La realitat segons el Quixot i Matrix.

El estudio del cerebro mediante la literatura y la realidad virtual
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Grabado de Gustav Doré para el Quijote.


En la primera entrega de la desigual trilogía de Matrix, nuestro Elegido despierta de su letargo y descubre pasmado que toda su realidad no es más que un conjunto de líneas de código que unas aviesas máquinas han diseñado para mantenerlo vivo junto al resto de la humanidad en su cometido de proporcionarles energía eléctrica. Pero a Neo le antecede Don Quijote. Cerca de cuatrocientos años antes de la genial idea de los hermanos Andy y Larry (ahora Lana) Wachowski, Cervantes presentaba a los lectores de la época un ingenioso hidalgo que, presa de cierta locura literaria, entremezclaba continuamente el mundo romanceril de la caballería con el mundo real, atacando a molinos convertidos en gigantes o destrozando teatrillos cuyos títeres se tornaban agresivos moriscos frente a su incrédula mirada.

Aun con sus diferencias, tanto el futurista Neo como el medieval Quijote viven la ilusión de un mundo que simula ser real: el primero mediante complejos artilugios que podríamos definir como un sistema de realidad virtual completamente inmersivo; el segundo, fruto de una visión trastornada producto del empacho de novelas de caballerías. Sus mentes han sido engañadas con distintos medios para distintos fines, pero ambos reflejan los mismos síntomas: un viaje mental al mundo creado para tales propósitos. ¿Puede la tecnología actual o la literatura producir semejante efecto en nuestra mente?

Nuestra experiencia lectora tal vez responda a la segunda parte de la pregunta. A fin de cuentas, si comprendemos estos garabatos es gracias a que sabemos leer, y si es así es posible que recordemos haber viajado a bordo de barcos llenos de aterradores piratas, paseado en compañía de seres fantásticos de antiguas leyendas o volado a mundos del futuro sin habernos movido de nuestro sillón. En cuanto a las tecnologías de realidad virtual, cada vez son más las noticias en los medios de información que dan a conocer sus avances en el campo de la neurociencia. Veamos qué tienen en común estos alejados universos.

Loco el que lo lea

Según Michel Foucault, en los primeros días de la novela del siglo XVII su lectura se percibía como una forma de desvarío, puesto que durante la misma uno se convertía en otra persona. Por suerte para nosotros, el conocimiento del cerebro ha crecido exponencialmente desde aquella época y Mario Vargas Llosa no sería ingresado en un manicomio por defender que la literatura sirve «para liberar al ser humano y permitirle vivir otras vidas distintas a la propia», ni Haruki Murakami tendría que esconderse al definir así el acto de lectura: «Vuelvo a la habitación de lectura, donde me sumerjo en el sofá y en el mundo de Las mil y una noches. Poco a poco, como en el fundido a negro de una película, el mundo real se evapora. Estoy solo, dentro del mundo de la historia. Mi sensación favorita en el mundo».

Científicos y teóricos literarios de todo el mundo estudian desde hace pocas décadas los mecanismos mentales que producen en nuestro cerebro esa sensación favorita. Bajo términos como inmersión, transportación o simulación han intentado describir ese viaje mental al mundo de la novela. De la misma forma que en un sueño, la percepción cede protagonismo a la imaginación, la atención se centra en los sucesos de la historia y en cierta forma ignora lo que sucede en nuestro entorno real. Como resultado somos capaces de sentir emociones reales frente a sucesos de cuya naturaleza ficcional somos perfectamente conscientes, lo que hace de la literatura un objeto de estudio especialmente atractivo para las ciencias cognitivas. Si no fuera así, si algo fallara en nuestro mecanismo mental para testear la realidad y mezcláramos realidad y ficción, estaríamos cayendo en el embrujo que sufría Don Quijote. Las consecuencias podrían ser realmente cómicas: tal vez saldríamos corriendo ante la aparición de un león en una novela, como lo hizo el público de la famosa y accidentada proyección de La llegada del tren a la estación de La Ciotat, de los hermanos Lumière. Al desconocer la naturaleza artificiosa del cine (estamos hablando del año 1895), los espectadores vieron espantados cómo la locomotora se dirigía hacia ellos desde la pantalla y no pudieron más que huir para proteger sus vidas.

Para sorpresa de muchos, la investigación científica de estos procesos mentales ha permitido descubrir que la literatura nos ayuda a comprender mejor nuestro entorno social. Atrás ha quedado la imagen de la rata de biblioteca con graves carencias sociales, como es el caso de nuestro ingenioso hidalgo. La idea de una literatura como simulador social ha ido cobrando fuerza en los últimos años de la mano de psicólogos como Keith Oatley y Raymond Mar. Si el primero fue el que acuñó ese término, el segundo desarrolló en 2004 un estudio en el que registró imágenes de resonancia magnética funcional que evidenciaron que cuatro de las cinco áreas comúnmente asociadas al procesado narrativo también suelen estar implicadas en el procesado social.

