dimecres, 4 de maig de 2011

Control polític de l´espai.

Las épocas, los siglos, pueden definirse a partir de sus propias manías u obsesiones. Si la peculiar manía del siglo XIX fue, como sabemos, la historia, al siglo XX le correspondió una particular obsesión por el espacio. La centuria que, desengañados, abandonamos hace poco, comenzó siendo la época dorada de las ciudades cosmopolitas y de las fronteras abiertas en la que, como todavía recordaba Stefan Zweig en su Mundo de Ayer, a ningún viajero se le pedía el pasaporte. Pronto siguió a este apacible tiempo el terrible periodo de la geopolítica. Las líneas virtuales de los mapas fueron blindadas, destruidas y recompuestas una y cien veces en una maniaca fruición espacial. El fatídico recuerdo de la guerra de trincheras trajo consigo las estructuras de las líneas geopolíticas de la posguerra que, como cremalleras acorazadas, se cosían sobre el efímero patrón de las fronteras de una Europa cuyos pueblos eran mudos testigos de la impotencia creciente frente a una tecnología capaz no sólo de destruir, como antaño, los baluartes y las murallas, sino de aniquilar por completo las ciudades y los territorios. En este contexto, el control político fue concebido como el ejercicio de un dominio literal del espacio desplegado a través de técnicas tan burdas pero a corto plazo efectivas como la construcción de alambradas y muros, de los que, sin duda, fue símbolo el ya mítico Muro de Berlín, barrera física que resguardaba el virtual telón de acero que separaba a los dos mundos en pugna.

A pesar de que, con la caída del Muro, pareció que una nueva época iba a iniciarse, las instancias de dominación espacial de la antigua política no fueron abandonadas. Pronto, la impotencia y el miedo aconsejaron la construcción de nuevos muros. Es conocido el caso israelí: una muralla de 721 kilómetros que sigue en un 20% el trazado de la antigua Línea Verde surgida del armisticio árabe-israelí de 1949 y que en el 80% restante se adentra en el territorio cisjordano. Casos semejantes siguen manteniendo con vida al modelo: la frontera electrificada entre las dos Coreas, las alambradas de Ceuta y Melilla o el nuevo muro que se ha erigido para segregar a las favelas de las zonas decentes de São Paulo. Sin embargo, entre todos estos ejemplos, el caso más singular, por la sofisticación y la coherencia ideológica con que se está levantando, es la frontera entre México y Estados Unidos, reforzada últimamente con 200 cámaras de vigilancia que, una vez conectadas a la red, permitirán que, al menos, 100.000 voluntarios, desde la privacidad de sus hogares, puedan colaborar cívicamente en el control de un segmento de 1.254 millas de frontera.

La noticia no es sorprendente en cuanto a su fondo pero es extraordinariamente reveladora con respecto a su forma. Nos hemos acostumbrado a la idea de que la emergencia, primero, y el espectacular desarrollo, después, de los sistemas de comunicación contemporáneos acabarían por alterar, necesariamente, el modelo de relaciones políticas, sociales y económicas establecido por la rígida tradición del dominio a través del espacio. Al espacial siglo XX seguiría, de este modo, un siglo XXI virtual definido por el potencial emancipador de las nuevas redes capaces de flexibilizar, deformar plásticamente e, incluso, romper de manera definitiva los caducos mecanismos de participación ciudadana, mediados tradicionalmente a través del juego de representación de los partidos políticos y las estructuras simbólicas de la ciudad.

Sin embargo, a pesar de sus promesas de virtualidad cívica, las teleutopías (Ciberia, Telépolis, etcétera) han producido hasta el momento resultados mediocres. A la creciente hipertrofia de la red no ha seguido el esperado reequilibrio de los territorios ni el desarrollo de nuevas maneras de hacer ciudad pensadas a partir del modelo potencialmente emancipador de la infidelidad espacial. Por el contrario, la explosión de la concentración demográfica de las ciudades y las bolsas de pobreza y desigualdad en ellas contenidas, apuntan más bien a una re-escritura de los problemas en términos espaciales. Según la ONU, en 2020 habrá nueve metaciudades con más de 20 millones de habitantes, muchas de ellas en los llamados "países emergentes". Y la coyuntura también alcanza a las ciudades occidentales. Que para resolver los problemas sociales no basta con enchufar a los pobres a la red lo ponen en evidencia hechos como la revuelta de las barriadas de la periferia de París en 2005. La "chusma" que prendió fuego a las banlieues durante tres semanas, no protestaba por estar segregada digitalmente del resto de la sociedad, sino por estarlo espacialmente.

