Daniel Bensaïd: "la revolució sempre és anacrònica".
| Daniel Bensaïd |
Como decía Bensaïd, “la indignación es un comienzo. Una manera de
levantarse y ponerse en marcha. Uno se indigna, se subleva, y después ya
ve. Uno se indigna apasionadamente, antes incluso de encontrar las
razones de esta pasión” (Bensaïd, 2001: 106). Y este comienzo se ha
puesto en marcha con la primavera árabe en Túnez, Egipto, Libia,
Yemen..., con el “no pagaremos su deuda” del pueblo islandés, en Grecia,
con el movimiento de los indignados
en el Estado español, con el “Somos el 99%” en Estados Unidos. Para
Bensaïd, la indignación era “el contrario exacto de la costumbre y la
resignación. Incluso cuando se ignora lo que podría ser la justicia del
justo, queda la dignidad de la indignación y el rechazo incondicional de
la injusticia” (Bensaïd, 2001:106)
Y así ha sido. Estos últimos meses hemos visto como miles de personas salían a la calle para reivindicar sus derechos, diciendo no
a gobiernos dictatoriales, exigiendo justicia social, económica y
democrática, negándose a pagar una deuda ilegal e ilegítima y señalando
la responsabilidad no sólo de los “mercados” sino la complicidad activa
de gobiernos e instituciones. Un movimiento que ha rechazado sin
ambigüedades una política supeditada a los intereses privados, a la vez
que reclamaba “otra política”, la política de los de abajo y los sin
voz.
Bensaïd
escribió también sobre la revolución. Una revolución que vuelve ahora
al calor de las revueltas en el mundo árabe, cuando las masas irrumpen
públicamente a gran escala cuestionando y haciendo tambalear el orden
social establecido. Unas revoluciones, las primeras del siglo XXI, con
un final incierto, pero que nos devuelven la esperanza en que la acción
colectiva es útil y sirve para cambiar las cosas. Y que despertaron la
indignación y el malestar colectivo en una Europa adormecida.
En La discordance des temps (1995: 238-239), Bensaïd
escribía a propósito de la revolución: “Siempre anacrónica, inactual,
intempestiva, la revolución llega entre el ya no y el todavía no,
nunca a punto, nunca a tiempo. La puntualidad no es su fuerte. Le gusta
la improvisación y las sorpresas. Sólo puede llegar, y ésta no es su
menor paradoja, si (ya) no se la espera”. Y así lo hemos visto estos
últimos meses.
Movimiento altermundialista
Esta ola de indignación colectiva abre un nuevo ciclo de protesta y
movilización social. Hoy podemos afirmar que el ciclo del movimiento
altermundialista de los años 90 y 2000 terminó. Observamos elementos de
continuidad entre ambos (la emergencia de una nueva generación
militante, la acción directa no violenta, la crítica al actual modelo
económico...), pero la profundidad y el arraigo social de la indignación
va mucho más allá que la del movimiento altermundialista y tiene lugar
en un escenario muy distinto, el de la mayor crisis capitalista en
décadas.
El ascenso del movimiento altermundialista ocupó buena parte de los
escritos de Daniel Bensaïd. Y su auge, significó, como recoge en Le nouvel internationalisme (2003), el nacimiento de “un nuevo internacionalismo de las resistencias”, tomando el concepto del filósofo francés Jacques Derrida.
El movimiento, sin embargo, no utilizó dicho término, lastrado por los
fracasos del siglo XX y confiscado por el vocablo estalinista que en su
nombre levantó la bandera de un imperialismo burocrático. De aquí que
Bensaïd lo denominara a menudo el “internacionalismo sin nombre de las
resistencias” (Bensaïd, 2003: 37).
Este internacionalismo del siglo XXI se caracterizó, según Bensaïd,
por su dimensión planetaria y global, al responder a la mercantilización
generalizada del mundo, a diferencia de la Segunda y la Tercera
Internacional, más centradas en Europa y América. Asimismo, consideraba
este “nuevo internacionalismo” como más complejo, comparándolo con sus
predecesoras, al integrar no sólo al movimiento obrero tradicional sino a
una gran diversidad de culturas y sujetos como feministas, ecologistas,
jóvenes, sindicalistas.
