Psicologia de la superstició.



Incluso quienes aseguran que no son supersticiosos ejecutan rituales tras «tentar a la suerte»: tocan madera, escupen o esparcen sal. Todo con un mismo objetivo: evitar el mal fario. Al parecer, estas acciones nos ayudan a sentirnos mejor, porque, tras llevarlas a cabo, la temida tragedia nos resulta más difícil de imaginar.

Para comprobarlo, investigadores de las universidades de Chicago y la Nacional de Singapur idearon el siguiente experimento: en el laboratorio, empezaron a hablar con los probandos de trivialidades, conversación que fueron orientando hacia una desgracia concreta. En una de las pruebas, el investigador sacó el tema de los accidentes de tráfico. Después preguntó al participante: «¿Cree posible que usted o alguien cercano sufra un terrible accidente de coche este invierno?». Algunos probandos eligieron una de tres respuestas neutras; otros, una de tres diseñadas para que resultaran presuntuosas, por ejemplo, «Ni hablar. Ninguno de mis conocidos va a sufrir un accidente. Eso es imposible». En un test previo se comprobó que estas respuestas despertaban en las personas la impresión de haber tentado la suerte. A continuación, se pidió a los participantes que intentasen dejar la mente en blanco; para ello se podían ayudar dando golpecitos rítmicos con los nudillos sobre la mesa o por debajo de ella, o no realizar ninguna acción.

Según los resultados, quienes habían «tentado la suerte» con sus respuestas mostraban un mayor temor a los accidentes de tráfico tras la conversación. De estos, los que golpearon rítmicamente la superficie de la mesa manifestaron una reducción en su temor similar al que mostraron los probandos que no habían tentado el destino. En cambio, los que no ejecutaron una acción o que golpearon la parte inferior de la mesa con los nudillos hacia arriba siguieron estando más preocupados. Los autores propusieron otras cinco acciones a los sujetos para combatir el mal fario, entre estas, lanzar una pelota, ya fuese física o mentalmente. Ambas propuestas invirtieron el efecto de mala suerte. Según publicó en junio de 2014 Journal of Experimental Psychology, las acciones de evitación tranquilizaban la mente de los probandos.

Al parecer, el poder de las acciones de evitación reside en su efecto atenuador de la imaginación. Cuestionarios posteriores han revelado que los individuos que realizaban acciones neutras o de aproximación (golpear la mesa por debajo o sujetar la pelota) presentaban imágenes mentales del resultado temido más vívidas que quienes ejecutaban acciones de evitación.

Los investigadores presumen que los gestos de evitación son transculturales y reconfortan incluso a los no supersticiosos, puesto que ayudan a eclipsar la imagen mental del siniestro temido.

Tori Rodríguez, Ahuyentar la mala suerte, Mente y Cerebro, Mayo/Junio 2015

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