Ortega en el transport públic.



Yo, que hacía la carrera en el turno de noche, recuerdo que iba a trabajar de madrugada, en unos autobuses destartalados que se llamaban camionetas, y leía en un rincón La rebelión de las masas. Sus críticas a la democracia nos sonaban terriblemente inoportunas a unas masas que, después de 40 años sometidas a una “minoría selecta” de chusqueros y desaprensivos, no queríamos ni oír hablar de unas élites que nos llevasen por el buen camino. Aquellas páginas de El hombre y la gente en las que se define a la mujer como un “ser en vista del hombre” resultaban muy chocantes cuando se estaba reconstruyendo en España la causa de la emancipación femenina (que era todo menos una evidencia). Por no hablar de cómo desentonaba, en plena restauración de la Generalitat y mientras se diseñaba el Estado de las autonomías, la definición de nuestro país como una espada de puño castellano que puede leerse en España invertebrada, o de lo indigesta que se hacía su prosa afectada, por momentos lasciva o cursi, en escritos como El origen deportivo del Estado. Y además le gustaban los toros.

José Luis Pardo, Ortega después de Ortega, Babelia. El País 10/06/2017

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