Val o no val la pena viure?




Frente a la vieja idea de que existe la vida y después la muerte, lo real es que van juntas, que la muerte es la sombra de la vida, que nacemos muriendo y que, por tanto, somos vida-muerte. Y esto es decisivo… sólo que se necesita forzar un tanto la imaginación e ir a la otra cara de las cosas: supongamos que uno, antes de venir a la existencia y fuera, en consecuencia, pura posibilidad, pudiera decidir o pedir a quien fuera venir o no a este mundo. Hay casos extremos en los que, sin velo alguno de cómo viviríamos, dijéramos que sí o que no. Quienes estuvieran afectados por una grave enfermedad es alto probable que se negaran, mientras que los que habrían de gozar de una excelente existencia se sentirían inclinados a dicho gozo. Pues bien, si, con velo que tape mi real existencia, me lo preguntaran, dudo mucho, y me hago portador de la media, que me interesara aterrizar en la Tierra, pasar de la potencia a la existencia. ¿Por qué? Porque si somos un suspiro entre dos nada, como dejó escrito el sabio Simónides, y sin entrar en los que profesan una determinada fe, la vida está llena de frustraciones porque importantes deseos no se cumplen, porque las enfermedades nos atenazan y porque la muerte de los seres queridos y la nuestra es un trauma total. Que existan bienes no se niega, sólo que lo que impera es el poco tiempo pisando la Tierra, los muchos males que nos aquejan y la cesación total. Una broma macabra. Pero de lo imaginable y deseable hemos de bajar. Y una vez que existimos, sean las causas que sean, nuestra tarea consiste en vivir lo mejor posible. No hay más remedio que partir del hecho de estar vivos aunque se nos haya otorgado la vida sin nuestro permiso. La cuestión suele plantearse sobre si tiene o no sentido la vida. Tal vez habría que plantearlo, para evitar quisquillosas distinciones lingüística sobre si merece la pena o no vivir. Y ahí se instala, como mínimo, la duda.

Javier Sádaba, Por qué creo que sí se debería legalizar la eutanasia, Filosofía & Co/blogs herder editorial 26/0272018

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