Leer no solo entretiene: también nos entrena para vivir en sociedad. De la misma forma que un simulador de vuelo permite a los futuros pilotos adquirir horas y horas de experiencia sin el riesgo de un accidente o igual que Neo aprendía artes marciales junto a su mentor Morfeo en un dojo que replicaba las características físicas de Matrix, la literatura nos ayuda a experimentar distintos escenarios sociales desde la seguridad que aporta el hecho de que ningún personaje ni ninguna situación podrán perseguirnos de vuelta al mundo real. ¿Y quién se encarga de dar vida a todos esos personajes que no son más que construcciones simbólicas? Nuestro cerebro es el culpable. La mente humana tiene un gran interés en comprenderse a sí misma y a los otros y eso nos empuja a «animar» o dar vida a casi cualquier cosa que se mueva, haga ruido o destaque respecto a la inmovilidad del resto del paisaje. Y sí, esta característica trasciende el mundo real y llega a la ficción literaria, donde a partir de pocos retazos somos capaces de construir un personaje con vida propia.

Las aplicaciones basadas en ese proceso tan característico que la literatura provoca en nuestro cerebro son incontables. El lector de novela podrá afirmar que durante muchas de sus lecturas no se ha encontrado frente a construcciones simbólicas, sino frente a personas que sentían, disfrutaban o sufrían. Y si leyendo podemos interactuar con simulaciones de personas en un entorno controlado, ¿por qué no aprovecharlo? Leer nos permite entrenar especialmente la empatía y un ejemplo de su uso está en distintos experimentos relacionados con conflictos raciales, religiosos y sociales. En 2013, Dan R. Johnson estudió los efectos de la lectura de ficción literaria en la reducción de prejuicios raciales. Sus conclusiones no pueden ser más optimistas: si el protagonista del libro formaba parte de un grupo altamente estereotipado y dicho personaje no cumplía con esos estereotipos, se producía una reducción de esos prejuicios y un aumento de empatía afectiva hacia dicho grupo.

Imaginemos a Don Quijote como voluntario de esa investigación. Nuestro caballero, habituado a libros en que los moriscos son personajes crueles y salvajes, se ofrece a leer una novela en la que el protagonista es uno de ellos. Para su sorpresa, habla de forma educada y no se comporta en ninguna manera como un salvaje, sino como alguien perfectamente civilizado. Según los resultados del estudio, la perturbada mente del caballero muy probablemente pondría en duda sus prejuicios anteriores e incluso aumentaría su empatía hacia quienes siempre consideró sus enemigos. Una experiencia que de otra forma nunca se hubiera producido (conocer de forma personal a un morisco) ha sido posible solo a través de una simulación literaria.

Mundos virtuales casi reales

No hace falta decir que todo lo explicado anteriormente está limitado al campo de la imaginación. Cuando leí Moby Dick me sentí parte de la tripulación del barco ballenero junto a Ismael, su narrador, pero por suerte para mi conciencia ecologista todo quedaba acotado al interior de mi lustrosa cabeza. Cuando las descripciones se me hacían incómodas (véase el caso de abrir una ballena en canal), mi cerebro activaba un resorte que me distanciaba emocionalmente de lo que sucedía y gracias a ello no me veía obligado a cerrar el libro y abandonar su fructífera lectura.

Los dispositivos de realidad virtual no exigen que imaginemos ningún tipo de mundo, ya que al contrario de la literatura nos lo presentan mediante imágenes y sonidos generados por ordenador. En concreto, la tecnología de realidad virtual inmersiva nos permite sentirnos físicamente presentes en un lugar virtual e incluso vernos en otro cuerpo distinto al nuestro. Esa es la diferencia fundamental entre nuestros dos vehículos y entre las formas de viajar a esos otros mundos: la imaginación se ve sustituida por la percepción de estímulos virtuales. Aún así, existen muchos paralelismos respecto al uso que se está dando a las dos herramientas en la investigación de nuestras mentes.

Sin ir más lejos, si en el estudio de Dan R. Johnson se pedía a lectores de ocho religiones distintas que leyeran fragmentos de una novela de protagonista musulmana, el equipo de Mel Slater y María V. Sánchez-Vives (EventLAB) llevó a cabo en la Universidad de Barcelona un trabajo parecido mediante realidad virtual en el que sesenta chicas de raza blanca se veían en el cuerpo de una chica de: a) raza blanca, b) raza negra, y c) raza púrpura. Tras un tiempo de adaptación aparecía en el escenario virtual otra chica (totalmente virtual) de raza negra e interactuaba con ellas. ¿El resultado? El prejuicio racial de las chicas embutidas en un cuerpo de raza negra se veía reducido hacia personas de su «nuevo color». Se sentían parte de su grupo étnico.