El ciclo del movimiento altermundialista y de los foros sociales
significó, para Bensaïd, la aparición de una “ilusión social”, un
sentimiento de autosuficiencia de los movimientos y de rechazo de la
cuestión política, en una primera fase de ascenso de las luchas
(Bensaïd, 2007a). Un concepto que planteó en simetría con “la ilusión
política” denunciada por el joven Marx en relación a aquellos que
consideraban que las emancipaciones “políticas” (la consecución de los
derechos civiles, etcétera) eran suficientes para conseguir la
emancipación de la humanidad.
Para Bensaïd esta “ilusión social” significaba el “momento utópico”
de los movimientos sociales y, en concreto, del movimiento
altermundialista. Y lo ilustró con distintas “variantes utópicas”:
liberales, keynesianas y, en especial, neo-libertarias, aquellas que
apostaban por “cambiar el mundo sin tomar el poder o contentándose con
un sistema equilibrado de contrapoderes” (Bensaïd, 2007a: 1).
Después de una primera etapa de crecimiento y ascensión lineal del
movimiento altermundialista, y agotado su impulso inicial, fue
apareciendo, como señaló Bensaïd, un retorno de la cuestión
político-estratégica. Así lo indican las polémicas y debates suscitados a
raíz de las obras de Michael Hardt, Toni Negri y John Holloway
a principios de los años 2000; el balance comparado entre los gobiernos
“progresistas” de izquierdas en América Latina, por ejemplo entre el
proceso bolivariano en Venezuela y el gobierno de Lula en Brasil; o el
cambio en la orientación zapatista con La otra campaña (Bensaïd, 2007a).
Es entonces, afirma Bensaïd, cuando se agota “la fase de la gran negación y de las resistencias estoicas —el grito de Holloway, las consignases el mundo no es una mercancía, el mundo no esta en venta—.
Se vuelve necesario precisar cuál es este mundo posible y sobre todo
explorar las vías para alcanzarlo” (Bensaïd, 2007a: 1). Ésta es una de
las grandes preguntas político-estratégicas que se planteó: ¿Cómo
cambiar el mundo? Y aunque él mismo señaló, en una de sus últimas
entrevistas (Bensaïd, 2010a), que “nadie sabe cómo cambiar la sociedad
en el siglo XXI”, sí que partimos de una serie de hipótesis
estratégicas, de una memoria acumulada y del análisis de las
experiencias del pasado.
Hardt, Negri y Holloway
Bensaïd polemizó vivamente con las obras de Michael Hardt y Toni Negri Imperio (2000) y de John Holloway Cambiar el mundo sin tomar el poder (2002). Ambas referentes de las utopías neo-libertarias.
En relación a la obra de Hardt y Negri, Bensaïd analizó críticamente
las nociones de Imperio y Multitud. Estos autores sostenían el final del
imperialismo clásico y su sustitución por un Imperio sin centro,
abstracto, donde el capital domina sin mediaciones institucionales.
Frente a estas posiciones, Bensaïd, al igual que otros autores, enfatizó
la necesidad de estudiar las transformaciones y las evoluciones del
imperialismo sin abandonar dicho concepto. Asimismo criticaba la
negación que estos hacían de las diferencias geográficas entre
Estados-nación y que les llevaba a afirmar la no existencia de una
ruptura Norte-Sur (Bensaïd, 2010b).
Sobre Multitud, en su libro Cambiar el mundo (2010b) y en
otros escritos, Bensaïd cuestionó la solidez del concepto desde un punto
de vista teórico, filosófico, sociológico y estratégico. Para Bensaïd,
la indeterminación conceptual alrededor de la noción de Multitud
contribuía a ocultar un gran vacío estratégico, a la vez que la fusión
entre lo social y lo político, que proponían ambos autores, más que
resolver una dificultad la escamoteaban.
En lo que se refiere a la obra de Holloway, Bensaïd criticó la
simplificación con la que dicho autor abordaba el pensamiento
revolucionario y la trayectoria del movimiento obrero. “Holloway reduce
la rica historia del movimiento obrero, de sus múltiples experiencias,
de sus grandes polémicas constitutivas, a una marcha única del estatismo
a través de los siglos” (Bensaïd, 2010b: 131). Para Bensaïd, éste
ignoraba la literatura crítica sobre la cuestión del Estado y las
controversias sobre el Estado en la historia del marxismo y el
movimiento obrero, a la vez que asociaba pensamiento revolucionario a
“estatismo funcionalista”, donde incluía desde la socialdemocracia hasta
la ortodoxia estalinista.
