Defensa de la Il·lustració (i del feminisme).



La historia no es ninguna autoridad para el tribunal de la razón. La obra de la razón en la historia puede fracasar o ser derrotada, y puede ser traicionada incluso por los Ilustrados más inteligentes y comprometidos. Pero eso no añade ni quita nada a sus exigencias. Si los filósofos de la Ilustración no pudieron evitar razonar como varones machistas o como esclavistas vergonzantes, eso no indica que los principios de la Ilustración sean compatibles con el patriarcado o el esclavismo. Indica tan solo que ni siquiera Kant o Locke lograron pensar suficientemente como verdaderos ilustrados. Robespierre sí pretendía abolir la esclavitud. Y sobre todo, pretendieron abolirla (lo que desembocó en un genocidio) los jacobinos negros que se rebelaron en las colonias, alentados por la revolución francesa. Ellos eran los verdaderos ilustrados, no, a este respecto, Kant o Locke. Robespierre no pensó demasiado en extender los derechos civiles al sexo femenino. Pero sí lo pensó Olympe de Gouges, que acabó en la guillotina (en verdad, no tanto por feminista como por monárquica). Ella era la verdadera representante de la Ilustración. Creo que esta era, guardando las distancias (pues ella sabía mucho mejor de lo que hablaba), la postura con la que Celia Amorós, educó desde hace ya décadas, nuestras convicciones feministas… e ilustradas. 

Existe otra posibilidad de plantear una objeción radical y de principio al proyecto político de la ciudadanía en la Ilustración. Se trata de la idea de que la ciudadanía sería siempre, de forma esencial, un privilegio, pues no se puede extender la ciudadanía más que aumentando, en la otra cara de la moneda, alguna suerte de esclavitud. La ciudadanía, ligada desde Grecia y Roma, al tiempo libre republicano, necesitó desde el principio de una masa de esclavos que se ocuparan de resolver la indisimulable contingencia de que el ser humano es un ser vulnerable e inevitablemente dependiente. Había ciudadanos porque había esclavos. Había ciudadanos varones porque había mujeres esclavizadas (bajo distintas fórmulas matrimoniales, tradicionales y jurídicas) detrás de ellos. El ser humano es vulnerable y dependiente y punto. El ser humano es un ser que, de forma primordial y no accidental, mucho más que razones, necesita cuidados. El sueño ilustrado de una “independencia civil”, definida por un vano “no tener que depender de otro para existir” es, así, una pura fantasía que encubre el hecho patente de que siempre ha habido ciudadanía en la misma medida en que había esclavitud. Se trata, como ya hemos dicho, de la mil veces denunciada “fantasía de la individualidad”, una fantasía que, en las sociedades modernas no se sostiene más que a costa de invisibilizar el trabajo femenino, el de las esposas, las madres, las asistentas, etc. 

 Si alguna vez ha habido ciudadanos es porque ha habido esclavos y esclavas. Y no se puede querer una cosa sin querer la otra. Cada nueva conquista de la ciudadanía ha inventado siempre una nueva versión de la esclavitud. Y, desde luego, las mujeres siempre han llevado ahí la peor parte. Y sería por eso por lo que haría falta recurrir a un modelo de convivencia distinto a la ciudadanía tal y como la planteó la Ilustración.

