El sentit positiu de la llibertat (Berlin).





¿A qué podemos llamar libertad positiva? “El sentido positivo de la palabra libertad -escribe Berlin- se deriva del deseo por parte del individuo de ser su propio amo. Quiero que mi vida y mis decisiones dependan de mí mismo, y no de fuerzas exteriores, sean éstas del tipo que sean. Quiero ser el instrumento de mis propios actos voluntarios y no de los de otros hombres. Quiero ser un sujeto y no un objeto; quiero persuadirme por razones, por propósitos conscientes míos y no por causas que me afecten, por así decirlo, desde fuera”. El ideal de la libertad positiva es la autorrealización. El problema surge cuando las ideologías afirman que la verdadera libertad consiste en realizar un ideal colectivo, ya sea el imperialismo económico y militar, la utopía socialista, la liberación nacional de un pueblo supuestamente oprimido o la pureza racial y religiosa. Hegel afirma que el Estado prusiano es el reino de la libertad, pues constituye la objetivación de la Razón. El régimen nazi y la dictadura soviética utilizaron argumentos semejantes para pisotear las libertades individuales y cometer las peores iniquidades. La libertad entendida como realización de un ideal postula la existencia de derechos históricos y colectivos, pero es evidente que esos derechos solo se pueden hacer valer por la fuerza, nunca por medio de la razón. Las ideologías omiten que los derechos son individuales, personales, humanos, no entidades metafísicas o mitos históricos.

Berlin rechaza la doctrina estoica del sabio que obtiene la libertad, retirándose a su ciudadela interior. Muchas tiranías han prosperado gracias a ese gesto de presunta autosuficiencia, que identifica la libertad con la extinción del deseo, una meta paradójica, pues solo el suicidio podría librarnos de experimentar anhelos y frustraciones. Tampoco es aceptable el paternalismo, que nos mantiene en una eterna minoría de edad. Berlin está de acuerdo con Kant, según el cual “nadie puede obligarme a ser feliz a su manera. […] El paternalismo es el mayor despotismo imaginable”. Desgraciadamente, Montesquieu, Rousseau y el propio Kant incurren en el mismo error que Hegel, afirmando que la libertad consiste en “poder hacer lo que se debe querer”, una expresión que solo puede interpretarse como una justificación de un despotismo más o menos paternal. En ese sentido, el papel de los filósofos ilustrados se parece al de Sarastro, el sacerdote de La flauta mágica de Mozart, que asocia la libertad con la conversión religiosa. El paternalismo, ya sea en su modalidad política o religiosa, presupone que hay una armonía universal, un estado de felicidad colectiva que podría materializarse con la libertad positiva de los poderes públicos. Es evidente que ese credo es un mero instrumento de la tiranía y lo curioso es que se haya gestado en el Siglo de las Luces.

Aunque no menciona la Dialéctica de la Ilustración (1944), de Adorno y Horkheimer, Berlin comparte su tesis principal. La Ilustración convirtió a los súbditos en ciudadanos, pero también abrió paso a las ideologías que esclavizaron a la humanidad durante el siglo XX. ¿Cuál es la alternativa que nos libere realmente del Estado totalitario, aunque se disfrace de “ogro filantrópico”, según la famosa expresión de Octavio Paz? Según Berlin, el pluralismo, el reconocimiento de que nunca existirá una armonía universal (o monismo), pues los fines humanos siempre han sido y serán múltiples y opuestos. Las utopías presuponen una síntesis de todas las fuerzas históricas y sociales, pero es una meta absurda, un delirio. Mientras haya seres humanos, habrá conflictos y, lo más racional, será negociar para evitar la guerra. Ningún ideal tiene una validez universal y atemporal, pues incluso los conceptos de libertad, igualdad y fraternidad pueden adquirir en un futuro un contenido que ahora no somos capaces ni de imaginar. Y algunas costumbres que hoy en día nos parecen perfectamente normales, tal vez algún día se considerarán discriminatorias o injustas.

Rafael Narbona, Isaiah Berlin, un liberal contra las utopías, el cultural.com 21/1172017

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