La veu profètica vs la veu crítica.







¿Qué palabra tiene hoy fuerza de acontecimiento? Estamos inundados de palabras, pero ¿cuál de ellas puede marcar una diferencia? ¿Hay palabras capaces aún de movernos, de conmovernos, de tocar algo de lo real?

Creo que el sermón de la obispa episcopal Marianne Budde frente a Donald Trump en la catedral de Washington tuvo dignidad de acontecimiento. ¿Por qué fue tan emocionante su discurso? Pregunto por ello a los amigos, creyentes o no, todos impactados.

¿De qué tipo es esa voz, con qué resuena históricamente? Algunos artículos en webs cristianas la identifican rápidamente. Se trata de una voz profética. Erich Fromm, en unas cuentas páginas hermosas de su último libro titulado Y seréis como dioses, explica así la cualidad de esa voz:

- El profeta no predice nada, no anuncia lo que va a venir, sino lo que podría ser, lo que podría pasar. No “prevé” el futuro, sino que “ve” el presente y lo que se juega en él. Es un vidente del ahora.

- El profeta no dice “la verdad de los hechos”, no habla de lo ya hecho, de lo ya concluido, sino de lo por ser, de lo por hacer. De las tendencias, latencias y potencias del presente. De las alternativas, las posibilidades y las tareas. Abre el futuro.

- El profeta previene y advierte contra el poder y la fuerza. Los despoja de su disfraz religioso, de su justificación sagrada. Es aliado de los débiles y los que sufren, del huérfano y la viuda, del pobre y el extranjero, contra reyes y sacerdotes. Rompe el hechizo de la fuerza.

¿Podemos escuchar y entender algo de esto aún los no-creyentes, los laicos, los progresistas?

Desde Walter Benjamin a Mario Tronti, pasando por Franco Berardi (Bifo), algunos de los pensadores políticos laicos más penetrantes de los últimos tiempos han reclamado esta fuerza de lo profético (y de lo poético) para la revolución. ¿Por qué? Advierten una insuficiencia de la palabra crítica, de la crítica puramente racional, a la hora de transformar las cosas.

La palabra crítica pretende informar, concienciar, revelar, pero no toca los cuerpos. Deja las cosas tal y como estaban. Denuncia, señala, cancela, pero permanece presa de lo criticado, sin señalar vías de salida, otros caminos posibles, nuevos puntos de partida. Resulta previsible: convence a los ya convencidos, seduce a los ya seducidos, se cuece en su propia salsa. Es una lucidez impotente.


Hoy, más que nunca, el dato no mata ningún relato, ni los argumentos son capaces de disolver las mentiras. La verdad de los hechos por sí sola no puede nada contra las fake news. Lo que puede girar las cosas es algo distinto. Otro lugar para hablar, desde el que hablar, capaz de propiciar otra escucha. Otra posición de enunciación, otra cultura política, otra sensibilidad. Otra verdad.

El mayor ídolo del presente, el gran tentador, es hacerse viral. Todas las empresas, todos los políticos, todos los medios de comunicación adoran este nuevo becerro de oro. Tienen sueños húmedos con la viralización de sus contenidos. Diseñan sofisticadas campañas. Hacen estudios de marketing. Calculan los targets y segmentos de población. Lo que no tienen estos estrategas-empresarios es ninguna verdad.


La obispa Budde no tenía nada excepto su verdad. Esa verdad difícil de elaborar y decir, dura de sostener, que puede acarrear consecuencias y sinsabores. Verdad existencial, verdad ética, verdad que importa. Esa verdad puede ser contagiosa, pero no viral. Se difunde sin pretenderlo, sin calcularlo, sin garantía ninguna. El contagio viene por añadidura a su fuerza propia.

La verdad siempre es íntima aunque se haga común. Es de cada uno, pero puede compartirse. La obispa Budde expresó, en un lenguaje particular, verdades abiertas e incluyentes, universales, como acoger al extranjero o tener compasión por el sufrimiento del otro. Interpeló así a gente de distintas creencias, ideologías o religiones. Habló al corazón y la responsabilidad de cada uno.

Por todo ello, Trump y Musk se dieron buena prisa en descalificar a la obispa y su sermón. Había que identificar inmediatamente esa voz venida de ninguna parte, neutralizar la potencia de su discurso bajo algún término infamante, detener el posible contagio. Es la función que cumplen hoy términos como “buenismo”, “progre” o “woke”. Vienen a decir: aquí no hay nada que escuchar.

Hoy, en una actualidad que se nos presenta enemiga, toda en manos de los reyes y sus sacerdotes, hay potencialidades de cambio en latencia, pero activarlas requiere una nueva voz de llamada. Una voz con fuerza –credibilidad, legitimidad y sensibilidad– para sacudir, conmover y ponernos en movimiento. No la verdad objetiva, sino un efecto de verdad.

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