Les tres respostes al problema de Hume.
La pregunta de Hume puede formularse así: ¿se puede demostrar que la ciencia experimental será posible mañana tal como es posible hoy?
A esta pregunta, bien comprendida, parece que hasta hoy solo se le han presentado tres respuestas:
1) Una respuesta metafísica a la pregunta de Hume consistiría en demostrar la existencia de un principio absoluto que gobierna nuestro mundo. Se podría proceder, por ejemplo, a la manera de un discípulo de Leibniz: demostrar primero la existencia necesaria de un Dios perfecto, luego inferir de ello el hecho de que semejante Dios no pudo crear sino el mejor de los mundos posibles, el nuestro. La eternidad de nuestro mundo, o al menos de los principios que lo rigen, estará así garantizada por la eternidad de la perfección divina misma. Sería una demostración que podemos llamar directa e incondicional de la necesidad causal: demuestro positivamente que la existencia de Dios es incondicionalmente necesaria (que procede de su sola esencia, y no de una condición exterior), y luego infiero de ello directamente que nues
tro mundo debe ser y seguir siendo como es. (140-141)
2) La solución escéptica es la que Hume ofrece a su propia pregunta. Su respuesta se puede descomponer
en dos momentos:
a) Hume comienza por rechazar toda solución metafísica al problema de la causalidad: no se puede establecer por medio de un razonamiento, cualquiera que sea, la estabilidad futura de las leyes naturales.
En efecto, tenemos a nuestra disposición, según Hume, solo dos medios de establecer la verdad de una existencia o de una inexistencia: la experiencia y el principio de no-contradicción. Ahora bien, ninguno de esos dos medios nos puede permitir demostrar la necesidad de la conexión causal. La experiencia, en efecto, puede informarnos acerca del presente o del pasado, pero no acerca del porvenir. Puede decirnos que semejante ley existe, o se verifica, tal como ha existido o se ha verificado en el pasado, pero no puede establecer que se verificará todavía en el futuro. En cuanto al principio de no-contradicción, nos permite establecer a priori, sin recurrir a la experiencia, que un acontecimiento contradictorio es imposible, que no
puede existir ni hoy ni mañana. Pero no hay nada contradictorio, según Hume, en el hecho de concebir que las mismas causas engendrarán mañana efectos diferentes. (141-142)
Más allá de la necesidad causal, lo que aquí se desafía es aquello que Leibniz denominaba principio de razón. En efecto, según dicho principio, como hemos visto, todo debe tener una razón de ser así más que de otra manera. Pero lo que nos dice Hume es que semejante razón es totalmente inaccesible al pensamiento: porque dado que no podemos establecer que las leyes deban seguir siendo lo que son, tampoco podemos establecer la necesidad de ningún hecho: todo, por el contrario, y en vista de las meras exigencias de la lógica y la experiencia, todo podría convertirse en otra cosa de lo que es, los procesos naturales tanto como las cosas o los acontecimientos. Nada se revela como teniendo razón de ser y perdurar de modo idéntico. (142-143)
b) Pero Hume no se contenta con descalificar toda posibilidad de respuesta a su pregunta: modifica la pregunta misma de modo tal de reemplazarla por un problema que esta vez, según él, admita una solución. Puesto que no podemos demostrar la necesidad de la conexión causal, es preciso, en efecto, dejar de preguntarse por qué las leyes son necesarias, y preguntarse más bien de dónde viene nuestra creencia en la necesidad de las leyes. Aquí hay un desplazamiento del problema que consiste en reemplazar una pregunta sobre la naturaleza de las cosas por una pregunta sobre nuestra relación con las cosas: ya no preguntamos por qué las leyes son necesarias, sino por qué estamos convencidos de que lo son. La respuesta de Hume a esta nueva pregunta está en una palabra: el hábito, o más bien el acostumbramiento. Cuando un hecho se repite provoca en nosotros, de modo espontáneo, un sentimiento de acostumbramiento del cual procede la certeza de que lo mismo sucederá en el porvenir. Lo que gobierna el conjunto de nuestra relación con la naturaleza es una propensión de esa clase a creer en la repetición de modo idéntico de lo que ya se ha repetido. (143)
3) Finalmente, el tercer tipo de respuesta es la respuesta trascendental de Kant … El principio de la solución trascendental, y su diferencia con una solución metafísica de tipo clásico, consiste en sustituir una demostración metafísica, incondicional y directa, por una demostración condicional e indirecta. Una respuesta metafísica o dogmática al problema de Hume consistiría, habíamos dicho, en demostrar positivamente que existe un principio absolutamente necesario, luego en derivar de él la necesidad de nuestro mundo. La investigación transcendental consiste en cambio en proponer una demostración indirecta de la necesidad causal, es decir, una demostración a través del absurdo. El recorrido es el siguien
te: se supone que no hay efectivamente ningún tipo de necesidad causal, y se examina qué resulta de ello. Ahora bien, lo que resulta es, según Kant, la completa destrucción de toda forma de representación: el desorden fenoménico sería tal que ninguna objetividad, e incluso ninguna conciencia, podrían subsistir duraderamente.
