Las apariencias no engañan.


Por lo visto, estamos empeñados en dar a entender lo que los demás han de pensar sobre nosotros, con independencia de que coincida o no con cómo somos o cómo estamos. Aparentar compromiso, desvelo, implicación, dedicación, interés, preocupación no impide que aparezca el desdén, la autosuficiencia o el interés propio. Por supuesto,con independencia de que. No es lo mismo buscar pasar por lo que no se es, que mostrarse como quien se es, aunque pueda prestarse a equívocos. No es similar pretender parecer que no que parezca de verdad. Suele decirse, con buenas razones, que las cosas no son lo que parecen. Pero hemos de estar bien atentos a ello porque, aunque no son lo que parecen, aparecen como lo que son en lo que parecen. Tanto que, a veces, a fuerza de hacer de algo, o de ir de algo, uno acaba siéndolo.

Si, como Hegel señala, “el verdadero ser del hombre es su obrar”, quizás uno viene resultando lo que hace. O dicho de otro modo, insistiendo en hacer algo, uno termina teniendo tanto que ver con ello que, en cierta medida, también eso le constituye. Oí decir a alguien que en la vida siempre le correspondía hacer de malo. Pero cumplía su papel con tal pasión, con tanta frecuencia y con tanto regocijo que le pregunté si no se había planteado que igual es que era en verdad malo. Su sonrisa no resolvió la cuestión.

También la apariencia es el aspecto y no es simple falsificación o disimulo, sino un modo de presentarse que, con todas sus insuficiencias y, a veces, de modo incipiente, dice. Que pueda engañarnos obedece en gran parte a que nos limitemos a darla por suficiente, por definitiva, por tan elocuente como para identificarla plenamente con lo que algo o alguien es. Pero también forma parte de lo que es, de quien se es, lo que no significa que haya de vivirse por y para ella. A veces todo parece consistir en ver y ser visto. Entonces la apariencia en ocasiones se reduce a puro atuendo, a mera indumentaria, aunque sea de principios y de valores, lo que conlleva que esté penetrada de la voluntad de evitar cualquier manera transparente de hacerse ver. Es una ocultación por exceso de aparición.


Vivimos en una sociedad en la que un modo cada vez menos sofisticado de desaparecer es por proliferación de apariciones. Todo parece hacerse tan evidente, tan próximo, que ya ni lo vemos. Por ello, a fuerza de aparecer con el rostro de una determinada apariencia, la apariencia viene a ser verdadero aparecer. Y lo curioso no es sólo que los demás ya no saben cómo y quién es cada cual, lo notable es que ya ni siquiera quien aparece sabe ciertamente de sí. Extraviados entre tantas posturas, composturas e imposturas acabamos pareciéndonos a como aparecemos. Todos, de una u otra manera, confundimos la apariencia con el aparecer. No digamos si llegamos al extremo de pensar que hacerlo públicamente es imprescindible para ser. Y hasta el punto, no sólo de vernos como somos vistos, sino de ser como aparecemos.


Todo parece estar en cierto modo esquivado o enmascarado, esfumado, difuminado, mezclado en formas distintas de realidad, y no simplemente porque se esconda o se sustente en algún modo de engaño o de mentira, antes bien porque en algún sentido es ya su forma de ser. Ello conduce a que incluso cuando existe la mayor voluntad de sinceridad, de desvelamiento, de verdad, lo que se muestra no resulta más nítido que ese aparecer. No siempre hay una profunda raíz que desvelar. Tal vez merezca pensarse con Foucault que “el secreto es absolutamente superficial” y que quizá la epidermis no oculte ningún otro supuesto verdadero rostro. Ella forma parte de él, es rostro, tal vez el que en ocasiones se pretende perder.

Por eso, no se trata de vivir de las apariencias, sino de reconocer hasta qué punto forman parte, cada vez más, del vivir. Hay más bien que hacerlas aparecer, ya que, contra lo que parece, las apariencias no siempre son muy evidentes. Desconsiderarlas es tan insensato como entronizarlas. Tienen su verosimilitud, la que se sostiene en un aspecto que consideramos exterior, presuponiendo por tanto un interior que sería lo más propio. Pero éste también no deja de ser sospechosamente muy aparente.

Aunque quizá la cuestión radique fundamentalmente en el modo de ver, en nuestra pérdida de capacidad para contemplar, en que es inadecuada por insuficiente, en que se empeña en retener para fijar, poseer, dominar y entender lo visto, en que se entrega a lo que Parménides denomina la vía de la opinión, de la doxa. Pero, con todo, la necesitamos. Aún pervivimos en ese mundo interno de la caverna platónica, 
magnífico para los simples curiosos, mirones o amadores de espectáculos, que se mueven por sensaciones en el ver que corresponde a la apariencia, que se bastan en un mundo de sombras y de juegos. La tortuosa picardía, como Píndaro señala, no se basa en el camino de la justicia sino en el de la apatía, en el de la vida injusta con apariencia de justa, para dar ilusión de virtud. Sin embargo, no bastará con situarnos fuera de esa caverna para ver, cosa improbable precisamente por exceso de luz. La liberación consistirá en no quedar fijados en los grilletes de la apariencia para reconocer sin embargo que a su través destella ya lo que es, lo que somos.

La apariencia elegida también nos dice del ser de quien la elige. Este sí que aparece, al proponerse y presentarse de esa manera. No es sólo una imagen como una estrategia de aparición., o como el diseño de la apariencia, es el aparecer de su preferencia, es el perfil de su dibujarse, el propio o el asumido.Y entonces todo resulta más fatuo, más engolado, más disfrazado, más carente de verdad. Incluso de credibilidad. Y así, ni siquiera es apariencia. Ofrece sin embargo su evidencia.

En la sociedad de las apariencias, lo inquietante no es lo que ellas no tienen de realidad, dado que nos ofrecen la suya. Lo que merece atención es que lo que denominamos “la realidad” ni siquiera es siempre el aparecer de lo que hay, ni lo que rebosa la copa, como Hegel señala. Se dice que las llamadas apariencias engañan, pero no pocas veces, las denominadas realidades también. Y se trata de considerar, con cierto cuidado,qué nos dicen de verdad.

Invertir el platonismo no es simplemente darle la vuelta. Lo que nos desconcierta no es que la apariencia se ofrece como real, lo que nos obliga más es que la realidad sea sencillamente apariencia, apariencia de ninguna otra verdad. Así, la añagaza es de otra envergadura. Extraviados, puestos a no aparecer, no es que no aparezcamos socialmente, o ante los otros, es que si nos descuidamos no nos aparecemos ni a nosotros mismos. Los demás nos desconocerían, pero nosotros tampoco sabríamos quiénes somos. Ni siquiera siendo sinceros avanzaríamos demasiado. La apariencia se quedaría en imagen, pero no en disfraz, sería nuestro modo de ser y de comportarnos. No es que los otros no sepan quiénes somos, es que nos hemos quedado cómodamente fijados en lo que ellos no saben de nosotros y les es suficiente. Y ese no saber dice más de nosotros mismos que lo que creemos conocer.

Ángel Gabilondo, Apariencias, El salto del Ángel, 09/10/2012

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