El desig d'immortalitat en Unamuno.

Miguel de Unamuno


I – Planteamiento del problema: el conatus como esencia del hombre y el deseo de inmortalidad

“Yo estoy para hacer vivir a las almas de mis feligreses, para hacerlos felices, para hacerles que sueñen inmortales y no para matarlos. (…) ¿Religión verdadera? Todas las religiones son verdaderas en cuanto hacen vivir espiritualmente a los pueblos que las profesan, en cuanto les consuelan de haber tenido que nacer para morir, y para cada pueblo la religión más verdadera es la suya, la que ha hecho. (…) Y que viva en su pobreza de sentimientos para que no adquiera torturas de lujo. (…) Piensen los hombres y obren los hombres como pensaren y obraren, que se consuelen de haber nacido, que vivan lo más contentos que puedan en la ilusión de que todo esto tiene una finalidad. (…) No hay más vida eterna que ésta…, que la sueñen eterna…, eterna de unos pocos años…”
(San Manuel Bueno, mártir, Cátedra, Madrid 2006, págs. 122-124 y 133-134.)


Éstas son las palabras de Manuel Bueno, el protagonista de la novela de Unamuno San Manuel Bueno, mártir; sus últimas palabras, antes de morir dando misa. Su misión en el mundo era la de mantener a sus feligreses en el feliz sueño de la creencia en la inmortalidad, ajenos a las dudas de la razón, a la incertidumbre existencial de la muerte y la existencia: su misión era la de conseguir que sus feligreses soñaran felices el sueño eterno de unos pocos años en que consistía sus vidas. Un sueño que él mismo ya no podía soñar.

Mi tarea aquí será la de investigar por qué alguien que no creía en la existencia eterna tras la muerte, alguien que estaba convencido de que Dios y Diablo eran sólo creaciones del hombre, y por tanto de que la creencia en ellos era racionalmente infundada, hubo de imponerse a sí mismo la misión de conseguir que el resto de personas creyesen firmemente lo que él no era capaz de creer, y que lo creyesen con tanta fuerza que su fe alejara cualquier incertidumbre de la razón, cualquier duda acerca de la posibilidad de esa existencia eterna en Dios.

Y con este “alguien” no me estoy refiriendo simplemente a Manuel Bueno, sino también a don Miguel, a Miguel de Unamuno, pues él tampoco era capaz de creer ya, y sin embargo ansiaba creer con todo su corazón. Porque Unamuno descubrió que en todo hombre existe, mal que le pese a la razón, un deseo fundamental, una tendencia originaria hacia la permanencia eterna, un anhelo de destino atemporal, que ninguna certeza racional acerca de la existencia finita y de la muerte segura puede calmar. Y es justamente este deseo de inmortalidad el que sacia la creencia en Dios, la fe en la inmortalidad, justamente una fe situada más allá de cualquier posición racionalmente fundada.

Por eso, yo, que tampoco creo, que tampoco encuentro consuelo en la fe, me ocuparé en lo que sigue de este deseo de inmortalidad, de sus fuentes y de sus características; de cómo atienden a ese deseo primordial la razón y la fe, y de cómo ambas son insuficientes por separado; y todo esto para llegar, finalmente, a encontrar el camino verdadero que seguir en esta vida, el camino que Unamuno nos propone en su libro Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos. Voy a tratar entonces del conflicto presente en el hombre entre razón y fe causado por el deseo de inmortalidad, y de la solución que Unamuno propone a tal conflicto.

Mas para poder dar cuenta de este problema, tengo que abandonar los métodos filosóficos tradicionales. Aquí no hay sitio para elucubraciones racionales abstractas, ni para análisis y deducciones lógicas; aquí hay que pensar con el corazón y sentir con el pensamiento. Hay que poner en juego todo nuestro ser, toda nuestra vida, para entender lo que don Miguel nos quiere decir. Él mismo nos avisa de ello:

“Lo que va a seguir no me ha salido de la razón, sino de la vida, aunque para transmitíroslo tenga en cierto modo que racionalizarlo.”
(Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos, Biblioteca Nueva, Madrid 2006, pág. 161.)
Así os voy a hablar yo, con el corazón en la mano. Pues lo que aquí nos jugamos no es un simple problema filosófico: es la felicidad misma de nuestra existencia, de nuestro sueño eterno de unos pocos años.