Victor Hugo escribió que la verdadera historia de la civilización está en las alcantarillas. Nuestras alcantarillas son hoy las fronteras. Es en este contexto donde la noticia sobre las alambradas virtualizadas de México adquiere un sentido más amplio. Al desmantelamiento de las estructuras que configuraban las ciudades según el modelo de la modernidad (en el que el espacio público era todavía un espacio cívico de intercambio ideológico) ha seguido la mercantilización del mismo, originando éste, a su vez, una inevitable privatización, aún en vías de desarrollo pero cuyas consecuencias pueden adivinarse ya en muchas ciudades de España. Con estas premisas, la tradicional política del espacio acaba siendo reemplazada por una verdadera industria, un spatial management orientado a construir dispositivos capaces de satisfacer las demandas específicas de algunas comunidades privilegiadas. Estos dispositivos adquieren la forma de guetos dorados diseminados periféricamente al antiguo espacio moderno de la ciudad -y, en ella, las reservas espaciales del centro histórico-, atenuando las desventajas de la falta de centralidad por la creciente potencia comunicativa de las nuevas redes virtuales. Mientras tanto, la brecha digital acrecienta la brecha espacial que separa a las comunidades más ricas de las más pobres. El desarrollo de los dispositivos espaciales acaba implicando, así, la construcción de barreras y murallas que impiden que el espacio residual pero deseado de los guetos privilegiados sea invadido por los otros.

La geometría de la desigualdad que antaño seguía un eje vertical se fragmenta hoy en una malla de relaciones horizontales. Las fronteras ya no son límites impuestos tras una guerra territorial, sino trazos calientes e inestables, zonas de fricción entre placas desiguales, entre mundos cualitativamente distintos e inconmensurables entre sí. Las fronteras son líneas potencialmente ilimitadas en su extensión pero carentes de espesor, en cuyo diseño la realidad despliega tozudamente su astucia. A estas alturas, podemos afirmar ya que el modelo consuetudinario de control político, ejercido a través del espacio, no va a ser sustituido sin más por ningún sistema virtual. Por el contrario, el destino de ambos es entremezclarse, contaminarse mutuamente. En el caso de la frontera mexicana, los recursos de control territorial se perfeccionan y complementan con las nuevas herramientas propias de una globalización cuyas redes virtuales socavan y, a la vez, refuerzan los tradicionales dispositivos físicos y espaciales, con el resultado paradójico de que la destrucción del espacio moderno debido al desarrollo de esas mismas redes cibernéticas acaba suponiendo una extraña vuelta a la geopolítica.

Recapitulemos: en la frontera entre México y Estados Unidos se han colocado, de momento, 200 cámaras para vigilar un segmento de 1.254 millas del total que corresponden a la frontera entre ambos mundos (iba a escribir países). Me gustaría terminar diciendo algo ahora acerca de los 200.000 ojos que, a día de hoy, colaboran desinteresadamente en el control de este nuevo limes. Desde luego, estas 100.000 personas, unas en Tejas, otras, incluso, en Australia, disfrutan de las ventajas de la globalización y parece que a ellos la red sí les está emancipando realmente. Su bienestar no es virtual. Asistimos, en este caso, al reverso digital de la revuelta de París que recordábamos más arriba: si la chusma banlieusard clamaba por salir del gueto, los vigilantes domésticos de Tejas luchan por no perder las ventajas del sistema, por no salirse de él, por no desespacializarse. Las herramientas virtuales, controladas por unos, se utilizan con el fin de que los privilegios no sean compartidos por los otros. El desalentador resultado es que el potencial emancipatorio de la red se ha perdido prematuramente, convirtiéndose ésta en un mero digital management, es decir, un nuevo y sofisticado instrumento de dominación. Sin alambradas no hay Telépolis.

Eduardo A. Prieto, Las tecnologías avanzan, los muros crecen, El País, 06/08/2009