Naturalmente que un reino de la libertad no puede articularse más que tomando como base el reino de la necesidad. La Ilustración no está reñida con el punto de vista materialista (sólo faltaría eso). La libertad republicana tiene mucho que ver con el ocio y el tiempo libre, con el estar libre, ante todo, del tiempo. Si la lucha por la supervivencia ocupa todo el tiempo social, supervivir nos impide vivir. Y mucho más emprender en serio la tarea de una vida buena, de una vida digna de ser vivida. Mientras los esclavos se ocuparon del reino de la necesidad, los ciudadanos pudieron ocuparse del reino de la libertad. Lo que en el planteamiento citado se defiende ahora es que el ser humano es tan vulnerable y dependiente, tiene tal necesidad de cuidados, que la humanidad nunca podrá librarse de una dosis importante de esclavitud si se trata de construir un reino de libertades ciudadanas basadas en la independencia civil. Pero esto es una evidencia materialista de lo más elemental. No somos ángeles. Tenemos un cuerpo y un cuerpo bastante frágil. Pero lo que no está dicho es cómo vamos a distribuir las dosis de libertad y de esclavitud que son inevitables. Porque, ahí está el asunto, en lugar de repartir por clases sociales o por diferencia sexual todo ese peso material de la vulnerabilidad, podríamos repartirlo con criterios republicanos. Podemos repartir republicanamente toda las dosis de esclavitud (todo el ámbito del “trabajo” sea productivo o reproductivo) que sean necesarias para permitir la libertad de la ciudadanía, de una ciudadanía consiguientemente universal, sin distinciones de clase, de raza o de sexo. Con bien señalaba Paul Lafargue, el yerno de Marx, actualmente las lanzaderas ya tejen solas (como quería Aristóteles) gracias a la maquinaria. Sin la coerción del capitalismo, la jornada laboral podría reducirse a un mínimo. Eso no eliminaría, desde luego, la necesidad de los cuidados, pues seguiríamos siendo igualmente vulnerables y dependientes y alguien tendrá siempre que limpiar el culo a los ancianos incapacitados. Pero también tendríamos más tiempo, más recursos y más alegría para ello. De todos modos, con capitalismo o sin él, en ningún sitio está escrito que el patriarcado tenga derecho alguno a repartir la esclavitud a su manera. Lo que parece obvio desde el punto de vista ilustrado es que todas las dosis de esclavitud que sigan haciendo falta para hacer posible una república de ciudadanos libres, iguales e independientes civilmente, tienen que repartirse con criterios racionales e igualitarios, y que son los hombres y las mujeres (obviamente mediante la discusión en el espacio público) los que tienen que decidir el marco legal que garantice que no haya discriminación de clase, de raza o de sexo.

En suma, no se puede acusar a la Ilustración (por mucho que históricamente los ilustrados hayan sido mucho menos ilustrados de lo que pretendían) de pretender invisibilizar el mundo de los cuidados y las dependencias materiales del ser humano, inventándose un utópico ser independiente que no puede existir más que como un privilegio (blanco y varón). Si ese mundo se ha invisibilizado ha sido porque había poca Ilustración, no demasiada. La Ilustración (y mucho más después de Marx, ese tozudo ilustrado) está interesada más bien en lo contrario, en sacar a la luz pública el asunto y repartir con criterios republicanos acordes con la Declaración de los derechos humanos, el cuidado de todas las franjas de vulnerabilidad del ser humano. Lo que es republicano es, por ejemplo, decidir si vamos a cuidarnos los dientes unos a otros o si eso lo vamos a dejar al arbitrio privado de cada cual. Si decidimos legislar para que los gastos de dentista sean acogidos por la seguridad social, estaremos tomando una decisión muy sensata con la vulnerabilidad de la dentadura humana, que es bastante mediocre. Todas las ignominias del reparto sexual del trabajo en el ámbito doméstico, respecto de la enfermedad, los niños o los ancianos, necesitan de una reeducación ilustrada de primer orden, que venga, además, lo más blindada institucionalmente que sea posible. 

¿Requiere todo ello de una reformulación de lo que hay que entender por razón, hasta lograr que se haga sensible, estética, humana o femenina? A mí me parece que no. En absoluto es verdad que la razón ilustrada se desentendiera de lo estético y emocional (otra cosa muy distinta es que algunos protagonistas históricos de la ilustración se repartieran el pastel estético a su manera, quedándose con la mejor parte). Tampoco es verdad, como se supone a veces, que la Ilustración emprendiera una cruzada abstracta contra la diversidad y lo concreto. La Ilustración no anunció la monótona uniformidad de los campos de concentración, sino la insólita diversidad de los seres libres. La universalidad de la Ilustración no es para nada enemiga de la diversidad. Más bien al contrario, es en el interior de esos pueblos indígenas tan diversos y particulares, en donde encontramos una uniformidad asfixiante, puesto, que, al fin y al cabo, el mundo de la costumbre se caracteriza por la repetición uniforme de lo mismo, obedeciendo órdenes ancestrales casi siempre, por demás, patriarcales y, a veces, brutales. Casi toda la diversidad de este mundo ha surgido de un impulso ilustrado. Si la sociedad moderna ha traído también mucha uniformidad no ha sido por lo que tiene de ilustrada, sino por lo que tiene de capitalista. La ciudadanía no tiene nada que ver con la proletarización, es más bien su contrario directo. La independencia civil del ciudadano no tiene nada que ver con la supuesta autonomía del emprendedor neoliberal, que no es otra cosa que un proletario sin sindicatos que ya no está protegido por los convenios colectivos, un proletario que ha perdido, precisamente, su derecho laboral. 

