Una bona escola.
1. Una buena escuela es aquella que tiene buenos profesores. No es una verdad de Perogrullo, es una verdad ignorada u olvidada por la mayoría de los ciudadanos y, por desgracia, por la casi totalidad de los políticos. Y lo más sorprendente es que todos, ciudadanos y políticos, fueron en su día estudiantes. ¿Cómo han podido cancelar su propia experiencia? ¿No se acuerdan de las horas perdidas, de los conocimientos inútiles, del aburrimiento? Cualquier escritor sincero, cuando narra sus experiencias, nos vuelve a situar detrás de los bancos o las mesas perdiendo el tiempo, deseando que tocara el timbre que nos iba a liberar. Y luego estaba todo lo otro: el recreo, los amigos, los proyectos, todas esas cosas que forman parte de la escuela aunque no han sido programadas. Bastaría igualmente que hicieran un esfuerzo de memoria para recordar qué profesor les enseñó algo, algo que les hizo crecer, que les cambió la forma de abordar los problemas, o el mundo, o las relaciones con los demás, algo que se incorporó decididamente a sus vidas y las hizo mejores.
Sin embargo, son otras las cosas que se ponen por delante cuando se
habla de cómo debería ser la escuela: se plantean cuestiones de
instalaciones (bibliotecas, laboratorios, gimnasios, aulas, jardines,
salones de actos, etcétera), se reflexiona sobre las asignaturas y sus
programas (la pertinencia de estos o aquellos contenidos), se analiza la
necesidad de que los exámenes sean de esta o de aquella manera.
Se yerra el camino si se piensa que la educación mejorará gracias a
las instalaciones, a los contenidos de los programas o a los sistemas de
evaluación. Todo eso es inútil si no hay buenos profesores.
2. Para formar a buenos profesores no sirve una formación académica
de carácter pedagógico. Por supuesto que un buen profesor debe saber
muchísimo de su materia. “Muchísimo”, es decir, los profesores no tienen
que saberse meramente los contenidos curriculares de cada materia que
tengan que impartir, sino que deben ser auténticos expertos de lo suyo.
Es condición necesaria que una profesora de matemáticas sepa muchas
matemáticas, o un profesor de historia mucha historia, pero no es
suficiente. Saber muchas matemáticas o mucha historia no hace de ella o
de él buenos profesores.
Tampoco se convertirán en buenos profesores por estudiar en la
Universidad, o en escuelas de formación, asignaturas de carácter
pedagógico, tanto si estas son generales como si son de pedagogía
aplicada a su materia. Puede ser incluso contraproducente estudiarlas ya
que hace creer, al aspirante a ser profesor, que aplicando lo que se
lee se llega a ser un buen profesor.
Lo que ha hecho ser buenos profesores a quienes lo son ha sido la
práctica. Por lo tanto, la selección del profesorado se debería hacer de
un modo diferente a como se viene haciendo.
Las oposiciones no sirven. Si se examina a los aspirantes a
profesores de sus respectivas materias, es inútil porque ya lo ha hecho
la Universidad y con más conocimiento. Si se examina de contenidos
pedagógicos, es erróneo porque se puede saber decir muy bien lo que se
debería hacer y no saber hacerlo.
Lo mejor sería instaurar unas prácticas que duraran dos años, en las
cuales los aspirantes a profesores se formarían trabajando en un centro
educativo a cargo de un profesor titular que actuaría como tutor (los
detalles de su concreción son de menor importancia: dos o tres años de
prácticas; un tutor podría tener a cuatro o cinco aspirantes a
profesores; en la evaluación final del aspirante intervendría el
criterio del profesor tutor, pero no sólo; la selección inicial como
aspirante a profesor se haría a partir del expediente académico,
etcétera). Es importante dejar claro que no se trataría, en ningún caso,
de que los profesores en prácticas suplieran el trabajo de los
profesores titulares, si no que estarían presentes en el centro
educativo acompañando y ayudando al profesor titular (como supongo que
deberían hacer los médicos aspirantes a ser cirujanos).
3. La inspección educativa actual en nuestro país no sirve. Es decir,
no sirve para mejorar la enseñanza. Alejados de los centros educativos,
su trabajo es meramente burocrático. Ellos no pueden valorar quiénes
son buenos profesores porque están demasiado lejos, demasiado ocupados
en cuestiones formales o legales. No saben qué profesores llegan siempre
tarde a la escuela, cuáles tienen visitas médicas siempre en horario de
trabajo, qué profesores eligen el mes de febrero para operarse de
juanetes, etcétera; ni por otro lado pueden saber qué profesor es capaz
de entusiasmar y transmitir lo que sabe, quienes son los profesores
respetados por los alumnos.
