Independències i el llenguatge de la insolidaritat.


Termina un acto público sobre la crisis en Berlín y en el pasillo se forma una larga fila de gente para tomar la palabra y dirigirse a los ponentes. Aunque te esfuerzas en contestar las preguntas, tienes la sensación que lo de menos son las respuestas. Es el deseo de expresar el enfado, la irritación, lo que cuenta. Todos están molestos. Da igual con quien: con la banca, con Europa, con Merkel o con los griegos, no importa mucho. Una se quejan de que no hay dinero para guarderías pero sí para los bancos, otra de que Europa no funciona o de que los políticos no escuchan, de que los impuestos son altos y los salarios bajos, y así un largo etcétera.

Curiosamente, aunque Alemania y España estén en las antípodas de esta crisis, las frustraciones parecen ser las mismas. Sea Alemania o España, Finlandia o Grecia, Holanda o Italia, da la impresión de que los ciudadanos comparten una misma sensación: la de que todo se decide lejos de ellos, fuera de su país, y en contra de sus intereses.  Todos querrían decidir, pero no pueden, alguien o algo se lo impide, y pugnan por identificar quién se lo impide. Sí, el objeto sobre el que vuelcan su enfado es distinto: Europa, España, la banca, los políticos, pero los sentimiento son muy parecidos.

Nos invade el lenguaje de la insolidaridad. El virus de la insolidaridad encuentra su caldo de cultivo ideal en las crisis y rompe siempre en primer lugar por las identidades. La solidaridad se restringe a los que conoces, a aquellos con los que identificas. 

España recorta la cooperación al desarrollo, porque los españoles son primero, y también las prestaciones a los inmigrantes, porque los extranjeros son después. Alemania se convierte en el nuevo Reino Unido de Europa: donde Thatcher gritaba a sus colegas del Consejo Europeo “quiero que me devuelvan mi dinero” (I want my money back), hoy Alemania se desgañita repitiendo machaconamente una y otra vez su oposición a “una unión de transferencias” y su hastío de ser “un contribuyente neto”: nosotros primero, los demás después. ¿Cómo reprochárselo?

Los más ricos se llevan siempre la palma de la insolidaridad. En Alemania, Bavaria se queja de que paga demasiado. En Francia, Bernard Arnault, el hombre más rico de Francia y dueño de Louis Vuitton, que ejemplifica como nada el lujo absoluto, amenaza con pedir la nacionalidad belga si le hacen pagar más impuestos. Mientras, en España, donde todos estamos quebrados, oímos hablar de “expolio fiscal”, como si unos realmente estuvieran peor que otros a costa de otros y no fueran todos víctimas de la crisis. 

En ausencia de una salida colectiva, se buscan salidas individuales. Lo que muchos ciudadanos catalanes quieren no es tan distinto que lo que buscan los que fueron a la plaza de Neptuno o los franceses que eligieron a Hollande en las últimas elecciones: decidir sobre su futuro, inventar una salida donde nadie ofrece nada más que sufrimiento e injusticias.
Pero siendo comprensible, no es lo ideal. Mejor sería cambiar el discurso y decirlo claro. El verdadero expolio de esta crisis es social y democrático: nunca tan pocos quitaron tantos derechos y esperanzas a tantos. Tantos derechos sociales, y tantos derechos políticos arrebatados, entre ellos, el principal, el derecho a decidir sobre su presente y sobre futuro. 

Los europeos, aquí o allá, en España en Alemania, deberían entender que los que a priori parece que les divide es precisamente lo que les une. En esta crisis todos son europeos, y a todos se les ha privado el derecho a decidir, sobre su presente, y sobre su futuro. Es por eso por lo que la democracia está en crisis: porque los ciudadanos no pueden elegir, ni aquí ni en ningún sitio, que se haga realidad lo que quieren.

José Ignacio Torreblanca, La autodeterminación en tiempos de cólera, Café Steiner, 01/10/2012

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