Si existe una diferencia entre liberalismo y republicanismo es que el primero cree proteger la libertad suprimiendo imperativos legales, mientras que el segundo está convencido de que la libertad sólo se protege con las leyes. Pues, como decía un abate de no sé qué siglo, “entre el fuerte y el débil, la libertad esclaviza y la ley libera”. 

La Ilustración es una cruzada a favor de lo concreto, lo diverso y lo sensible. Es una cruzada contra la abstracción (no sé cómo se puede entender lo contrario, la culpa seguramente es de la escuela de Frankfurt). Todo el mundo puede decidir ser feliz de la manera que mejor le parezca, individual o colectivamente, puede montar una tribu, abrazar un credo, o convertirse en el llanero solitario si eso le parece más adecuado. Lo único que la ley de la Ilustración tiene que decir al respecto es que cada uno intente ser feliz a su manera con tal, eso sí, de que no obligue a los demás a ser felices de esa manera (o de otra que se considere, desde no sé qué atalaya religiosa o dogmática, conveniente a la naturaleza de las mujeres, los negros, los pobres o los colonizados). Los hombres pueden intentar ser felices como les parezca, con tal de que por el camino no obliguen a las mujeres, con su manera de ser feliz, a lavar los platos o cuidar de los niños y los ancianos, recluidas en el espacio doméstico. Por lo demás, ninguna objeción: pueden fundar un club de idiotas, una casa del pueblo, una comuna hippie o dedicarse a jugar al mus o ir a misa de ocho. Es curioso que siempre se acusa a la Ilustración de pretender levantar una atalaya desde la que aleccionar a la población sobre lo que debe o no debe hacerse. Y, efectivamente, la Ilustración levanta una atalaya, sí, pero para vigilar que no haya ninguna atalaya. Que no haya nadie obligando a los demás a vivir según sus dogmas, sus creencias o su ideología particular. Esto suena muy liberal, y, en efecto, es lo que tiene de bueno el liberalismo político (que no tiene nada que ver con el económico). Pero el liberalismo no obliga a nadie a ser liberal. Quienes deseen vivir gregariamente, en un universo lleno de cuidados y emociones, con o sin MDMA, con o sin misas, con o sin líderes carismáticos, tienen vía libre para hacer lo que les salga de las narices… con tal -eso sí, eso por supuesto- de que por el camino no tengan la ocurrencia de obligar a nadie a vivir de una determinada manera que a ellos les convenga. La Ilustración no anunció (como a veces parecen creer los entusiastas de La dialéctica de la Ilustración de Adorno y Horkheimer, un libro muy malo pero muy influyente) un mundo en el que la humanidad desfilaría al unísono al paso de la oca cantando himnos militares en esperanto. Hizo todo lo contrario: se enfrentó al dogmatismo religioso y al sectarismo porque no dejaban a la gente en paz. Claro, sí, eso generó una suerte de uniformidad, pero una uniformidad de lo más extraña. Todo el mundo se parece muchísimo en una cosa: en que es libre de hacer lo que le salga en gana. Un desfile de la Ilustración sería una fiesta delirante, pues la gente iría a su aire y muchos se tumbarían a descansar para cuidarse muchísimo con muchas emociones y seguramente con mucha alegría. 

Carlos Fernández Liria, Ilustración, cuidados y vulnerabilidad, ctxt.es 03/10/2018

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