Spinoza i els drets de les dones.
Reproduzco aquí el pasaje
del estudio preliminar de la profesora María José Villaverde Rico (UCM)
dedicado, en particular, al Tratado político de
Spinoza, en Baruch Spinoza, Tratado teológico-político.
Tratado político, Tecnos, Madrid, 2010, 432 pp.
El
Tratado Político comienza con un
apunte de un realismo tan crudo que nos recuerda indefectiblemente a
Maquiavelo.
Los que acarician la ilusión que sería posible
inducir a la multitud o a los hombres divididos por los negocios públicos, a
vivir según la disciplina exclusiva de la razón, sueñan con la edad de oro o con
un cuento de hadas [1].
Los hombres están tan
inevitablemente sometidos a sus pasiones que confiar la seguridad del Estado a
la buena fe de sus dirigentes es como intentar afianzarlo sobre arenas movedizas
[2]. Hay que organizarlo, por el contrario, de tal modo que no haya que confiar
en la buena voluntad de nadie. El planteamiento de Spinoza está en los antípodas
de la utopía.
Así como el Tratado
Teológico-Político se refería exclusivamente al régimen democrático
por ser el mejor posible, el Tratado
Político se centra en las formas políticas reales, en la aristocracia
y la monarquía existentes en el siglo xvii que,
aún no siendo regímenes ideales, pueden también garantizar la libertad
individual. Y es que, según Spinoza, en cualquier forma de Estado el individuo
puede ser libre.
No se trata, pues, de
fomentar revoluciones ni de derrocar Estados con riesgo de provocar una «ruina
total» [3], sino de ofrecer alternativas realistas a los regímenes existentes,
mecanismos concretos para preservar, sea cual sea el sistema político, la
libertad de los individuos. Con este fin, Spinoza emprende una detallada
reflexión de las formas de gobierno que, no sólo huye de irrealizables
proyectos, sino que propone una batería de soluciones específicas para que
ningún grupo, partido o individuo se alce con el monopolio del poder.
Propuestas
que incorporan una minuciosa y prolija descripción de cómo deben organizarse la
monarquía y la aristocracia para aproximarse lo más posible a la democracia y
respetar al máximo la libertad.
Los modelos que ofrece
el Tratado Político pivotan de hecho sobre
un equilibrio de poderes que recuerda a Montesquieu, aunque, como ya he
señalado, el marco teórico en el que reflexiona Spinoza no es aún el de la
división de poderes. En el caso de la monarquía, el poder del rey queda en la
práctica limitado por el ejército, integrado por todos los ciudadanos en armas
[4], así como por varios consejos de los cuales el más importante, el Consejo
real, es tan representativo de la población (está formado por representantes de
todos los grupos sociales) que el monarca se verá en la necesidad de seguir sus
recomendaciones si no quiere enfrentarse al conjunto de sus
súbditos.
En el caso de la
aristocracia, el principal objetivo es que las numerosas y amplias asambleas
diseñadas impidan la concentración del poder en pocas manos. Escindido en dos
grupos sociales, patricios y plebeyos, la clave para la supervivencia del
régimen aristocrático es la correlación de fuerza entre ambos grupos,
proporcionalidad [5] que no debe variar. Al Consejo General, órgano legislativo
supremo, al Senado en el que recae el poder ejecutivo [6], y al Tribunal supremo
que administra justicia a patricios y plebeyos, se suman otros órganos como el
Consejo de Cónsules que realiza las tareas propias de una comisión permanente
del Senado [7], o el Consejo de Síndicos [8], encargado de convocar al Consejo
General y del control de los funcionarios.
Para evitar las excesivas
diferencias entre las dos clases sociales e impedir que los plebeyos acaben
siendo oprimidos por la minoría patricia, única detentadora de los derechos
políticos, Spinoza les compensa con la posesión de tierras [9], con cargos en el
ejército, y con puestos de tesoreros y de secretarios en los distintos consejos
[10].
El último capítulo, en el
que debería haber analizado la democracia, sólo está esbozado pues quedó
inacabado por la súbita muerte del filósofo. No hay razón para pensar, como
sugieren algunos investigadores [11], que la obra quedó voluntariamente inacabada, bien porque Spinoza
desconfiaba de las masas y no veía realizable la democracia en aquellos
momentos, o bien porque carecía de un modelo histórico y real en el que
inspirarse, una experiencia democrática cercana que le sirviera de punto de
referencia.