Para Holloway, el cambio revolucionario, como bien indica el título
de su obra, no pasaba por tomar el poder. Y, para Bensaïd, aquí radicaba
una de sus mayores debilidades. Si bien los fracasaos revolucionarios
del siglo XX hundieron muchas creencias y certidumbres, esto “no es
razón suficiente para olvidar las lecciones de las derrotas y de los
fracasos. Quienes han pretendido ignorar la conquista del poder han sido
a menudo atrapados por él. No querían tomarlo, pero el poder les tomó. Y
quienes creyeron poder esquivarlo, evitarlo o dar un rodeo sin tomarlo,
han sido a menudo triturados por él” (Bensaïd, 2010b: 139).
Sociedad fragmentada o pluralidad de lo social
Otra de las preocupaciones en la obra de Daniel Bensaïd era cómo
recomponer la unidad en la diversidad de las luchas sociales.
Contrariamente a las teorías autonomistas que en nombre de la diversidad
enfatizaban la fragmentación, para Bensaïd una cuestión era afirmar la
pluralidad de lo social y otra muy distinta valorar la fragmentación
social.
Como recogía en su obra Cambiar el mundo (2010b: 102), “es
el propio capital quien actúa como elemento unificador de las distintas
esferas sociales”. La convergencia de las luchas sociales bajo la
globalización neoliberal es resultado de la mercantilización del mundo y
del dominio del capital en todos los ámbitos de la vida.
De este modo, rebatía a aquellos que consideraban la pluralidad como
una yuxtaposición de espacios, un mosaico social, en nombre de la
“autonomía relativa” de las diferentes opresiones, donde faltaba el
elemento estratégico unificador que permitía la convergencia de los
distintos movimientos sociales. Para Bensaïd, “la ‘lógica de autonomía’
(o de diferencia) permite (...) que cada lucha conserve su
especificidad, pero al precio de un cierre de los diferentes espacios
los unos respecto a los otros” (Bensaïd, 2009: 337).
Al mismo tiempo, criticaba la lógica reduccionista de señalar una
contradicción principal y otras secundarias, de considerar las
opresiones específicas (de género, etnia, orientación sexual)
subalternas al conflicto de clase, como tradicionalmente partidos
comunistas y algunas corrientes obreristas de la izquierda han
sostenido.
El “nuevo internacionalismo” tenía el reto de promover la unidad y la
convergencia de las resistencias plurales a la globalización
neoliberal, de avanzar, en “un juego de construcción que conjuga el
fragmento singular con la forma del todo” (Bensaïd, 2010c: 156). Así es
cómo, desde la práctica, movimientos ecologistas, sindicales, de
mujeres, inmigrantes, indígenas, jóvenes, campesinos establecían
alianzas estratégicas y encontraban aquello que les era común.
Bensaïd habló en sus obras también del secuestro de la democracia a
manos de los poderes financieros, de cómo la economía escapa al control
político y al control social librada a la única potencia de los
mercados. Una política que claudica ante los intereses del capital. Un
análisis plenamente actual cuando vemos la supeditación de las
soberanías nacionales a los intereses privados. Cuando el interés
particular choca con el interés colectivo. A más mercados, menos
democracia.
Pero el capitalismo no sólo acaba con los derechos sociales,
económicos y democráticos sino también con los del planeta,
manifestándose esa “discordancia de los tiempos”, una de las referencias
ineludibles en su obra, entre los tiempos sociales y ecológicos y los
tiempos del capital. “El tiempo de la democracia se ve desbordado tanto
por la brevedad de la urgencia y el arbitraje instantáneo impuesto por
los mercados, como por el largo plazo de la ecología” (Bensaïd, 2010b:
19).
