Los seguidores del Tea Party, por el contrario, son revolucionarios en esta época de aparente flacidez ideológica. Se sienten enajenados del poder, pues tradicionalmente había sido ocupado por su nación y por el sujeto histórico que ellos representan. Y ahora deben competir por el dinero, el puesto de trabajo, el estatus o la autoridad intelectual con seres antaño periféricos que solían quedar descalificados para la carrera antes de empezar. Nadie ha vulnerado sus derechos, pero al materializarse su extensión a toda la población, sienten que se les han arrebatado sus viejos privilegios, lo cual es rigurosamente cierto. La no discriminación y el reparto del poder acaban cristalizando en la presencia de un negro en la Casa Blanca, una boda gay o ese G-20 donde los brasileños opinan sobre la economía mundial. En ese momento, el varón blanco conservador de mediana edad se subleva. Si Ortega viviera, ¿no llamaría a este fenómeno "la rebelión de las élites"? Los teapartyers proc...
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