Elogi de l'incomformista.


El conformismo no es malo ni bueno per se. Es una característica que se ha mostrado imprescindible a lo largo de la historia de la humanidad para que florecieran el altruismo, la cooperación y la estabilidad que permite a las sociedades lograr objetivos a largo plazo, pero también ha facilitado que tuvieran lugar los mayores horrores del siglo XX.

Sunstein en Conformity realiza un análisis de las diferentes características de los disidentes. A grandes rasgos podemos encontrar dos tipos de inconformistas: los disclosers y los contrarian. Ya desde la primera frase supe cuáles eran las joyas de la corona que cualquier comunidad, sea civil, mercantil o política debería desear y proteger como oro en paño: los disclosers. El arquetipo es el niño que, en el cuento de El traje nuevo del emperador, señala riéndose: “¡está desnudo!”. Esa actitud no suele ser beneficiosa a nivel personal pero es valiosísima para cualquier sociedad que persiga minimizar los errores y aprovechar todo el conocimiento disponible. 

A diferencia de ellos, los contrarian pueden no resultar tan útiles para la sociedad porque, señala el autor, no ayudan necesariamente a rectificar informaciones erróneas.

El contrarian es útil porque aporta, de forma casi sistemática, una posición distinta, pero su propia esencia (“me opongo por sistema”) debilita su eficacia a la hora de sembrar una saludable duda en aquellos que no tienen una postura firme ante el asunto en disputa. Esta pérdida de influencia se agudiza cuando triunfan como personajes públicos y se profesionalizan. La percepción de un interés propio o el desarrollo de una agenda oculta desactivaría los procesos de simpatía imprescindibles para que su opinión fuera considerada.

El discloser siempre –y solo en ocasiones el contrarian– desempeña un papel fundamental para detener la formación de cascadas, ya sean informativas o reputacionales.

Cuando un grupo se lanza en una dirección equivocada, explica Sunstein, los experimentos realizados demuestran que basta una sola voz “saludable” para que el grueso de los ambivalentes se lo piense dos veces antes de seguir ciegamente el criterio de la mayoría. Así se entiende bien el mayor valor del discloser –el que dice lo que sabe, de buena fe y sin aparentemente buscar ningún beneficio personal posterior– frente al contrarian.

Cualquier organización humana que desee hacer mejor su trabajo valorará contar con ellos. Quizá ese desinterés por las consecuencias personales de revelar la información que posee también le salve de otro de los efectos no siempre deseados de los contrarian. En situaciones de emergencia, cuando el grupo se siente atacado y vulnerable, el conformismo actúa fortaleciendo los lazos de unión entre los miembros. En esos momentos los contrarian son percibidos como elementos que debilitan la solidaridad porque anteponen su individualidad a lo que perciben como el bien superior del conjunto.

Como he señalado antes, el mero paso del tiempo ha hecho que las democracias se vuelvan conocedoras de sus vulnerabilidades y creen mecanismos de autoprotección. En cierto modo, todos esos organismos de fiscalización independientes que nos empeñamos en sostener y defender son los disclosers del sistema. Sabemos que debemos conocer la opinión de nuestros ciudadanos; sabemos que es bueno que alguien nos muestre periódicamente cómo va la economía; sabemos que, aunque no nos guste oírlo, necesitamos un niño que grite “¡está desnudo!” cuando las medidas que nos parecen milagrosas pueden tener consecuencias graves y dolorosas que desconocemos o preferimos ignorar. Por eso la calidad de un gobierno reside en gran parte en el trato que les dispensa, si las protege frente a la presión social y política o si trata de cooptarlas y ponerlas al servicio de su estrategia particular. Por eso, también, todos los líderes mediocres o con impulsos autoritarios tardan muy poco tiempo en querer controlarlas una vez que acceden al poder.

Elena Alfaro, Para vivir fuera de la ley debes ser honesto ..., Letras Libres 11/09/2019

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