Ignacio Castro Rey, Tríptico de junio










I
Solución final de estilo democrático

La inmortalidad que hoy se nos promete desde la elite de la ciencia no sería creíble sin este Übernarcisismo que nos ha hecho día a día tan imbéciles. El sujeto radiante que somos ya no puede morir, tampoco sufrir un dolor de muelas ni aceptar el fin de una relación. Sería muy instructivo vincular esta histeria de la continuidad, que es la del aplazamiento sin fin, con el éxito actual de las series televisivas, vistas normalmente en un ordenador en el que manejas los mandos, la velocidad y la pausa.

Acabar con la muerte no deja de ser un intento terminal de exterminar el dolor entre nosotros, es decir, de erradicar la vida en su misma fuente. Representa también la voluntad escénica de democratizar, aunque no sea precisamente con tarifa plana, la adorada condición de esa superstar que es "eterna" porque no sabe nada de lo trágico y vegeta en un paraíso artificial, que sería muy aburrido si no estuviera sostenido con toda clase de drogas y efectos especiales.

La ventaja inmediata de toda esta inyección quirúrgica de seguridad, felicidad y belleza es que nos permite ignorar el dolor en el rostro del prójimo. Sin embargo después, en una especie de venganza freudiana, hará más dura la inevitable decadencia de un ser terrena. Todo lo rechazado como mortal vuelve más tarde como algo letal, a veces incluso putrefacto. Igual que los labios y pechos inflados con silicona adquieren un aspecto mórbido al cabo de dos años, así envejecerá el transhumano, aunque fuera de campo y mezclado con el resto de desechos urbanos indistinguibles. Prometidos a la infinitud numérica, inflados de sustancias que prometían prolongarnos, nos pudriremos en secreto con el tono verdoso que adquieren los embutidos que caducan en la nevera.

Este último "asalto a la muerte", delirio totalitario que es tan viejo como el mundo y tiene naturalmente en el nazismo uno de sus hitos, tenía que ser retomado en estos tiempos de bienestar obligado. Después de la muerte del arte, de la muerte de la verdad y de la muerte del hombre, había de tocarle el turno a la muerte misma. Esta cultura, que ya hace más de un siglo Nietzsche diagnosticó como decadente, solo entiende la salud como el cumplimiento de unos parámetros hedonistas de consumo. La inmortalidad virtual se convertirá así en el cenit de un luminoso campo de concentración para elegidos (los apestados siguen fuera, azotados por toda clase de calamidades) que está libre del diálogo con el límite que siempre fundó la comunidad humana. Sería otro triunfo más de un puritanismo angloamericano que siempre entendió la Seguridad a partir de lo que Steiner llama la "doctrina de la separación", aislando a los elegidos en un recinto libre de indios, virus y alimañas peligrosas.

Así pues, el cielo que ahora se nos vende a los ariodigitales beneficiarios del mundo libre, también debe estar libre de cualquier peligro arcaico que sugiera que hay límites y el progreso, en términos absolutos, no existe. De ahí que nosotros, elegidos por la nueva infinitud azulada de las pantallas, nos acercamos en la sucia presencia real al inexpresivo silencio de seres clónicos, genéticamente maquillados. Nuestra alegría no se alimenta ya, como es ley para el resto de la humanidad, de una relación con la condición mortal, sino de las conexiones elitistas servidas por un limbo de expertos. Era legendaria la envidia de los dioses, sumidos en el tedio de una inmortalidad sin grietas, hacia unos humanos empujados por la emoción, la contingencia y la finitud. Pero la actual diversión infinita ha de ignorar la universalidad de la contingencia, la potencia de lo irregular, para poder vivir en la ingravidez de una coreografía espacial. A los opulentos consumidores de este penúltimo sueño de despegue solo les queda, para no morir de éxito, imaginar la ficción de una rebelión de las máquinas.

En el fondo, con la promesa posmoderna de inmortalidad no se trata tanto de eliminar la muerte final (fuera de los focos, la eutanasia extinguirá a los perdedores en el secreto rojizo de las conexiones) cuanto de eliminar el peligro común y diario que nos hacía humanos. Esto lo dejamos para los otros, esa oscura humanidad que seguimos bombardeando en Siria, Gaza o Libia para después recuperar sus restos lacrimógenos, con mascarillas, en algunas ONG que hacen su agosto en las costas del Mediterráneo.

