Paraules i immigració.

En estas pocas líneas, que parten del convencimiento de que el lenguaje no puede dar una imagen clara y sin ambigüedad de la realidad, queremos llamar la atención sobre esa densa metaforización que la inmigración padece, y que hace que la forma en que se piensan y tratan las actuales migraciones sea en gran medida cosa de metáforas.

Quizás lo primero que haya que decir es que, desde una perspectiva socioantropológica, las metáforas no son un simple ornamento lingüístico o un mero recurso literario, sino que son, ante todo, una cuestión de construcción de significado; y, por tanto, de pensamiento y de acción. En efecto, las metáforas crean, mediante la intersección de dos cambios semánticos, nuevos significados, de tal manera que se comprenden y experimentan unas realidades parcialmente en términos de otras. En este sentido, las metáforas a las que habitualmente se recurre a la hora de hablar de los migrantes median y conforman los modos que tenemos de pensar y actuar con respecto a sus llegadas, instalaciones y movilidades.

Entre las metáforas que pueblan los decires sobre la inmigración son cuantiosas las que, procediendo de la botánica y de la biología, asimilan a los migrantes con plantas, y así nos hablan de arraigos, desarraigos, trasplantes e implantaciones, y las que los describen como aves y otros animales que, como evocan expresiones del tipo en manada o en bandada, actuarían comunidades poco permeables y promiscuas.

Junto a estas metáforas fitomórficas y zoomórficas, se encuentran también las metáforas miserabilistas, esto es, aquellas que asimilan las migraciones con la carencia y la privación, con la falta, al insistir en afirmaciones como son pobres, subdesarrollados, atrasados o poco cualificados, y las médicas que vinculando a los migrantes con toda una serie de manifestaciones patológicas, como el virus o la peste racista, los brotes de racismo y xenofobia o la gangrena multiculturalista, hacen de su presencia un fenómeno anómalo, siempre asociado o causante de fenómenos mórbidos y, en definitiva, amenazadores para la integridad del “organismo social” en el que los migrantes se han o se están asentando.

No obstante, si bien estas metáforas son muy recurrentes, las más comunes son las acuosas y especialmente aquellas procedentes de la estrefografía. Con las primereas se asemeja las migraciones a flujos, corrientes, torrentes u olas migratorias, subrayando de este modo la continuidad del fenómeno migratorio y amplificando, sobre todo cuando aquéllos toman el carácter de oleadas, mareas, avalanchas, aludes o riadas, la magnitud y el significado de la afluencia de los migrantes.

Estas tenaces metáforas acuosas sugieren que la migración es un fenómeno fluido que no debe pasarse por alto. En efecto, la inmigración, cuando se describe mediante imágenes fluentes, se transforma en un fenómeno natural y continuo, a veces lento, pero nunca se detiene y que siempre puede desbordarse o desatarse. Como cualquier otra corriente, la migratoria entraña siempre un peligro para la sociedad por la que pasa o desemboca, y, en consecuencia, habrán de tomarse precauciones o incluso deberá evitarse.

(…) Estas metáforas, que hablan de aguas crecientes y no domesticadas, sugieren un movimiento hacia un peligroso final que si no puede detenerse, si no se encauza o controla adecuadamente, tarde o temprano, tendrá un desenlace trágico, pues arrastrará, anegará o sumergirá todo lo que encuentre en su camino, causando desolación e incluso muerte.

Junto a estas pertinaces metáforas que generan interpretaciones catastrofistas de la inmigración, (…), encontramos las metáforas que evocan el arte de la guerra. Metáforas que, como ponen de manifiesto los giros invasión, ilegales, clandestinos, motines de inmigrantes, asalto del sur, bomba demográfica, bandas o interceptación de pateras, remiten a hechos militares, y hacen pasar la frontera y de la instalación en un nuevo territorio una agresión, un acto hostil, un ataque o una violencia. Describir la inmigración con imágenes de guerra asemeja a los migrantes con soldados o combatientes, esto es, con enemigos en un conflicto bélico, y, de este modo, su desplazamiento toma el carácter de una incursión y su presencia e instalación, el de una derrota.

(Estas metaforizaciones hacen de la inmigración hacen de ella) un grave problema de orden público, cuya solución no puede ser sino excepcional y urgente; o lo que es lo mismo, un asunto de seguridad cuyo remedio no puede consistir sino en reforzar los controles que se ven amenazados o sorteados, incrementándolos y complementándolos con otras medidas de carácter preventivo que –como la ayuda o la cooperación- no dejan de ser subsidiarias.

(…) En suma, este léxico que presenta y representa a la inmigración como una acción militar y/o como una catástrofe natural connota la presencia de los migrantes como un problema o una amenaza, incluso como un azote, participando así activamente en la construcción de ese temor del que se nutre –y con el que se suele explicar- la denostación y el desprecio.

Enrique Santamaría, De metáforas e inmigración, Archipiélago 73-74, Diciembre 2006


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