L'hegemonia cultural de la dreta.



La teoría gramsciana de la “hegemonía cultural” (según la cual la lucha política tiene que ir acompañada, e incluso precedida, por una afirmación de los valores culturales del proletariado), habría sido, según estos publicistas conservadores, la base de la victoria mundial de la cultura “progresista” (un cajón de sastre ideológico donde se mezcla la tolerancia con las drogas, el aborto, la emancipación de la mujer y de las minorías, el desprecio a la autoridad y al sacrificio, la separación de la Iglesia y el estado, etc). Los ultras (y muchos conservadores) se consideran perdedores de la guerra cultural y piensan que el camino del desquite empieza por la lectura de los teóricos del “enemigo”. La huella de estas ideas es muy visible en los discursos actuales de los políticos españoles de derecha (gracias también a las fructíferas visitas de Steve Bannon): se habla de re-conquista (que supone una conquista perdida), re-arme (que supone un des-arme anterior), y todo ello “sin complejos” (que supone la presencia de complejos). Se trata, en suma, de una llamada a superar el supuesto desánimo por la derrota de los valores de Dios, Patria y Familia (en adelante DPF) y a volver a la lucha. Cabe preguntarse cómo se ha podido generar esta mutación de las ideas ultras. Ante el auge de los grupos y partidos que las defienden en Europa y en el mundo, no parece una cuestión baladí.

Los ítems del listado “cultura progresista” (véase más arriba), conformado esencialmente por reivindicaciones de la esfera de los derechos individuales, están ahora a menudo integrados en la legislación (sin que haya habido ninguna revolución) y son, en muchos casos, tendencias ético-políticas mainstream. Tanto es así, que también cabría interpretar los grandes movimientos contraculturales como una manera que tuvo el propio capitalismo consumista de desprenderse de la moral DPF, ahora considerada una rémora. Con su habitual perspicacia, Pasolini leyó en este sentido la aprobación por referéndum de la ley del divorcio en Italia en 1974. Otros analistas, como Luc Boltansky y Ève Chiappelli, en su clásico libro El nuevo espíritu del capitalismo (2002), fueron más allá y arguyeron que más allá de los derechos, se trataba de una transformación que afectaba el propio modo de organizarse del capitalismo. Según estos autores, la “crítica artista” a capitalismo (resumida en el clásico eslogan “la imaginación al poder”) habría sido asumida dentro de las propias empresas como un camino de reestructuración postfordista de la producción: con jerarquías mucho más blandas, con estructuras rizomáticas, con elementos de participación en la toma de decisiones y con invitaciones a la autorrealización de los empleados. Se podría decir, en suma, que los contenidos de la contracultura y las mutaciones ideológicas de los partidos de izquierdas (las dos cosas están obviamente conectadas), han acabado convergiendo con la agenda capitalista.

Las grandes empresas tecnológicas como Microsoft o Facebook, o los grandes productores de contenidos culturales como Disney o Netflix son ahora, por ejemplo, unas de las puntas de lanza de la luchas por estos derechos. La globalización ha supuesto, además, una concreta (que no conceptual, como en Gramsci) universalización de todo ello. De manera un tanto incauta, la izquierda parece haber considerado la rápida expansión mundial de las reivindicaciones de los derechos individuales (desarrolladas en los estudios culturales, decoloniales y de género), como una victoria propia. Sin embargo (como Marx había observado), el capitalismo también promueve acabar con la moral DPF. No hay ninguna razón para no permitir a las mujeres o a las minorías étnicas o sexuales frecuentar con plenitud de derechos el espacio público y ser consumidores completos como todos los demás. Es más, el capitalismo los necesita: suponen la apertura a otros goces y por lo tanto a nuevos mercados.

Sin embargo, el capitalismo consumista y progresista es una visión utópica del mundo (la que se ve en la publicidad y mantiene su atractivo con enormes esfuerzos económicos y materiales). El consumismo real está, en cambio, atravesado por gravísimas contradicciones. La principal es que el individuo consumista se considera merecedor de todos los derechos y está, por ello mismo, perennemente y estructuralmente insatisfecho. Alentado por los mass-media, se constituye narcisísticamente alrededor de lo ilimitado de su propio goce y, una y otra vez, encuentra límites en su experiencia cotidiana (a sus ojos siempre inexplicables y siempre injustos). Crece así una enorme bolsa de resentimiento. Por otra parte, el consumismo propone la posibilidad de “realizar sus deseos” a cualquiera, pero no fomenta al mismo tiempo una efectiva igualdad de oportunidades. Sigue habiendo pobres y ricos. Grandes masas de personas crecen educadas al consumismo pero incapacitadas económicamente para poder realizarlo: su resentimiento es también enorme. El resentido se imagina a sí mismo cómo alguien contra el que se han cometido graves injusticias. La “víctima” va a ser, por ello, la figura central de la expresión de todo este resentimiento. Con ella (no tanto en lo concreto de su atropello, sino en lo genérico de su condición) se identifican todos los ofendidos del consumo.

El acierto de la los teóricos de la ultraderecha estadounidense fue detectar muy tempranamente la posibilidad de resignificación de DPF y del racismo. Ya no había que pensar ese acervo ideológico como una cultura dominante que había que defender en su posición de dominio. Ahora había que considerarla como una expresión del resentimiento. Había que vehicularla, por lo tanto, desde la posición de la víctima. No se trataba de negar los derechos a las minorías raciales o a las mujeres, sino de afirmar que ya tenían demasiados derechos: tantos que estaban oprimiendo injustamente a los demás. Se trata de argumentaciones que, lejos de ser una vuelta a lo pretérito, constituyen una alineación con la ética actual. La ultraderecha no ha hecho otra cosa que sumarse a la lucha entre “víctimas” por justificar su preminencia moral.

Claudio Zulian, La ultraderecha lee a Gramsci, público 14/01/2019

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