Atenes i Jerusalem.




En los cuatro ensayos que componen Atenas y Jerusalén, Shestov trata intensamente de estas cuestiones volviendo a Parménides, Sócrates, Platón, Spinoza, Kant y Kierkegaard, así como a Plotino y Lutero. Unos, los racionalistas, son los representantes de “Atenas” en el ámbito de la filosofía; otros, los creyentes en Dios, representan a “Jerusalén”. Quien camina por el lado de la ciudad de Cristo está más allá de los corsés de la necesidad —“la fe sola salva”, decía Lutero—; para él, si Dios existe, lo demás es innecesario, y “todo es posible”, hasta lo más “descabellado” (Kierkegaard). Sin embargo, Descartes y Kant eran racionalistas a ultranza. Solucionaron el problema del libre albedrío y la necesidad apostando por esta última. Según estos, incluso el Creador del universo tuvo que someterse a las leyes de la razón una vez terminado el mundo, donde gobiernan las leyes naturales. La libertad existe, pero circunscrita a las lindes que marca la necesidad. Es imposible que dos y dos no sean cuatro o que no sea válido el principio de contradicción, explicaban los racionalistas. Spinoza sostenía que la felicidad consiste en comprender lo necesario y aceptarlo, pero frente a él, Dostoievski, en Memorias del subsuelo,exclamaba: “¡Qué me importa a mí que dos y dos sean cuatro… No quiero reconciliarme con ese muro de piedra de la necesidad!”.

Luis Fernando Moreno Claros, Filósofos contra creyentes, Babelia. El País 22/10/2018

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