¿Qué es entonces este deseo de inmortalidad, y de dónde proviene? Unamuno reconoce que todos los hombres que existen poseen en el fondo de su corazón, como fundamento de toda su vida volitiva, un deseo profundo de perpetuar su existencia como hombres, de seguir existiendo eternamente, de mantener indefinidamente esta existencia. Este deseo no es un deseo normal, no es comparable a cualquier otro deseo, sino que es el deseo primero de toda nuestra existencia y por el cual reciben sentido todos los demás deseos: es el deseo que aporta finalidad a toda nuestra vida.

“Sentirse, ¿no es acaso sentirse imperecedero? Quererse, ¿no es quererse eterno; es decir, no querer morirse?” (Ibíd., pág. 101.)
Por eso, en cada momento de nuestra existencia sentimos un anhelo profundo y fundamental de seguir existiendo, de permanecer, de no morir nunca, de continuar existiendo eternamente en esta vida. De hecho, según Unamuno (adelantándose en ello a Heidegger), es la angustia que nos produce la contradicción entre este deseo cuasiinconsciente y el descubrimiento de que con toda probabilidad nos moriremos algún día lo que nos despierta a la vida reflexiva, lo que nos lleva a preguntarnos tempranamente en nuestra vida por el destino de ésta: aunque nos cueste reconocerlo, toda nuestra vida consciente y racional está atravesada por y fundamentada en este deseo del corazón de poseer un eterno destino.

Esta ansia de inmortalidad es tan fundamental y primigenia porque deriva precisamente de nuestra misma esencia. Para dar cuenta de ello, Unamuno trae a colación a Spinoza, judío trágico, y su Ética. Éste escribe allí, en la proposición VI de la parte III:

“Cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser.”, y en la siguiente proposición, la VII: “El esfuerzo [conatus] con que cada cosa intenta perseverar en su ser no es nada distinto de la esencia actual de la cosa misma.” (Baruch Spinoza, Ética, Alianza Editorial, Madrid 2006, págs. 203-204.) 
De modo que nuestra esencia misma es la de perseverar en el ser, la de seguir existiendo, tendemos por nuestra propia esencia a perseverar en nuestra existencia. Y el mismo Spinoza es el que aclara, en la siguiente proposición, la VIII, el carácter eterno o indefinido de este conatus:

“El esfuerzo con que cada cosa se esfuerza en perseverar en su ser no implica tiempo alguno finito, sino indefinido.” (Ibíd., pág. 204.)
Este conatus en que consiste esencialmente nuestra existencia no tiene, por decirlo así, límite de tiempo, sino que es una tendencia a perseverar indefinidamente en el ser. Y una existencia temporalmente indefinida es una existencia que no tiene fin definido, por tanto una existencia eterna.

Y así tenemos que nuestro deseo de inmortalidad, ese deseo profundo que atraviesa toda nuestra vida y nos mueve a existir, no es otra cosa que la traducción en los términos de la voluntad del conatus en que consiste nuestra esencia. Esto implica, por su parte, que el problema de la inmortalidad no es un problema que pueda dejarse de lado, sino que es tan grave que afecta a toda nuestra existencia, en la medida en que ésta misma está atravesada por ese problema. Por eso tenemos que ver en qué medida nosotros, como hombres que deseamos vivir eternamente, podemos dar cuenta de este problema, sabiendo de entrada que ese deseo de inmortalidad es humanamente insatisfacible por estar condenados, en tanto que humanos, a morir algún día.


II – Razón y corazón: la razón instrumentalmente teleológica y la fe en un Dios personal.

Para ello disponemos principalmente de dos herramientas: nuestra razón y nuestro corazón. Porque, como ya ha podido verse en lo dicho hasta ahora, para Unamuno existen dos dimensiones principales en nuestra vida: la dimensión de lo racional y la dimensión de lo volitivo, o la dimensión lógica y la dimensión cardíaca; y no se ve de entrada por qué una tenga que tener más peso que otra a la hora de atender a nuestro problema si ambas están presentes por igual en nuestro ser y, por tanto, responden igualmente al conatus en que consiste nuestra existencia.

