Trump, leninista?






El cambio más importante y más trascendental comparado con el Trump número 1 es que ahora tiene a Elon Musk y su alegre pandilla de rompedores de convenciones que están procediendo al desmantelamiento del aparato del Estado. Lo que bajo el título de Departamento de Eficiencia Gubernamental están haciendo parece novedoso para la gente que no ha tenido experiencia o conocimiento siquiera de algún cambio revolucionario. En Estados Unidos, el último de esos cambios revolucionarios lo llevó a cabo Roosevelt en los años treinta del siglo pasado; aquello incluía demoler el antiguo Estado, crear uno nuevo y dotarlo de multitud de funciones nuevas, muchas de las cuales han perdurado durante décadas. Es de primero de marxismo que si uno tiene un movimiento revolucionario, ese movimiento para sobrevivir tiene que demoler el aparato del Estado anterior y crear uno nuevo. Marx escribió sobre eso refiriéndose a la Comuna de París: “La próxima tentativa de la revolución francesa [la Comuna] no será hacer pasar de unas manos a otras la máquina burocrático-militar, como venía sucediendo hasta ahora, sino demolerla [el énfasis es de Marx]” (Cartas a Kugelmann, 12 de abril de 1871). Más tarde Lenin lo implementó cuando llegó al poder. Sin el control del aparato del Estado, cualquier revolución está incompleta y en peligro de ser derrocada.

La revolución actual viene con ciertas (por así decirlo) características estadounidenses. El Estado estadounidense se ha convertido en una enorme maquinaria desconectada en buena medida de quienquiera que esté en el poder. De eso se dieron cuenta los ideólogos de la revolución trumpista: de que el aparato del Estado continuaba funcionando y produciendo los mismos resultados sin importar quién estuviera en el poder. Si bien eso ocurre en muchos países, en Estados Unidos se ha exacerbado por la peculiaridad estadounidense de que gran parte de la toma de decisiones se han “externalizado” o suprimido, tanto en el poder ejecutivo como en el legislativo. El Departamento de Finanzas, ya sea bajo los demócratas o bajo los republicanos, lo lleva Wall Street (Paulson, Rubin, Mnuchin, Brady y tutti quanti), la Reserva Federal es legalmente independiente, y Estados Unidos fue famoso en el siglo XIX, y ha vuelto a serlo ahora, como “un sistema de juzgados y partidos”, en el que el poder judicial toma de facto muchas de las decisiones políticas que en los sistemas parlamentarios toman los políticos. Cuando uno junta todas esas cosas se da cuenta enseguida de que el alcance del poder ejecutivo es bastante limitado, no solo por lo que convencionalmente se consideran los límites impuestos por el Congreso y por el poder judicial independiente, sino por el hecho de que grandes segmentos de la toma de decisiones (sobre políticas fiscales y monetarias, o políticas normativas) están en manos de apparatchiks [esbirros del Estado] que son independientes del partido en el poder, y le prestan escasa atención.Los ideólogos de la revolución trumpista (y aquí tengo especialmente en mente a N. S. Lyons, que ha producido unos cuantos textos ideológicamente muy claros, en particular The China Convergence American Strong Gods) han notado otro fenómeno más que limita el alcance de su revolución. A lo largo de los años, el aparato del Estado se ha ido poblando de extremistas liberales que evidentemente no comparten la visión del mundo de los revolucionarios trumpistas. De ese modo, el aparato del Estado ha quedado adicional e ideológicamente aislado del ejecutivo trumpista. Los revolucionarios creen que el aparato del Estado se ha llenado de liberales por el predominio de los liberales en la esfera intelectual, a través del control sobre las principales universidades estadounidenses, el mundo de los laboratorios de ideas y las instituciones cuasi gubernamentales. El punto de vista liberal ha llegado a dominar a todos aquellos que se unen al aparato del Estado o participan en actividades “paraestatales”. (Obviamente, las personas que ocupan el aparato seleccionarán para ayudarlas o reemplazarlas a otras con opiniones parecidas [a las suyas].) Los ideólogos atribuyen el ascenso de esa Clase Dirigente Profesional (CDP) a su superioridad en la producción de conocimiento. No me parece que esa explicación sea especialmente convincente, porque considera que el escenario del conflicto es la ideología, detrayéndola de “la infraestructura”, que es el escenario de reproducción social en el que ideologías más materialistas tienden a ver contradicciones cruciales expresándose a sí mismas. En cualquier caso, la superioridad en la producción de conocimiento intelectual se traduce, mediante el personal contratado, en el control del aparato del Estado.

Si ese diagnóstico es sólido, entonces está claro que los revolucionarios tienen que apoderarse de y/o destruir el aparato del Estado existente. Eso significa que es necesario que la purga vaya mucho más lejos que los cambios habituales cuando un nuevo presidente llega al poder, que se limitan a los puestos más altos y solo afectan a nombramientos de libre designación. Si hay que apoderarse del aparato del Estado, la purga tiene que ser mucho más exhaustiva, y los cargos de libre designación hay que implantarlos en posiciones mucho más profundas, incluso en puestos técnicos normales. Dado que muchos instrumentos gubernamentales están en todo caso exentos de control por parte del ejecutivo, que la “hegemonía” ideológica de la derecha tardaría décadas en ser una realidad (si alguna vez llegaba a serlo), y teniendo enfrente un aparato gubernamental adverso, los revolucionarios trumpistas concluyeron que, incluso si ganaban unas elecciones tras otras, iban a poder conseguir muy poco. Cambiaría la “espuma” de la superficie, pero poco más.
Creo que esto aporta una explicación lógica al empeño de los revolucionarios en hacer que el cambio resulte perdurable. A veces, risiblemente, se afirma que los revolucionarios quieren destruir el “Estado profundo”, para luego argumentar que semejante Estado profundo no existe en Estados Unidos. Esa es una objeción ingenua que interpreta el sentido del Estado profundo tal como fue definido originalmente en Paquistán y en Turquía: una institución militar no controlada por el gobierno. Eso como tal no existe, o desde luego no existe, plenamente, en Estados Unidos. Antes al contrario, el intento de apoderarse del Estado se atribuye al partidismo. Esta es una crítica sin sentido porque el partidismo, por definición, lo comparten todas las convicciones y todas las ideologías políticas. Solo quienes viven en mundo etéreo de fantasía pueden sostener que las decisiones económicas nacionales e internacionales son cuestión de pura habilidad técnica. Ese es el argumento que utilizan las élites para afirmar que ellos poseen conocimientos técnicos especiales que los eximen de ser partidistas, y que por lo tanto se les debe dejar en paz para que sigan haciendo lo que sea que hayan venido haciendo hasta ahora. Ambas críticas a la acción de los revolucionarios están desencaminadas. El objetivo de los revolucionarios es tomar el control del aparato del Estado, lo cual, bajo las condiciones específicas de Estados Unidos, significa (como lo significó durante la Revolución Cultural china o las transiciones poscomunistas de Europa del Este) la purga de los empleados públicos. Ese objetivo no tiene nada que ver con la existencia o no de un “Estado profundo” al estilo turco, ni con el partidismo político. Tiene que ver con el poder. La batalla que estamos viendo entre Elon Musk y sus seguidores y diferentes partes del Estado estadounidense son las batallas normales que se ven cuando un movimiento revolucionario quiere dejar una huella más profunda sobre el futuro. 

Branko Milanovic, Trump, el Estado y la revolución, ctxt 18/02/2025

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