Ahora bien, la enseñanza pública no puede funcionar correctamente si
no hay una inspección que sirva. Hace muchos años, al inicio de la
democracia, se adoptó un sistema de elección democrática de la dirección
de los centros educativos que considero un error. Aunque en la
actualidad son directores los profesores que reciben una habilitación al
respecto, y a partir de esa habilitación se procede a la elección, su
papel sigue siendo el de representante de los profesores ante la
autoridad superior, están más del lado de los profesores que de las
instancias superiores.
Si el director de un centro educativo público fuera a su vez
inspector, su posición cambiaría. Sería el encargado por las autoridades
educativas del buen funcionamiento de una escuela, dejaría de ser
profesor para ocuparse de otras tareas, entre las cuales se encontraría
la de valorar el trabajo de los profesores, porque él sí que puede saber
quién hace bien su trabajo y quién no (cuando acerca de este punto se
me replica que un director puede ser un mal director y que la actual
situación permite al menos el recambio, se pasa por alto que ninguna
función administrativa existe al margen de ciertas garantías).
4. Educa el ambiente. Me confieso en este punto totalmente deweyiana.
Todos estamos educados porque todos nos insertamos en una sociedad
cuyos ambientes logran modificaciones en nuestros comportamientos. Pero,
claro está, no todas esas modificaciones son deseables, no toda
educación es una buena educación. Educa la familia, la tribu, los grupos
de amigos, la iglesia, los medios de comunicación, la escuela.
La escuela es de todos los ambientes aquel que se podría construir
seleccionando los aspectos en los que se quiere educar. Pero esto no se
hace. Se sigue pensando que para enseñar algo hay que pregonarlo,
comunicarlo y hacerlo repetir recitándolo. Como si una idea entrara en
la cabeza de otro sólo con depositar unas palabras en sus oídos
(¡resulta tan ridículo ver a unos y otros políticos pelearse por los
contenidos de ciertas materias, como por ejemplo por los de
“Ciudadanía”, como si su inclusión fuera a cambiar algo en cuanto a los
modos de ser de los jóvenes!).
El resultado es que la escuela actual por supuesto que educa, como
todos los ambientes, pero no lo hace conscientemente. El interés que
tienen los alumnos por las notas, el maltrato de las instalaciones y los
materiales, el paso por la escuela durante el menor tiempo posible, la
no consideración de ser miembro de una comunidad, la escasa creatividad,
los patrones de obediencia y desobediencia inculcados, todo esto es
producto de la educación que actualmente da la escuela en España.
Son otras, evidentemente, las cosas que desearíamos que aprendieran
nuestros futuros ciudadanos: que aprendieran a pensar como método para
resolver cualquier tipo de problema, que aprendieran a convivir y a
sentirse parte integrante de una comunidad democrática, que aprendieran
de sus errores, que estuvieran más interesados en saber que no en
obtener notas altas, que cuidaran su escuela porque realmente la
sintieran como “su escuela”.
Todo eso y mucho más es tan sólo posible si en las escuelas hay
buenos profesores. Su tarea es inmensa y si la sociedad fuera más clara
al respecto debería pagar su trabajo a precio de oro. La figura del
profesor debería ser ensalzada, valorada, premiada.
5. Y llegamos al punto fundamental: ¿cómo se sabe quién es buen
profesor? Sin embargo, es bastante simple enunciarlo: un buen profesor
sabe mucho de su materia; los alumnos, niños y adolescentes, le son
simpáticos en general (no son sus enemigos, no considera que son un
atajo de maleducados a los que es mejor mantener a raya); y es paciente,
es decir, está más interesado en los procesos que en los resultados, o
lo que es lo mismo, está más preocupado por lo que es capaz de enseñar
que por la repetición de los contenidos curriculares de su materia.
Un buen profesor tiene la magia de ser escuchado por sus alumnos, sus
palabras se convierten en acción porque modifican actitudes, formas de
hacer. Enseña su materia de un modo inolvidable.
Es fácil decir lo que es un buen profesor y casi no haría ni siquiera
falta decir cómo es porque muchos de nosotros, en algún momento de
nuestras experiencias educativas, tuvimos un profesor así. Lo difícil es
que haya muchos, que sean la mayoría.
Maite Larrauri, Cinco cosas que se sobre la escuela, fronteraD, 23/08/2013
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