Xarxes socials i la redefinició de la intimitat.

Luna Miguel


En algún momento de nuestra infancia ansiamos la casa del árbol. Veíamos a los niños de la tele en aquellas construcciones de madera y los envidiábamos con fuerza. Queríamos, al igual que ellos, tener un padre lo suficientemente manitas como para construirnos aquel templo. La casa del árbol representaba entonces todo lo que una mente infantil deseaba: intimidad para hacer maldades, un espacio propio para contar secretos, un hogar privado en el que nosotros, y nadie más, pondríamos las reglas.

Mi generación nunca tuvo su casa del árbol, sin embargo le fue concedido algo aún mejor, con todas las virtudes anheladas: Internet.

Cobijo para muchos, mundo sin leyes, hoja en blanco donde los secretos se dibujaban para siempre porque ya nadie tenía miedo de compartirlos. No habíamos cumplido los 15 cuando nos instalaron el primer router, y cuando nos inscribimos con sobrenombres ridículos a chats, servicios de mensajería instantánea o blogs que ahora son pura prehistoria digital.

La casa era al fin nuestra, y no necesitábamos que nadie viniera a construirla.

Mejor de lo que lo habíamos imaginado, aquel nuevo hogar brindaba muchas posibilidades, como por ejemplo dejar la puerta abierta cuando quisiéramos para que todos entraran. A pesar de que nuestros padres nos advertían de los peligros, eso de hablar con desconocidos resultaba excitante. Aunque no tanto como que ciertas plataformas nos permitiesen subir miles de fotografías y pensamientos, y a la vez leer los de otros chavales a los que no les importaba compartir, desnudar, cotillear, criticar, envidiar, copiar, pegar, crear un nuevo lenguaje, cambiar el mundo.

Y la privacidad, ¿qué era eso?

Con los años hemos aprendido a construir hogares de paredes transparentes. Y así, el blog secreto de una niña freak como Tavi Gevinson se convirtió en referente generacional. Los selfies de Cory Kennedy fueron la primera piedra del imperio It Girl en Instagram. Los tuits íntimos de celebridades y políticos cambiaron la agenda periodística. Y los egoblogs terminaron de dar una patada a la literatura de siempre, trayendo un nuevo idioma digital.

Todo esto es lo que ocurrió fuera, pero dentro también pasaron cosas.

Yo, que tampoco poseo casa del árbol, tengo sin embargo cuenta en Instagram, en Facebook, en ­Twitter, en Pinterest, en Vine y en otras redes que ya no recuerdo. Sólo en Instagram he publicado unas 5.200 fotos, el 45% de las cuales seguramente sean autorretratos. Uso Facebook para hablar con mis amigos, Twitter para cotillear a mis enemigos, y mi blog para contar mis alegrías y desgracias, tal y como aprendí a hacer de adolescente, cuando ser egocéntrico e impúdico no estaba mal visto. No tengo miedo de la exhibición porque exhibo lo que quiero. Y aunque en ocasiones la vida me asuste, desnudándome así —a veces ridícula, a veces tímida, a veces hermosa— es como consigo curarme.

Por eso nosotros os abrimos la puerta. No nos importa que miréis un rato a través de los cristales. Entre todos redefiniremos la intimidad. Quizá sea el modo de abrir nuevos debates.

Luna Miguel, La casa en el árbol, El País 12/06/2015 

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