Este panorama futurista dibuja ciertamente una variante perversa de la pulsión de muerte, prometiendo ahora la prolongación indefinida de una vida muerta en su raíz, gestionada en su alma, traspasada en su cuerpo por los nueva casta de esos redentores técnicos que, a la hora de la verdad, no saben ni qué hacer con una simple gripe. Un profundo pesimismo vital guía esta euforia técnica. Se trata de lograr que la vida sea una enfermedad crónica, igual que el cáncer, diseñando un humano que debe sobrevivir como un inválido equipado (Virilio), un tarado al que solo pueden salvarle las conexiones externas. Estamos en realidad ante un ataque en toda regla a la vieja autonomía radical de cada ser humano. Al ceder en nuestra condición mortal, cedemos también en el único territorio intransferible desde el cual podemos ejercer una fuerza, resistente al totalitarismo de esta transparencia social con la que se nos promete salvarnos.


II
El dios de las moscas
Diferencias entre las filosofías de Deleuze y Foucault

Tiene usted que perdonar este retraso en escribirle, pero en parte se debió a que el autor (agradecido por unas generosas líneas de atención) no debía en principio oponerse ni matizar nada. Ahora, sin embargo, ya ha pasado un tiempo y se puede hablar. Tiene razón en el compromiso con cierta trascendencia que señala usted en Ética del desorden. Pero esa trascendencia infraleve no daña a nadie. Menos que a nadie, a nuestra querida inmanencia. La trascendencia, lo trascendental de Deleuze, es solamente lo que hace a la inmanencia interminable, imposible de abarcar en categorías conceptuales. En otras palabras, lo trascendente es el agujero negro, el punctum que hace a la inmanencia intraducible a ninguna imagen.

Esto es la trascendencia, el hecho de que la inmanencia viva entremezclada con un fondo sombrío que le impide tener imagen. No nos debemos a nadie, nada más que a la trasinmanencia. Cuando Deleuze se refiere al desierto como suma total de nuestras posibilidades está hablando de algo hermano a lo que se defiende en Ética del desorden, aunque es cierto que este libro es más "heideggeriano" y teológico de lo que le gustaría a Deleuze.

El idealismo radical de Berkeley o Leibniz no se opone al materialismo; simplemente, a la mera de cierta física cuántica, lo hace delirar. "La locura proclamada en alta voz", dice San Pablo del cristianismo (nos lo recordaba nada menos que Marzoa) en la primera Carta a los Corintios. Tal vez diría Deleuze: el desierto proclamado en alta voz, derramándose en una vegetación imprevista. Se trata de la trascendencia minimalista que es imprescindible para recuperar una y otra vez la tensión de la inmanencia. Sin un conocimiento nouménico (más presente en Leibniz que en Kant) de la imposibilidad que anima a lo real, seguiríamos flotando en una escolástica laica, no menos dogmática e inquisitorial que las antiguas religiosas.

El propio Deleuze, tan distinto a Foucault en este punto clave, ha hablado siempre del efecto inmanente de cualquier fe trascendente, particularmente la cristiana. Y el portentoso libro de Badiou sobre San Pablo, por no hablar de El tiempo que resta de Agamben, ambos prácticamente clandestinos, no dejan de reflexionar sobre esa trascendencia, apoyada en una relación no negativa con la muerte, que permite al cristianismo convertirse (frente al judaísmo) en una formidable maquinaria política de comunidad, que conecta con la Stoa.

La trascendencia que nos toca exige recuperar el espíritu de las serpientes que Deleuze rescata en ese Post-Scriptum prodigioso. También él clandestino, por cierto, dado que la izquierda universitaria no quiere saber nada del poder-manada que se dibuja en ese texto. Con Deleuze y Agamben se trata de pensar en la trascendencia mineral, animal y vegetal que nos permite habitar una tierra "más profunda que todas sus leyes" y, a la vez, nos libra de los sucesivos re-encantamientos de un poder histórico día a día más flexible. Si no pensamos esa trascendencia serpentina acabaremos apostando por otra histórica, aunque tome la forma de este surf que resucita con espuma sexy el mito del progreso. En este punto algunos libros actuales posteriores a Agamben, particularmente los de Tiqqun y el Comité Invisible, deben usar un Nietzsche niño, capaz de infiltrarse, que tiene poco que ver con el aguerrido león "ateo" que nos pintan las escuelas.