“El hombre, dicen, es un animal racional. No sé por qué no se haya dicho que es un animal afectivo o sentimental.” (Del sentimiento trágico de la vida…, pág. 80.) 
Desde ambos, razón y corazón, o razón y fe, pues la fe será el resultado del despliegue de la voluntad cardíaca, se enfrenta el hombre al problema de su inmortalidad deseada. Veamos de qué modo responden cada una por su parte a este problema.

La razón, como facultad humana de conocimiento, es para Unamuno siempre una facultad instrumentalmente teleológica; y digo instrumentalmente teleológica, y no simplemente un instrumento o una facultad teleológica, porque ni se limita a ser mera herramienta de la voluntad (como, en cierto modo, en el caso de Schopenhauer) ni se plantea simplemente fines (como en Brentano o Aristóteles), sino que es una herramienta que se utiliza para cumplir tanto los fines de la voluntad como sus propios fines. Su origen se encuentra ligado a las necesidades de supervivencia de todo ser vivo: la razón es originariamente una facultad de supervivencia, conocemos en primera instancia para poder saber cómo sobrevivir.

“El conocimiento se nos muestra ligado a la necesidad de vivir y de procurarse sustento para lograrlo. (…) El cerebro, en cuanto a su función, depende del estómago.”(Ibíd, pág. 93.)
Y esto se cumple incluso en el desarrollo más sofisticado o lujoso de los procesos racionales, ya sea en las ciencias, las cuales no son sino “cosa de economía”, o en la filosofía, que no es sino la reelaboración y reconfiguración racional de nuestra vida sentimental: ambas responden a deseos de la voluntad, ya sea del ámbito de la supervivencia biológica, o del ámbito de la persistencia social de la especie en su actual status quo. No hay saber por saber, siempre hay una razón para saber. Esto tiene una importante consecuencia en el campo de la filosofía, pues todo conocimiento racional, toda proposición que abracemos en nuestro pensamiento, responde a finalidades de la voluntad, a querencias y deseos de nuestro corazón en nuestra vida; esto será crucial más adelante para entender la solución propuesta por Unamuno a nuestro problema.

Ahora bien, la razón presenta un problema grave, gravísimo para nosotros: y es que, en su afán de conocer las condiciones fácticas y pragmáticas de nuestro desenvolvimiento vital, encuentra la certeza de nuestra existencia finita, e incluso puede aportarnos pruebas de ella. Todo en la razón nos dice que es imposible que nuestra existencia sea eterna, indefinida, pues todo lo que existe se destruye en algún momento, y todo ser humano que conocemos muere tarde o temprano. El famoso silogismo aristotélico adquiere aquí toda su trágica crudeza: no es algo tan simple o banal deducir fielmente que Sócrates es mortal porque es hombre y todos los hombres son mortales, pues esto indica que la razón, pese a la fuerza de nuestro deseo de inmortalidad, nos demuestra de modo racionalmente fiable que nos moriremos, para la razón es totalmente cierto que nuestra existencia es finita. Es en realidad la facultad menos consoladora de todas: estando dirigida a la satisfacción de nuestros deseos y nuestras necesidades, en su desarrollo se vuelve contra su fundamento, contra aquel deseo primordial, y niega la esperanza en su satisfacción.

Es por esto que el camino racional no es simplemente un camino inadecuado para encontrar satisfacción a nuestro deseo de inmortalidad, sino que es el camino que cierra por completo cualquier esperanza de satisfacerlo, llevándonos a ladesesperación absoluta; y más aún cuanto más crédito le otorguemos a lo que la razón nos prescribe, hasta el punto de que el racionalismo más absoluto se le presenta a Unamuno como el intento más desesperado de ahogar con la razón ese deseo que ésta no puede soportar.

Y, sin embargo, no podemos evitar hacer caso a ese deseo, pues es el deseo sobre el cual se levanta toda nuestra vida, es la explicitación del conatus en que consiste nuestra esencia. Pero, como no todo en el hombre es razón, sino que existe en él algo más allá de la razón, todavía nos queda otro camino para tener esperanza en la satisfacción de nuestro anhelo de eterno destino, el camino de la voluntad o del corazón. Una vez indicado que la vida racional niega la posibilidad de dar cumplida cuenta de nuestra esencia, del conatus que nos constituye, ahora vamos a ver en qué medida una vida basada en la voluntad, en la cardíaca, y no en la lógica, puede sernos de consuelo. Porque no hay que olvidar que en último término el objetivo todo de nuestra vida es dar cuenta de ese deseo, consolarnos de nuestro anhelo de inmortalidad, y todo lo que hacemos está encaminado a ello.