A pesar de que las
circunstancias históricas no eran efectivamente las mejores y el régimen de la
«verdadera libertad» era cosa del pasado, Spinoza seguía enfrascado, en el
segundo semestre de 1676, en la redacción del Tratado
Político. Así consta en la última carta que se conserva del filósofo
[12]. En ella Spinoza comunica a un amigo el plan de la obra, de la que dice
tener redactados ya seis capítulos. No parece, pues, que los trágicos
acontecimientos ocurridos en los cuatro años anteriores —la caída del régimen de
Jan De Witt en 1672 y su muerte a manos de la plebe—, afectaran a sus
concepciones democráticas, sustentadas sobre firmes cimientos teóricos y no
sobre hechos coyunturales. Ni tampoco es verosímil que un pensador que estudiaba
a los hombres siguiendo el método matemático (como si fueran rectas o ángulos),
se dejara influir por ellos [13].
Además, que el filósofo
holandés no se hacía demasiadas ilusiones sobre la racionalidad de las masas no
era algo nuevo. Basta echar una ojeada al Tratado
Teológico-Político para constatar hasta qué punto está sembrado de
apuntes —para nosotros— pesimistas y desesperanzados [14]. Por otro lado, tal
vez deberíamos dar crédito a sus propios discípulos que insistieron en el
carácter repentino de su muerte y en los numerosos proyectos que, por este
motivo, dejaba sin terminar, entre ellos el Tratado
Político.
A pesar de su brevedad, el
capítulo final apunta ideas extremadamente interesantes. Por un lado, después de
hacer un recorrido por las distintas formas de democracia, Spinoza apuesta por
la democracia más amplia, la que otorga los derechos políticos a toda la
población, con la obvia excepción de extranjeros, niños, tutelados y… mujeres.
Opción ésta que le sitúa en la cúspide de las teorías democráticas,
trascendiendo con creces a afamados demócratas como Locke, Rousseau o Kant que,
sin embargo, nunca concedieron la ciudadanía a los asalariados y sirvientes
[15]. Pero incluso su decisión final de excluir a las mujeres de los derechos
políticos va envuelta en una larga disquisición, que testimonia sus
vacilaciones, y que contrasta con el silencio de sus contemporáneos —Hobbes,
Locke— e incluso de autores posteriores —Rousseau,
Kant—.
Merece la pena que nos
detengamos en esta reflexión con la que concluye la obra, pues, hasta mediados
del siglo xviii, son rarísimos los autores que,
como Platón o Poulain de la Barre, se pronuncian a favor de los derechos de las
mujeres. La República de Platón representa
la excepción —una extraordinaria excepción— frente a la misoginia generalizada
que domina las sociedades antigua y medieval [16]. Al encendido alegato
platónico a favor de la educación de la mujer y de su participación en la
dirección y defensa de la polis, se suma en el
siglo xvii el escrito del cartesiano y
contemporáneo de Spinoza, François Poulain de la Barre, De la igualdad entre los dos sexos.
La extensión que el pensador
holandés dedica al tema —no se trata de una anotación de pasada— demuestra
sobradamente la importancia que le atribuye. A pesar de que la conclusión final
es descorazonadora y decepcionante, la argumentación en sí es significativa.
Spinoza comienza por preguntarse, al igual que Platón,
si la sumisión política de las mujeres es fruto de su naturaleza o de las
convenciones sociales, en cuyo caso no estaría justificada. Aunque finaliza
afirmando que es por naturaleza, los rodeos, incoherencias y contradicciones que
recorren el párrafo, dejan perplejo al lector. Por ejemplo, su afirmación de que
las mujeres no han reinado jamás [17] y de que los dos sexos nunca han detentado
la autoridad política juntos, resulta incomprensible en boca de un pensador de
antepasados españoles y buen conocedor de la cultura y de la literatura de
nuestro país [18]. Es inverosímil que Spinoza no tuviera conocimiento, no ya de
la regencia de Catalina de Médicis en Francia, sino del reinado conjunto de los
Reyes Católicos y que, sin embargo, conociera al dedillo cómo estaba organizada
la monarquía aragonesa o las vicisitudes de Fernando el Católico al recibir en
herencia el reino de Castilla, como pone de manifiesto el propio Tratado Político unas páginas antes [19]. ¿Por
qué hace una declaración tan evidentemente errónea?
Podríamos pensar que se
trata de un simple error si su siguiente argumentación no fuera igual de
sorprendente y contradictoria. En efecto, después de declarar que «la condición
de las mujeres pro-cede de su debilidad natural» [20], hace referencia al
reinado de las legendarias amazonas, las mujeres guerreras de la Antigüedad
famosas por su fortaleza física, que combatían a los varones. ¿Por qué si está
hablando de debilidad natural acude a un ejemplo que demuestra lo contrario? La
clave que aporta algo de luz a este galimatías la encierra la frase: «de este
modo los dos sexos viven en paz».
