Pantalles i aplaudiments.

Fernando Fernán Gómez, durante una conferencia pronunciada en una fundación que yo me sé, expresaba su asombro porque los actores de teatro tuvieran la expectativa de merecer aplausos al final de la representación pues no conocía ningún caso de, por ejemplo, un notario que, tras estampar su firma al pie de una escritura, se levantara de su poltrona y se inclinara ante los comparecientes esperando recibir de ellos una ovación, cuando, si bien se mira, los actores, lo mismo que los notarios, simplemente están haciendo su trabajo. Bienvenida sea cualquier vacuna indicada para inmunizarnos contra las bacterias de la beatería de la cultura —que últimamente ha sustituido con tanto éxito la otra beatería— y desde luego simpatizo con cuanto contribuya a normalizar el estatus del arte, demasiadas veces una coartada para la autoindulgencia de unos individuos que, reclamándose artistas, lo son principalmente en el antiguo arte del solape y el efugio, esto es, en el de eludir las responsabilidades que gravitan sobre el común.

Con todo, observo una diferencia entre el oficio de artista y las otras profesiones. Los trabajadores producen siempre algo, pero el producir del artista no es una techne como las demás sino una poiesis, un crear un objeto sin finalidad utilitaria y diseñado en exclusiva para el consuelo de los melancólicos pechos, ya que las Musas infunden su dulce don para “olvido de males y remedio de preocupaciones”, canta Hesíodo. El arte es imitación de la vida y especialmente de la vida humana, cuya existencia arrancada a la nada celebra. Pero nada más lejos que una celebración triunfante: el embrujo del arte nos alivia de la pesadumbre existencial, pero paradójicamente lo hace mientras contemplamos en la obra —el lienzo, el pentagrama, el texto, la piedra, la escena— los mil registros de nuestra mortalidad herida y atravesada por una lanza. Y, pese a ello, la imitación artística resulta siempre placentera porque, al representar la mortalidad humana como en un espejo, en la imagen reflejada vivenciamos nuestro doliente destino de forma incruenta, sin coste personal alguno, como si nos fabricaran un muñeco vudú y migrara mágicamente a él lo negativo que nos angustia. De modo que los otros oficios nos suministran bienes que nos dan la vieja felicidad del mundo mientras que el arte, émulo de la vida, inventa para nosotros una felicidad nueva que no existía antes, lo cual nos llena de gratitud.

Uno verdaderamente quisiera dar las gracias al autor cuando la belleza suscitada por su arte nos estremece y recorre con sabios dedos el teclado de nuestra sentimentalidad. Si nos ocurre eso leyendo un libro, hemos de reprimir la delicia en las paredes de nuestro yo y rendimos mudo homenaje con el pensamiento a alguien que no está y normalmente no conocemos. Pero hay momentos, asistiendo a una función de teatro, a un concierto, a un número de danza o a la ópera, en los que la ola de dicha que nos nace dentro a cada uno se asocia a una onda mucho mayor levantada en la multitud allí congregada desencadenándose entonces un estado de éxtasis colectivo; y como los causantes directos de ese movimiento de placer están presentes —los actores, los bailarines, los cantantes, los intérpretes y, algunas veces, los autores de obra—, se hace irreprimible el impulso de exteriorizarles la euforia con todos los medios disponibles, incluido nuestro cuerpo, la garganta que grita “¡bravo!” y las manos que baten en señal de aprobación. Aplausos. Contra Fernán-Gómez, pienso que los auténticos artistas sí se hacen acreedores de ellos, porque las profesiones técnicas que producen cosas útiles encuentran en su rendimiento práctico su razón de ser, mientras que aquellas otras poiéticas que no sirven para nada salvo inventar una nueva felicidad para el hombre sólo se adivina si han cumplido o no su función a través del público que aplaude, calla o patea.

Percibo dos grandes tendencias en la cultura. Una de ellas se relaciona, como hoy es obvio, con el universo en expansión de las pantallas: televisión, salas de cine, ordenador, portátil, teléfono inteligente, tableta o lector electrónico. Las pantallas nos dan acceso a la información acumulada en Internet, casi infinita, y también nos permiten estar permanentemente interconectados. Pero el yo real de quienes se relacionan por esta vía experimenta mutación sustancial. Porque el medio espiritualiza al usuario de Internet en la medida en que, pantalla mediante, lo reduce a la condición de alma sin cuerpo, o con un cuerpo no carnal, pixelado, en dos dimensiones. A través de las redes los usuarios pueden socializarse en directo, como por ejemplo conversando en un chat, pero nunca en vivo porque la tecnología que transmite sus pensamientos los emancipa del soporte físico-carnal. En el ciberespacio pero sin ocupar espacio, los internautas no conforman un público sino sólo una asociación de mentes inmateriales. En Internet nadie aplaude.

Como contrapunto de esta primera tendencia, se observa otra inversa de franca recuperación política del cuerpo, un apetito por hacer bulto, por llenar ruidosamente la plaza, el mercado, el ágora, el estadio, el templo o el teatro, por ganar el espacio público para la deliberación, el intercambio, el juego, las ceremonias, la competición y la fiesta. Lo fantasmal de aquella conexión virtual de almas cede ante la materialidad de los volúmenes que jubilosamente se rozan en vivo y en directo. Cuando se reúnen no por mera coincidencia sino respondiendo a una previa convocatoria, los presentes se constituyen en público. Y el público más consciente de sí mismo es aquel que se moviliza para conjurar a la Musa a que se materialice a la vista de todos y derrame sobre ellos una lluvia de sus dulces dones. Si el arte lo consigue, lo más natural, lo más justo, lo debido es que el público rompa a aplaudir, porque el aplauso no es más que la celebración corporal de la maravilla del arte.

En suma, pantalla y aplauso son las dos grandes metáforas de la cultura contemporánea.

Javier Gomá Lanzón, Aplausos, Babelia. El País, 01/12/2012

Comentaris

Entrades populars d'aquest blog

Percepció i selecció natural 2.

text 16: Albert Camus, La Peste

No som res.