Si el camino de la razón marcha a través del conocimiento, el camino del corazón marcha a través de la fe: la fe es la vía que el corazón se marca para vivir y satisfacer sus deseos.

“Esa sed de vida eterna apáganla muchos, los sencillos sobre todo, en la fuente de la fe religiosa. (…) La fe (…) no es en su esencia sino cosa de voluntad, no de razón.” (Ibíd., págs. 115 y 154.)
Esta fe es esencialmente fe en Dios: creemos principalmente en que Dios existe, y todo lo demás no son más que artilugios levantados para sostener esa fe en Dios. Y esta fe en Dios responde en el fondo al deseo primordial de inmortalidad, al ansia de existir indefinidamente; porque creemos en Dios en la medida en que creer en él nos asegura nuestra existencia eterna: el núcleo central del cristianismo es la doctrina de la existencia post-mortem, la certeza de que después de la muerte en esta vida, esa muerte que conoce la razón, existe todavía una vida que, por descontado, es eterna. Por eso, tener fe no es simplemente creer, sino querer creer, y querer creer que el alma es inmortal porque existe Dios, a pesar de todo lo que la razón nos pueda decir.

Pero para que esta fe en Dios pueda realmente consolarnos tiene que ser necesariamente la fe en un Dios personal, que nos asegure como una promesa la existencia en la vida eterna: no nos sirve el Dios racionalista de los filósofos, ni el dios aristotélico que no presta ninguna atención al mundo, sino que necesitamos un Dios que nos oiga en nuestras exigencias y nos asegure que realmente existiremos para toda la eternidad.

 “Un día, hablando con un campesino, le propuse la hipótesis de que hubiese, en efecto, un Dios que rige cielo y tierra, Conciencia del Universo, pero que no por eso sea el alma de cada hombre inmortal, en el sentido tradicional y concreto. Y me respondió: ‹‹Entonces, ¿para qué Dios?››” (Ibíd., pág. 81.)  

Ese campesino había entendido mejor que todos los filósofos el verdadero papel de la fe en Dios en nuestra existencia: no creemos en él porque sea el fundamento teórico último de todo nuestro sistema metafísico, sino porque sólo creyendo en Dios logramos resignarnos en alguna medida en la esperanza de consolar ese deseo profundo de inmortalidad. Lo mismo puede comprobarse en el famoso episodio neotestamentario de Pablo de Tarso predicando ante los filósofos atenienses: allí, mientras Pablo les hablaba de un Dios que es logos, en el que todo es y que es todo, los filósofos le prestaron mucha atención, creyendo que aquello era una nueva versión de la ya conocida filosofía peripatética; pero cuando Pablo dio el salto fundamental al Dios cristiano, personal, encarnado en Cristo para redimir nuestros pecados, perdieron todo interés y se marcharon.

Por eso, dice Unamuno, es la existencia de Dios la que se demuestra desde la inmortalidad del alma, y no al revés. Así lo entendió el hombre Kant, pero luego el filósofo profesional invirtió las cosas para poder hacerlas creíbles a la razón. Aquí reside entonces la pieza clave de la fe: creo porque quiero creer, porque necesito creer en un Dios personal que me asegure mi existencia eterna indefinida, la realización efectiva y completa del conatus que me constituye.

Todavía más emocionalmente, cardíacamente, se comprueba esto en el poema de Unamuno “La oración del ateo”:

“Oye mi ruego Tú, Dios que no existes. (…)
Cuando Tú de mi mente más te alejas,
más recuerdo las plácidas consejas
con que mi ama endulzome noches tristes. (…)
Sufro yo a tu costa,
Dios no existente, pues si Tú existieras
existiría yo también de veras.”
(“La oración del ateo”, Rosario de sonetos líricos.)

Miguel Ángel Bueno Espinosa, La existencia del abismo en "Del sentimiento trágico de la vida" de Unamuno (I) - Razón y fe, Senderos de filosofía 16/06/2015 

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