De allí en más, Kant puede considerar que la hipótesis de la contingencia de las leyes está refutada por el hecho de la representación. Su respuesta, por lo tanto, es bien condicional: Kant no dice que es absolutamente imposible que la causalidad deje de regir el mundo en el porvenir, sino que dice que es imposible que semejante acontecimiento se manifieste y esto porque si la causalidad dejara de regir el mundo, nada tendría ya consistencia, y entonces nada sería representable.
… si la causalidad dejara de estructurar la representación (como las demás categorías del entendimiento), dejaría de estructurar cualquier aspecto del fenómeno, y nada podría volver a escapar, del sujeto o del objeto, que nos diera el placer de contemplarlo como simples espectadores.
La necesidad causal es una condición necesaria, entonces, de la existencia de la conciencia y del mundo cuya experiencia esta realiza. Dicho de otra manera: no es absolutamente necesario que la causalidad rija todas las cosas, pero si la conciencia existe, no puede ser sino porque una causalidad rige necesariamente el fenómeno. (143-145)
El punto común de esas soluciones es que todas consideran como un punto adquirido la verdad de la necesidad causal. En todos los casos, no se plantea la cuestión de saber si existe efectivamente una necesidad causal, sino solo de saber sí es posible o no otorgársela a la razón. Esta necesidad es considerada como una evidencia que nunca se cuestiona: por supuesto, es manifiesta en el caso de las soluciones metafísicas y trascendentales, puesto que ambas soluciones consisten en demostrar su verdad. Pero el propio Hume tampoco duda nunca realmente de la necesidad causal: duda solo de nuestra capacidad para establecer esta necesidad por medio del razonamiento. Según él, la "causa última de una operación de la naturaleza" debe seguir resultándonos desconocida: podemos reducir los principios que producen los fenómenos naturales a un pequeño número de causas generales pero, subraya Hume, "intentaríamos en vano descubrir las causas de esas causas generales [...]. Esos resortes y sus principios últimos se sustraen por completo a la curiosidad y a las investigaciones del hombre". En otros términos, podemos esperar descubrir las leyes principales que rigen el Universo, pero nos sigue siendo inaccesible la causa de esas mismas leyes que les confiere su necesidad. Por cierto esto supone reconocer que existe una necesidad última de los procesos físicos. Y es precisamente porque Hume lo reconoce que puede caracterizar su posición como siendo una posición escéptica: decirse escéptico es reconocer que la razón es incapaz de fundar ella misma nuestra adhesión a una necesidad que se supone verdadera. (145-146)
Formulado de un modo clásico, se enuncia de la siguiente manera: ¿es posible demostrar que de las mismas causas se seguirán en el futuro, ceteris paribus, los mismos efectos; es decir cosas que, por otro lado, son iguales? Dicho de otra manera: ¿podemos establecer que, en circunstancias idénticas, las sucesiones fenoménicas futuras serán idénticas a las sucesiones presentes? La pregunta que plantea Hume concierne entonces a nuestra capacidad de demostrar que las leyes físicas seguirán siendo en el futuro lo que son hoy, o incluso a nuestra capacidad de demostrar la necesidad de la conexión causal. (137-138)
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