¿Cuál es la conclusión que
podemos extraer de su serpenteante y alambicada
reflexión?
Aunque la ambigüedad del
párrafo no permita llegar a conclusiones definitivas, sí podemos, al menos,
formular la hipótesis de que Spinoza creía en la igualdad de las mujeres e
incluso estaría de acuerdo en otorgarles los derechos políticos. Sólo le retenía
una cuestión de orden práctico, eso sí, definitiva, a la que se refiere de
manera recurrente a lo largo del párrafo, la hostilidad de los varones y la
guerra de los sexos que tal medida provocaría.
Como el zorro de la fábula
de La Fontaine que se aleja despectivamente de las uvas porque supuestamente no
están maduras, aquí Spinoza da cerrojazo al tema con un argumento ficticio: la
debilidad de las mujeres es lo que justifica su sumisión. Pues, aunque es una
creencia completamente falsa, está tan arraigada en la sociedad que es
imposible combatirla. El guiño a los lectores cómplices que comparten sus poco
ortodoxos puntos de vista parece manifiesto.
No podemos por menos que
preguntarnos quién alejó a Spinoza de la visión misógina tradicional y le forzó
a escorar hacia posiciones «feministas». Sin descartar la influencia de Poulain
de la Barre, a quien tal vez leyó, la huella más visible es la de su maestro
Francisco Van den Enden, quien sostenía en éste y en otros muchos temas
posiciones democráticas radicales.
El ex jesuita se oponía al
régimen político holandés por considerarlo poco democrático e igualitario, y
abogaba por establecer una república libre en Holanda y convertir el país en una
democracia [21], en la que los dirigentes del Estado fuesen elegidos para un
período determinado de años, por ciudadanos (hombres y mujeres) debidamente
educados. También sus concepciones religiosas eran extremas. Afamado ateo y
anticlerical, proponía proscribir a los predicadores [22] de las colonias
holandesas de Norteamérica [23].
Las teorías del profesor de
latín no estaban reñidas con la práctica. Van den Enden había convertido su casa
de Ámsterdam, enclavada en el Singel, uno de los canales de la ciudad, en una
especie de escuela preparatoria a la que acudían no sólo los hijos de las
familias regentes antes de ingresar a la universidad, sino también algunas de
sus hijas, interesadas en aprender latín y humanidades
[24].
En sus años de alumno de Van
den Enden, con quien colaboró en tareas de enseñanza y en cuya casa
probablemente se alojó, Spinoza debió habituarse a la igualdad de sexos que allí
reinaba, y a tratar como iguales a las mujeres [25]. Es probable pues que, tras
la desconcertante postura de Spinoza acerca de las mujeres, se hallase un
abanderado avant la lettre de la igualdad
femenina como fue su mentor.
Aunque Van den Enden no fue
el único propulsor de la rebelión intelectual de su discípulo, de la que dan
testimonio los dos textos aquí comentados, su influencia fue decisiva, como
subrayan Wim Klever, Nadler o Jonathan Israel. La obra de Baruch de Spinoza fue
fruto del torbellino intelectual que sacudió la Holanda del siglo xvii, y su pensamiento fue un cruce de caminos entre
varias culturas y tradiciones, entre la rica cultura hispano-portuguesa de sus
antepasados aún viva a través de la lengua [26], el judaísmo ortodoxo de la
Talmud Torah, las concepciones cabalistas
de la Kether Torah (La Corona de la Ley)
del rabino Morteira, y el popurrí cultural de los judíos conversos, los anusim (los forzados) o meshummadim (los
convertidos) [27], que acudían en tropel a Ámsterdam contaminados por hábitos,
usos y costumbres cristianos. A ello habría que añadir, en su época de adulto,
la influencia decisiva de la disidencia marrana
(las heterodoxas ideas alimentadas en el círculo de Juan de Prado, Miguel
Reinoso, Pacheco, Joseph Guerra, etcétera [28]), así como la carga crítica del
cartesianismo más radical, representada por el propio Van den
Enden.
Todo este cúmulo de
influencias aparece coronado por la propia anomalía de una sociedad como la
holandesa, caracterizada por el pluralismo religioso y cultural, y de una
república enclavada en la Europa de las monarquías absolutas, pacifista en un
entorno de Estados agresivos y beligerantes, y tolerante en grado sumo para los
criterios de la época.
Inscrita en este marco de
excepcionalidad, la obra del pensador holandés representa la cúspide del
pensamiento más radical y más democrático.
