Contra el paradigma roussonià sobre la violència.




Azar Gat es un profesor de diplomacia y estudios de seguridad en la universidad de Tel Aviv, en Israel. Es autor de un libro reciente sobre la historia del nacionalismo, en el que no demuestra un conocimiento exhaustivo del caso español, y de distintos trabajos sobre historia militar y de la guerra más estimables. Entre ellos dos muy voluminosos: War in human civilization (2010) y A history of military thought. From the enlightenment to the cold war (2001). Hace poco ha publicado un artículo en la revista Evolutionary anthropology (2015), en el que discute lo que llama “el error de Rousseau”.


Gat pasa revista en este trabajo argumentos clásicos y recientes en favor del punto de vista “rousseauniano” de la naturaleza humana, según el cual la guerra habría sido una invención relativamente reciente, ajena al “estado de naturaleza” humano anterior a los últimos 12.000 años.

Este punto de vista prevalece aún en la antropología de los años 60, cuando aún se describe a los bosquimanos del Kalahari, por ejemplo, como “el pueblo inofensivo”. Y un punto de vista similar prevalece entre los etólogos influídos por Konraz Lorenz, nobel de fisiología, que tiende a describir la violencia animal como una conducta ritualizada alejada de la crueldad humana moderna. Todo esto antes de descubrirse las “guerras chimpancés” y de los estudios recientes, que elevan la mortandad violenta en comunidades de chimpancés a entre el 16% y el 36% de la población total. Similarmente, investigadores “rousseaunianos” como Richard Lee, pronto se dan cuenta pronto de que el entusiasmo no está justificado, al evidenciarse que la tasa de homicidios de estos pueblos de hecho cuadriplica la tasa estadounidense.

Según lo que Gat llama “rousseaunianismo clásico”, la existencia humana es “fundamentalmente no violenta antes de la adopción del hábitat denso y sedentario, la transición a la agricultura y el desarrollo de estructuras sociales y políticas complejas”. Este punto de vista encajaba en el zeitgeist de la academia occidental, con sus ideas acerca del imperialismo, y los procesos de descolonización experimentados por las potencias europeas, muy característicos de esta fase de la “guerra fría”. Según el “rousseanianismo extendido”, que se desarrolla a partir de los años ochenta, la violencia y la guerra humana son básicamente una invención de los estados. Paralelamente, se habla de “teoría de la zona tribal”, de acuerdo con la cual la guerra viene a ser un subproducto de la expansión europea.

Estas ideas ignoran que los cazadores y recolectores supervivientes en américa del norte y del centro, en la Amazonia o en Nueva Guinea de hecho experimentan un alto nivel de conflictos antes y después del “contacto” europeo.

El consenso entre los “antropólogos de la paz” se resquebraja ya en los años noventa, tras la publicación de distintas evidencias arqueológicas, algunas de ellas recopiladas en War before civilization. The myth of the peaceful savage, de Lawrence Keely: “existía una violencia y guerra generalizada tanto entre los cazadores y recolectores como entre los horticulturalistas preestatales, que resultaba en tasas de muerte por violencia tan altas como el 25% entre los machos adultos y el 15% de la población adulta”. Estudios modernos sitúan las muertes por violencia entre cazadores y recolectores en 164 cada 100.000 cada año (en comparación a los 271 entre las comunidades de chimpancés).

La dificultad inherente en la documentación de la violencia humana remota, por otra parte, deriva del hecho de la fragmentación de los restos en sociedades nómadas que no propiciaban enterramientos de forma corriente, dificultad que subraya el hallazgo de nuestro “linaje asesino” (neandertal para más señas) en la sierra burgalesa de Atapuerca.

La historia de la ciencia evidencia lo difícil que es derribar un paradigma asentado, y la antropología cultural no es excepcional. En respuesta a las críticas, y la acumulación de evidencias convergentes arqueológicas, los antropólogos rousseaunianos desarrollan puntos de vista de la teoría más débiles que Gat llama “posición cuasi-rousseauniana”. Según esta versión débil, los humanos remotos si habrían experimentado altos niveles de violencia mortal, superiores incluso a los propios de estados modernos, pero estos niveles estarían en relación con el grado de la organización tribal. En síntesis, cuanto menos segmentaria y tribal es una sociedad humana, menos propensa a la violencia es, lo cual permite reivindicar una imagen más pacífica de nuestros ancestros del paleolítico, haciéndoles esencialmente libres de la guerra.

Para Gat incluso esta versión débil está en contradicción con la evidencia empírica etnográfica, como muestra el caso de los aborígenes australianos, donde los antropólogos han evidenciado la existencia tanto de conflictos individuales como familiares y grupales “documentados a lo largo de una amplia gama de densidades de grupo y organización, y en todos los nichos ecológicos”, y que no son explicables como consecuencia del contacto europeo. El caso australiano es particularmente relevante para este debate, debido a que la llegada de los primeros humanos a ese continente, hace unos 50.000 años fue seguido por un largo periodo de aislamiento experimentado por hasta 300 grupos tribales, previo al contacto moderno con los europeos.

Otra forma “débil” de rousseuanismo, dicho sea de paso, es la observación de Richard Wrangham acerca del debilitamiento de la violencia reactiva (no así de la violencia proactiva, entre la que figura singularmente la guerra) en el linaje humano, en comparación a los demás linajes primates. En este sentido los hombres si son “naturalmente” más pacíficos que los demás primates.

Es posible que parte de la controversia cultural sobre la violencia humana derive del miedo al determinismo, la idea de que estamos “cableados para hacer la guerra”. Para la pacificada élite intelectual europea, los elementos “robustos” de nuestra especie aún resultan algo vergonzoso. Así que Gat concluye su artículo con esta reflexión grácil y balsámica: “la cooperación, la competición y el conflicto violento son las tres formas fundamentales de interacción social. Las personas siempre han tenido que escoger entre ellas, y siempre han decidido en función de cuál de ellas les parecía más prometedora.”

Eduardo Zugasti, El error de Rousseau. La guerra en las sociedades sin estado, cultura 3.0 27/06/2015

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