La revolució lenta i les armilles grogues.




Nos encontramos ante un bloque popular que se ha recompuesto y se ha hecho más fuerte. La secesión de las élites y las clases superiores iniciada al final del siglo pasado desemboca hoy en la emancipación de los de abajo. Esa autonomía cultural es la que explica la potencia y la duración del movimiento de los chalecos amarillos y de la ola populista en el mundo. En realidad, lo que llamamos “populismo” no es más que la forma política de un nuevo modo de empoderamiento de las clases populares. 

Se ve cómo el movimiento real de la sociedad, el de las clases populares mayoritarias, hace que se derrumben, uno a uno, todos los principios del discurso dominante. Este vuelco no es producto de una ideología, y mucho menos de una “toma de la Bastilla”, sino de la permanencia de una sociedad popular obligada a tomar las riendas de una realidad social y cultural que contradice por completo la visión irenista de las clases dominantes. Ante la voluntad de reducir el Estado del bienestar, de privatizar, las clases populares ponen por delante la necesidad de preservar el bien común y los servicios públicos; ante la voluntad de desregular y desnacionalizar, proponen un marco nacional que condiciona la defensa del bien común; ante el mito de la hipermovilidad, revelan la realidad de un mundo popular sedentario mucho más duradero; ante la construcción de un mundo de indiferenciación cultural, plantean un capital cultural protector.

Este poder blando de las clases populares no es un síntoma de repliegue sino, al contrario, de una voluntad de reconstruir la sociedad, proteger el bien común y mantener viva la democracia. Este momento democrático sitúa la “burguesía moderna” frente a sus contradicciones. Encerrada en sus ciudadelas geográficas e intelectuales, no puede seguir fomentando el mito de la sociedad abierta mientras excluye a los más modestos. Ya es hora de que las clases dominantes ajusten sus relojes según la mecánica de la sociedad popular. Creer que el movimiento de los chalecos amarillos y el del Brexit no son más que fenómenos coyunturales es absurdo. Por el contrario, son producto de una “revolución lenta”, la de las clases populares que, en todo el mundo, se niegan a seguir relegadas cultural y geográficamente. Esta revolución lenta no es fruto de una manipulación, sino de un diagnóstico, el de la desaparición de la clase media occidental. Este movimiento cultural y existencial no va a detenerse, así que más vale incluirlo en un marco democrático normal.

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