Es de temer que Deleuze tiene razón cuando dice que Foucault "odiaba los retornos". Pero no es el caso de Platón, Agustín, Leibniz o Benjamin. ¿Es el caso del mismo Deleuze? Con o sin él, es preciso retornar a una anciana inmovilidad que nos libre de la "superstición de la cronología" (Weil). Es posible que Deleuze, precisamente en esta cuestión que es trascendental para entender lo que quiere la tierra, se debatiese todavía en una limitación marxista-ilustrada que le costase un poco cara. O nos ocupamos de la trascendencia infraleve que encierra cada grano de polvo, o eso se ocupará de nosotros. Y entonces estaremos otra vez condenados a una oscilación bipolar que no nos hace muy felices. De mañana practicamos la teleología social que nos permite una selección constante, no menos inquisitorial que el peor de los dogmas de antaño. Por la tarde nos recreamos en fantásticas historias de terror, efectos especiales y sexo solipsista. Nuestro entero género de terror, sin el que el gancho de la Información no sería nada, no es más que el retorno espectacular y letal de una trascendencia mortal rechazada. Es el terror de una inmanencia que ha rechazado el enigma que la mueve. Sobre esto Lacan sabía bastante.

En realidad, tampoco Han es tan despreciable. Para empezar, excepto con el terror de nuestra inmanencia armada, no tiene nada de "belicoso"... ni apenas ninguna relación con el magnífico Schmitt, a años luz por encima de él. Han es obviamente un autor menor, pero impulsa una ontología negativa suficientemente hiriente para la actual dogmática occidental. Tal vez es significativo que la filosofía universitaria hoy dominante le desprecie en masa. ¿Por qué, si no es por su pequeña disidencia de nuestra manada de igualdad? Él es solo, de acuerdo, un comentador que casi nunca cita sus fuentes, pero ataca nuestra servidumbre voluntaria al nuevo puritanismo norteño, teñido de provocación e inmanencia plástica, en ese punto clave donde es necesaria una nueva negatividad. Aunque ésta sea en él de corte hegeliano, permite que vuelva el erotismo de una inmanencia sin imagen, unos dioses terrenales que nos libran de esta agotadora idolatría social y política. Que es la que está haciendo millonario a Žižek, portavoz mediático de otro Hegel mucho más convencional y domesticado.

Tiene usted razón en que Ética del desorden se aparta mucho de Han, pero también en el sentido de que es más agresiva que él, precisamente debido a que su cólera está envuelta por una Gelassenheit antigua y más teológica. Mi helenismo bebe en fuentes menos circunstanciales y modernas. Cuando Heidegger habla de un dios que puede salvarnos todavía se refiere, creo, al dios menor, desconocido y sin nombre, que puede ante todo salvarnos de esta legión de salvadores que nos maltrata. Es posible que a Deleuze, tan comprensivo sin embargo con Jünger, le faltase algo de esta Khere mesiánica, presente en Agamben y Tiqqun, que nos permite ser menos leones y más niños. En otras palabras, que nos permite vivir sin enemigos, sin un cara a cara con el poder que resulta agotador y castrante. Deleuze, Agamben y Comité Invisible nos libran, en suma, de este empoderamiento de una teleología de la salvación política.

Para evitar tal sectarismo, que nos impide pensar la soledad común de un pueblo irreductible a la historia, es necesario un regreso a la pobreza de lo trágico. Y esto para que seamos también, de una vez, un poco más joviales. Nuestro irrenunciable epicureísmo sensitivo ha de mantener, para sobrevivir al terrorismo de una inmanencia codificada, un estoicismo intelectual de fondo. Un amor intelectual al desierto que nos rehace, a su acontecimiento sin sujeto.


III
Fragmentos para una metafísica de la melancolía animal

Adorable torpeza de belfo húmedo. El silencio de los campos y la figura de un animal solitario, un poquito atormentado. Bajo el zumbido de moscas de un tiempo muerto, lleno de vacío rural improductivo, la melancolía del burro es una mancha de atraso en nuestra pantalla sin fin. Si la espuma del surf triunfa por doquier, un lento animal que no ríe ni baila tiene, por mucho que agite la cola, los días contados. El imperio de la depilación total liquida las matas de pelo erizado.

"Feo, católico, sentimental" (Valle-Inclán). Incluso Mantecao, conducido por la dulzura andrógina de Marianela León, recuerda demasiado a la sentimentalidad de Juan Ramón, al planeta espectral de Pedro Páramo y a la tristeza de las afueras. Así pues, ¡fuera con las sensiblerías y los fantasmas del pasado! Hasta los zombis, con o sin Michael Jackson, deben hoy ponerse a saltar en una incansable flash mob.

