La hipertròfia de la imaginació política.



Recordemos una vez más que Isaiah Berlin identificó en Marx una inteligente táctica de elusión, consistente en describir de manera vaga el contenido de la particular «vida ampliada» que habría de disfrutarse una vez finalizada la dictadura del proletariado y alcanzada la sociedad sin clases. Cuantos menos detalles, mejor; que la imaginación del receptor se encargue de proveerlos. Los socialistas primitivos fueron más explícitos, dejando al descubierto su aliento típicamente romántico: una vida comunitaria donde se trabajase lo justo y pudiera disfrutarse de la compañía ajena y del mundo natural sin mayor conflicto; tal era para ellos, a grandes rasgos, el panorama de la vida deseable. ¿Quién podría reprocharles algo así? El problema no es la deseabilidad de ese ideal, sino su viabilidad.
En ese sentido, un problema recurrente del romanticismo político es la paradójica hipertrofia de la imaginación. En este género de la teoría política, que Nikolas Kompridis ha descrito como una recuperación del espíritu romántico para el análisis de la modernidad, las apelaciones a la imaginación son constantes. Ésta sería el sentido político por excelencia: la capacidad para concebir otras formas de vida que sustituyan a las vigentes. «¿Qué clase de futuro podemos esperar, si el futuro no puede ser un portador de esperanza?», se pregunta Kompridis. A su juicio, el vocabulario crítico contemporáneo no puede renunciar ‒en nombre del escepticismo‒ a las nociones románticas de cambio y transfiguración sin sentirse enormemente incapacitado; sobre todo en una época caracterizada por la supresión de las esperanzas utópicas, donde cunde la impresión de que las «posibilidades humanas» se han agotado. En ese contexto, se confía en la imaginación: la tiranía de lo existente sólo podrá ser derrocada a golpe de alternativa. Y la democracia será el lugar en que éstas podrán plantearse, o entonces no será democracia.
Sin embargo, la imaginación no deja de ser una facultad problemática cuando no toma en consideración los datos que le proporcionan otros sentidos políticos, entre ellos la observación. En otras palabras: la imaginación política no puede volar sola sin riesgo de accidente. No cabe duda de que la imaginación es necesaria; el ser humano ha concebido alternativas institucionales y morales desde el principio de los tiempos. Pero esos tiempos se nos han ido acumulando hasta dar forma a un considerable stock de experiencias sociopolíticas y económicas: aunque ignoramos lo que podría aún funcionar, sabemos ya lo que no ha podido hacerlo. Y dejar a un lado ese aprendizaje en nombre de la obstinación ideológica constituye una deshonestidad intelectual: que el mundo tal como lo conocemos pueda ser frustrante no significa que podamos rediseñarlo a nuestro antojo. De ese descubrimiento se alimenta la sociedad liberal, cuyo límite experimental es el mantenimiento de una sociedad abierta: quien quiera vivir de manera amplia podrá hacerlo en su interior, siempre que no obligue a los demás a seguirle. Nótese que la propia crítica posmoderna de la modernidad ilustrada es un desarrollo de sus fundamentos, la aplicación a sí misma de un espíritu inquisitivo que descubre en el despliegue de la razón occidental zonas de sombra que no podemos pasar por alto. Razón de más, sospecha posmoderna mediante, para la limitación de las grandes ingenierías sociales.
Tomemos un ejemplo cercano: el Brexit. ¿Acaso no es, en sí mismo, un triunfo de la imaginación? Quiere decirse: un triunfo de la imaginación de aquellos que creen que el Reino Unido florecerá allende la Unión Europea, recuperando su esplendor económico por medio de tratados comerciales con remotas potencias asiáticas y fortaleciendo su identidad cultural tras cerrar las fronteras a la contaminación exterior. Incluso quienes ven el proyecto con simpatía desde la izquierda anticapitalista recurren a la imaginación: aunque la matriz xenófoba del Brexit sea inconveniente, no habría que desaprovechar la oportunidad que suministra para concebir alternativas al orden económico existente una vez libres de la perversa «Europa de los mercaderes». En ambos casos, tal como podemos empezar a comprobar, estamos ante un salto al vacío: un salto de la imaginación que se desliza hacia la fantasía, entendida aquí como alienación de lo real.
... la imaginación parece dedicarse en exclusiva a manufacturar fantasías que ayudan a vivir, pero a condición de que no se materialicen.
Nos encontramos así ‒volviendo a la paradójica hipertrofia de la imaginación política‒ con que, si bien se exalta la necesidad de recurrir a esa facultad del intelecto para descubrir alternativas, los frutos de los ejercicios correspondientes resultan de una desconcertante pobreza. Y es que bien se recurre a los experimentos fallidos del pasado, desde Durruti al situacionismo, presentándolos como caminos recuperables, bien se insiste a secas en la necesidad de pensar de otra manera y concebir nuevas posibilidades y subjetividades, aun sin presentarse ni unas ni otras.

Y, con todo, la mejor expresión de esta impotencia la encontramos en aquella afirmación de Slavoj Žižek según la cual el comunismo sigue siendo el horizonte irrenunciable de la razón humana: su deseabilidad teórica es tan grande que su inviabilidad práctica no representaría mayor obstáculo. Debemos así juzgar el mundo social a partir del estándar que constituye un ideal no realizado pero que, cuando ha intentado realizarse, ha producido regímenes políticos totalitarios o autoritarios. En principio, no suena demasiado coherente. Pero quizá sea la consecuencia lógica de sostener una noción peculiar de lo que deba significar una «vida amplia». Siempre que, en lo que a sus intérpretes se refiere, se mantenga alejada varias décadas o miles de kilómetros: tampoco hay que llevar el compromiso demasiado lejos.

Manuel Arias Maldonado, Escolio de una conversación televisada, Revista de Libros 20/02/2019










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