Este tipo de tecnología permite jugar con nuestros sentidos y experimentar hasta qué punto el cerebro puede ser engañado. Que el avatar al que nos vemos transportados se mueva a la vez que nosotros o que haya un espejo en la habitación virtual que refleje dicho avatar en sus (nuestros) movimientos, reforzará la ilusión y nos hará más crédulos ante esa mentira cognitiva en la que estamos inmersos. Aún queda un largo trecho para lograr una tecnología equiparable a la que utilizan las máquinas para tenernos entretenidos en el mundo de Matrix, pero no vamos por mal camino. Otros experimentos del EventLAB han logrado hacer «sentir» a los estupefactos voluntarios que su brazo se alargaba metros y metros o modificar su percepción del entorno virtual al reducirlos al tamaño de un niño de pocos años.

La ilusión es tan potente en algunos momentos que la gente llega a olvidar el dispositivo que lleva encima. De la misma forma que al leer necesitamos un tiempo para sentirnos transportados al mundo narrativo o al irnos a dormir no podemos desconectar de golpe y entrar en el sueño deseado, la inmersión en el mundo virtual también requiere de un tiempo de adaptación en el que confundir nuestros sentidos a través de imágenes, sonidos e incluso el tacto (lo que suele reforzar enormemente la ilusión si se hace de la forma apropiada). Sorprende descubrir la fuerza que puede tener el engaño pese a una calidad de imagen que aún dista mucho de replicar a la de nuestro mundo real de la misma forma que Matrix lo consigue con el suyo.

Pero no todo son mundos creados por ordenador. Pongámonos en situación: llegamos al laboratorio de realidad virtual, nos ponemos el traje de sensores con el que captarán nuestros movimientos, los guantes, las gafas y nos situamos en la habitación construida para ese fin. Se activa el sistema y tras unos segundos nos vemos sobre la superficie de Marte. Sonreímos porque la recreación es asombrosa y las imágenes replican a la perfección la idea que tenemos de ese planeta. Incluso podemos andar un poco por ese entorno en el que nos vemos sumergidos. Entonces nos informan de que lo que estamos viendo no es virtual, sino que estamos dirigiendo un robot humanoide que ha sido transportado a la superficie de nuestro planeta vecino. Vemos lo que ven sus cámaras y al movernos trasmitimos nuestros movimientos a las articulaciones robóticas de nuestro alter ego, moviéndose él a millones de kilómetros de distancia. Los sensores instalados en el robot nos envían señales que percibimos en nuestro cuerpo a través de actuadores distribuidos sobre la superficie del mismo. Estamos aquí, pero sentimos y percibimos que estamos allí. En este caso, la simulación sí que puede tener consecuencias en el mundo real.

Lo que el pasado dice del futuro

Quién hubiera dicho que un libro de hace cuatrocientos años y un sistema de realidad virtual de última tecnología tendrían algo en común. Parece que nuestra mente disfruta sintiéndose burlada e inventa continuamente nuevas formas de conseguirlo. ¿Acaso no podríamos decir que la literatura es un rudimentario ancestro de la realidad virtual? Logra hacernos viajar a otros lugares, conocer otros mundos y, en palabras de uno de los personajes de Madame Bovary, nos permite sentir «nuestros corazones latiendo bajo sus ropas».

Las ciencias cognitivas están recurriendo a ambos sistemas para comprender mecanismos como la percepción, la imaginación o la atención. También nos están ayudando a entender procesos como nuestra capacidad para atribuir e interpretar estados mentales en otras personas, personajes o avatares y el desarrollo de empatía, simpatía o identificación hacia algunos de ellos. Cada uno desde su terreno, están demostrando ser una herramienta imponente para el desarrollo del conocimiento humano.

Puestos a imaginar un futuro, me gusta pensar en los libros siendo iguales que ahora y que hace cientos de años, manteniéndose impertérritos al paso del tiempo pero desvelando cada vez más secretos sobre nuestras mentes y su forma de relacionarse con ellos. En cambio, imagino una tecnología de realidad virtual que no para de cambiar y evolucionar, llegando cada vez a sistemas más complejos capaces de engañarnos más o mejor.

Tal vez eso sea el futuro. Una realidad virtual tan inmersiva que no seamos capaces de discernir lo que es real de lo que es inventado, del mismo modo que Neo y sus compañeros vivían en Matrix sin ser conscientes de su triste cometido en el mundo real. Si llega ese día, espero que al menos sigamos teniendo literatura. De esa manera y pese a vivir como inconscientes esclavos, siempre podremos escapar durante un rato a territorios fuera de su alcance. Tal vez eso sea la pastilla roja.

José Valenzuela, Escapando del mundo real: Don Quijote y la ilusión de Matrix, jot down 14/06/2014

Para saber más

Johnson, D. R. (2013). «Transportation into literary fiction reduces prejudice against and increases empathy for Arab-Muslims». Scientific Study of Literature, 3:1, 77-92.

Mar, R. A. (2004). «The neuropsychology of narrative: Story comprehension, story production and their interrelation». Neuropsychologia, 42, 1414-1434.

Peck, T., Seinfeld, S., Aglioti, M., Slater, M. (2013). «Putting Yourself in the Skin of a Black Avatar Reduces Implicit Racial Bias». Consciousness and Cognition, 22:3, 779-787.

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