Foucault i l´origen de la biopolítica.

Si Foucault quisiera realizar una genealogía de las ideas biopolíticas, Platón hubiese sido el referente. Ahora bien, Foucault tampoco sitúa en el pensador griego su origen porque la biopolítica es inseparable del nacimiento de la higiene, la obsesión burguesa por la salud, la atención que el poder presta a la población, el disciplinamiento de los cuerpos y la lucha capitalista por el beneficio. Los gobiernos contemporáneos elaboraron instrumentos para tratar a la población humana como organismos animales, con sus tasas demográficas e índice de epidemias, gracias al desarrollo de técnicas higiénicas y, por extensión, aplicando los conocimientos que ponen en sus manos la Biología. No existe biopolítica sin biología, Estado y capitalismo industrial, puesto que éstas son las bases materiales que alumbraron su nacimiento y las fuerzas que impulsan su expansión. Por ello, Foucault sitúa el origen de la biopolítica entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, no en la Grecia clásica. El dominio de la burguesía, la potencia de los Estados, la competencia entre ellos de cara a la extensión de los mercados y la formación de los imperios, transforman el hacer morir y dejar vivir en hacer vivir, crear vida que produzca y consuma. El viejo derecho de soberanía que se expresaba en el acto de matar, se convierte en productividad del poder a través de la generación de una vida que respeta y cumple las tareas asignadas. El poder no se ocupa de la muerte, sino de controlar la mortalidad; en relación con ella, la muerte es algo exterior. De ahí la crítica irónica de Foucault a la idea de Marcuse de que la burguesía reprime la sexualidad: ¿no se encuentra en la práctica sexual el comienzo y la multiplicación de la vida? Por otro lado, ¿cómo habría de reprimirla si es una fuente de beneficios económicas? La burguesía no reprime el sexo, lo gobierna.


Para Foucault, el nazismo resulta de hacer funcionar dos mecanismos hasta el paroxismo, el viejo derecho de matar y el nuevo poder disciplinario. En el contexto biopolítico, el derecho de matar se transforma en racismo de Estado y genocidio. La ejecución ya no se realiza sobre adversarios del gobierno o de la comunidad (regicidas, parricidas, traidores, herejes) sino sobre individuos o colectividades que representan un peligro para la población. Al igual que ya no son los sujetos los protagonistas de la historia, sino las poblaciones, tampoco los criminales son los enemigos principales del Estado, sino determinadas razas o grupos. En ese contexto se puede entender el miedo a la degeneración en el caso de contraer determinados hábitos o de permitir la procreación de quien los tenía. En lugares lejanos, o en las colonias, los europeos temían el contagio de las características de otras razas, su animalidad y epidemias. En la modernidad biopolítica el poder no puede matar sino es bajo los supuestos del racismo, porque esta doctrina señala dónde se encuentra el peligro y aporta soluciones al problema; el genocidio es la más extrema. En la unión del racismo de Estado y la sociedad disciplinaria hasta lo inconcebible, Auschwitz ve la luz.

Javier Ugarte Pérez, Biopolítica. Un análisis de la cuestión, Clavez de razón práctica, nº 166, octubre 2006
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