tenido que ser asesinados por ello, experimentamos apofenia. (…)

No solo las personalidades paranoicas o suspicaces son proclives a ese fenómeno: cualquiera puede experimentar lo. Y es bastante fácil deducir cuál fue seguramente su origen. 

El cerebro recibe un torrente constante de información variada a la que tiene que dar sentido. El mundo que percibimos es el resultado de todo ese procesamiento de datos llevado a cabo por nuestro cerebro. (…)

Pese a que son numerosas las regiones cerebrales que intervienen en que sintamos y percibamos el mundo que nos rodea, nuestras limitaciones en ese terreno no dejan de ser considerables. Y no es que el cerebro esté mal provisto en cuanto a potencia: más bien se trata de que somos bombardeados a todas horas por un volumen excepcionalmente denso de información, de la cual solo un poco tiene realmente relevancia para nosotros, y el cerebro dispone de apenas una fracción de segundo para procesarla y convertirla en datos que nos resulten útiles. De ahí que el cerebro se tome no pocos atajos para mantener las cosas (más o menos) bajo control. (103-105)


Dean Burnett, El cerebro idiota, Editorial Planeta, Barcelona 2016

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