María José Villanueva Rico, Introducción al 'Tratado político de Spinoza', Tecnos, Madrid 2012
Notas
1.
Spinoza,
Tratado Político, Tecnos, Madrid, 2007 (4.ª
ed.), cap. Primero, p. 144.
2.
Spinoza,
Tratado Político, Tecnos, op. cit., pp. 143-144.
3.
Spinoza, Tratado
Teológico-Político, Tecnos, op. cit., cap. XVIII, p.
107.
4.
«Todos
los ciudadanos tendrán la obligación de poseer armas y no serán ciudadanos si no
han tenido entrenamiento militar, comprometiéndose a cumplir durante períodos
regulares». Spinoza, Tratado Político, op.
cit., cap. VI, pp. 178-179.
5.
La
proporcionalidad que rige las relaciones entre ambos grupos es de 1 a 50.
Spinoza, Tratado Político, Tecnos, op. cit., cap. VIII, pp.
219-220.
6.
«El
Senado tendrá como función dirigir los asuntos públicos». Spinoza, Tratado Político, Tecnos, op. cit., cap. VIII, p.
227.
7. Spinoza, Tratado Político, Tecnos, op. cit., cap. VIII, p.
232.
8. Spinoza, Tratado Político, Tecnos, op. cit., cap. VIII, p.
222.
9. Spinoza, Tratado Político,
Tecnos, op. cit., cap. VIII, p.
218.
10. Spinoza, Tratado Político, Tecnos, op. cit., cap. VIII,
pp. 237-239.
11. Entre ellos Mercedes
Allendesalazar, Spinoza. Filosofía, pasiones y
política, Alianza, Madrid, 1988, pp. 121 ss.
12. Spinoza, Correspondencia, edición de
Atilano Domíngez, Alianza, Madrid, 1988, carta 84, p.
413.
13. Es cierto que su reacción en
1672, cuando el ataque de las masas a De Witt le impulsó a escribir el panfleto
Ultimi barbarorum, es muy poco racional. Pero el
relato de este suceso se basa únicamente en el testimonio de Leibniz y puede no
ser excesivamente creíble.
14. Spinoza estaba convencido de
que el vulgo «es incapaz de percibir las cosas de un modo claro y distinto».
Spinoza, Tratado Político, Tecnos, op. cit., cap. V, p. 40.
15. Sobre este tema ver mi libro
La ilusión republicana, Tecnos, Madrid, 2008,
pp. 335
ss.
16. Se encuentran algunos textos
en el Renacimiento italiano pero son raros. También las prácticas de los
cuáqueros destacaban por sus aspectos igualitarios. Ver mi artículo «Mujeres que
matan, mujeres que votan. Misoginia en el pensamiento occidental», Claves de Razón práctica, no. 166, octubre
2006.
17. «En ninguna parte ha sucedido
que los hombres y las mujeres reinen juntos». Spinoza, Tratado Político,
Tecnos, op. cit., cap. XI, p.
261.
18. Como demuestran los libros
de Cervantes, Góngora, Quevedo, Pérez de Montalván, Saavedra, etcétera que se
encontraron en su reducida biblioteca. Ver K.O. Meinsma, Spinoza et son cercle, Vrin, Paris, 1983, p.
403.
19. Spinoza, Tratado Político, Tecnos, op. cit., cap. VII, pp. 207 a
210.
20. Spinoza, Tratado Político, Tecnos, op. cit., cap. XI, p.
261.
21. Steven
Nadler,
Spinoza, Acento, Madrid, 2004, p. 154. Sin embargo escribió a Jan De Witt
en 1672 ofreciéndole ideas para aumentar la capacidad ofensiva de los buques
holandeses en la guerra contra Francia.
22.
Nadler,
Spinoza, op. cit., p.
153.
23. El proyecto de Constitución
que elaboró para las colonias holandesas de Norteamérica figura en su obra Una breve narración de la nueva situación, de las virtudes,
privilegios naturales y especial aptitud de la población de los Países
Bajos.
24. Nadler, Spinoza, op. cit., p.
151.
25. Al parecer una de las
hijas de Van den Enden, Clara María, tenía una inteligencia sobresaliente. Se
dice que Spinoza recibió clases de latín de ella y le propuso matrimonio.
Meinsma, Spinoza et son cercle, op.
cit., p. 388.
26. Como ya he dicho, el
español era la lengua culta de la comunidad judía.
27. Ver Nadler, Spinoza, op. cit., p.
21.
28. Ver Richard H. Popkin, Spinoza, Oneworld, Oxford, 2004, p. 42.
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