La prolongada inmadurez humana no solo tuvo que domesticar otras bestias que complementasen nuestra flaqueza. También nos enlazó con el mito del misterioso animal que calla. Nuestro bendito subdesarrollo conectó así con el torpor, la lentitud, la terquedad asnal. Cristo entra entonces en Jerusalén a lomos de un pollino, Cervantes hace delirar el orbe sobre las ancas de un par de cuadrúpedos tristes. John Berger se sienta a reflexionar ante la dulzura de los burros. Hasta los Rolling hacen un homenaje a la paciencia asnal en Get yer ya-yas out!

Ahora bien, para nuestro fascismo emocional, para la perpetua alarma social de este capitalismo-marea, lo sentimental debe pasar al archivo numérico. La sociedad líquida no puede tampoco poner en primer plano a un sucio animal de secano. Tótem del pasado, ahora el burro solo podrá subsistir como galán de concurso, portento sexual en videos porno o portador de turistas parapléjicos. Difícilmente podrá adquirir un lugar natural en los flujos incansables de nuestra mundial clase media, en la quimioterapia de sus mil pantallas encendidas.

Bajo el bronceado de nuestras playas Uva queda así, entre otros restos, el auténtico animal freudiano, su resignada relación con lo siniestro. Miren si no esa triste figura cubierta de pelo hirsuto, esa desesperante quietud tercermundista. Mascota gitana. Orejas grandes y velludas, figura desgarbada, ancas sin gracia. Sobre todo, esos ojos oscuros tapados siempre por un flequillo de tristeza. Benditos. Como algunos humanos, apartando las moscas, trotan reconciliados con la gracia de su infortunio.

Del mismo modo que la prostitución clásica entra en descrédito higiénico y moral ante esta móvil promiscuidad global, ¿es posible que la especie asno esté en decadencia porque recuerda demasiado nuestra condición de animal de carga, de civil endeudado? Debemos ser esclavos del tiempo, un amo omnipresente e invisible. La otra esclavitud, doliente y espacial, queda para los inmigrantes. De hecho, la nueva legión de esclavos humanos es más diligente que los viejos animales de carga.

Welcome refugges. Pero que aprendan inglés, por favor. Sobre todo, que no se traigan sus fetiches lentos. Debemos parecernos hoy a un galgo, un husky siberiano o un caballo de carreras. Prolongando nuestra hipocondría dinámica, las mascotas que nos siguen deben confirmar el animal de exhibición que somos. En esta escenografía de alta definición norteña el burro es un estorbo. Por si fuera poco su cabello despeinado (nada que ver con Ronaldo) por encima rebuzna, quejándose de la imposibilidad de cualquier evolución.
El dogma de la diversión obligada, del éxito perpetuo y la velocidad de alta definición, convierte al borroso asno en un animal para pasear niños turistas en Chinchón. Arando se ora, decía Pound. Pero la desaparición de la España agrícola de la pobreza, endomingada con las azuladas estrellas de la Unión Europea, convierte al burro en un recuerdo enojoso de un atraso mal afeitado.

Así pues, se impone el reciclado turístico. Cada uno de nosotros debe ser un extranjero conectado, nunca demasiado seguro de entender el entorno automatizado que le rodea. Lo terciario, su tren de alta velocidad debe dejar atrás la lenta suciedad terrenal. Y el asno, más que el caballo, nos ata al polvo de un lugar, al idiotismo local (que también Marx odiaba) y a unos dialectos rurales que necesitan subtítulos.

La demonización de la clase obrera y campesina implica no solo una rendición de sus últimos representantes. Es necesario además que los antiguos obreros y campesinos peregrinen por su propio pie a las playas del consumo, para reciclarse en empleados informatizados del sector servicios. El trabajo manual desaparece en un capitalismo 24/7 cubierto por la estabilidad de un ambiente climatizado. Cada minuto debe ser el anuncio de una radiante ingravidez por llegar. En esta velocidad de escape, a lomos del Hummer o el iPhone, no tiene cabida un animal que no sueña con viajar.

Del arte conceptual al ecologismo, de la fusión musical al feminismo, nos rodean sonrientes instituciones de doma terciaria donde la primera mercancía es el material humano. Aun en las afueras, vivimos en el imaginario de un perpetuo Skyline cuyos reflejos deben abarcar al horizonte. Las palmeras palpitan en el crepúsculo mental de un cielo infinito. Y en esta ideal pantalla táctil de los sueños no pinta bien un animal dócil, reconciliado con la tragicomedia de vivir. Por encima, refractario a la depilación total que exige el simulacro de una eterna viveza.

Ignacio Castro Rey, Tríptico de junio, junio 2018

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