Asistimos al enfrentamiento entre dos lógicas contra-opuestas. La del
individualismo, la del beneficio a cualquier precio, la de la
competencia y la lucha del todos contra todos en oposición a la lógica
de la solidaridad, de los bienes comunes, del servicio público (Bensaïd,
2001). Y en este combate es imposible no tomar partido. Hay que elegir
entre “una lógica competitiva implacable —‘el aliento helado de la
sociedad mercantil’, escribía Benjamin– y el aliento cálido de las
solidaridades y del bien público” (Bensaïd, 2008:88).
Es necesario reivindicar la primacía de la política sobre la
economía. Lo contrario nos conduce a la extinción de la justicia social.
En nombre de un supuesto progreso se subordina la democracia a la
voluntad anónima de los mercados. Europa es hoy un buen ejemplo.
Sobre los bienes comunes
La confrontación entre ambas lógicas, la analiza Bensaïd la analiza
en varios textos. Y vincula los debates actuales sobre la globalización y
la mercantilización de la vida con la propia naturaleza del capitalismo
y los debates sobra la dinámica de la acumulación capitalista que
tenían ya lugar en la época de Marx. Así lo recogió en su pequeño libro Les dépossédés (2007b), donde analizaba los escritos del joven Marx sobre el robo de leña.
Desde esta perspectiva, Bensaïd abordó la defensa de los bienes
comunes, la naturaleza y el ecosistema, donde pueblos indígenas y
comunidades campesinas son hoy la máxima expresión de las resistencias y
el combate contra el expolio de los recursos naturales llevado a cabo
por empresas transnacionales. Su preocupación era cómo integrar estas
reivindicaciones en una perspectiva socialista renovada y en un proyecto
de emancipación, sin al mismo tiempo caer en una idealización romántica
de las mismas.
El análisis sobre la mercantilización generalizada del planeta, de la
sociedad y de la vida le llevó a entrar en los debates acerca de la
crisis ecológica y climática, donde apostó por un anticapitalismo con un
fuerte contenido ecologista. Atajar la crisis ecológica global, implica
tocar los cimientos, el “disco duro”, del sistema capitalista. Para
Bensaïd, la propia dinámica de acumulación del capital, la creación de
necesidades artificiales de consumo, la carrera sin freno por un
crecimiento sin límites, en definitiva su “desmesura devastadora”,
engendran un eco-comunismo radical como respuesta (Bensaïd, 2010d).
Hoy la crisis sistémica evidencia la necesidad urgente de cambiar el
mundo de base, pero “también son mayores las dudas sobre las fuerzas
capaces de llevar a cabo esta transformación radical y sobre la
posibilidad misma de conseguirla” (Bensaïd, 2008: 90). ¿Cuál será el
resultado de este combate entre los de arriba y los de abajo? Sólo hay
una respuesta segura: si no luchamos no hay cambio posible. Y la vida y
la obra de Daniel Bensaïd así nos lo enseñan.
Esther Vivas, De los indignados, el altermiundismo y la política en Bensaïd, fronteraD, 07/03/2012
Bibliografía
Bensaïd, D. (1995) La discordance des temps, París, Les Éditions de la Passion.
Bensaïd, D. (2001) Les irreductibles. Théorèmes de la résistance à l’air du temps, París, Les éditions Textuel.
Bensaïd, D. (2003) Le nouvel internationalisme, París, Les éditions Textuel.
Bensaïd, D. (2007a) Sobre el retorno de la cuestión político-estratégica
Bensaïd, D. (2007b) Les dépossédés, París, La Fabrique editions.
Bensaïd, D. (2008) ‘Retornos de la política’, en Viento Sur, nº95, pp. 81-92.
Bensaïd, D. (2009) Elogio de la política profana, Madrid, Península.
Bensaïd, D. (2010a) ‘No hay que contar cuentos: nadie sabe cómo cambiar la sociedad en el siglo XXI’, en Viento Sur, nº111, pp. 75-84.
Bensaïd, D. (2010b) Cambiar el mundo, Madrid, Público. [1a edición en castellano en Los Libros de la Catarata, 2004]
Bensaïd, D. (2010c) Fragmentos descreídos, Barcelona, Icaria editorial.
Bensaïd, D. (2010d) ‘Potencias del comunismo’, en Viento Sur, nº108, pp. 9-13.
Este texto fue la contribución al seminario Daniel Bensaïd. El internacionalista, en el International Institute for Research and Education (IIRE) en Ámsterdam enero 2012
Comentaris