"Perfecció" val el mateix que "realitat" en Spinoza.
La parte primera de Ia Ética, que constituye el trasfondo metafísico de todo lo que viene después en la obra, culmina con un apéndice que es uno de los más vigorosos alegatos contra el antropomorfismo y Ia idea de “finalidad” jamás formulados a lo largo de Ia historia de la filosofía.
Dios o la naturaleza es una substancia de infinitos atributos que, por ser efectivamente infinitos, no admiten jerarquía alguna cognoscible ni permiten conmensurabilidad entre las partes de un “todo” que jamás puede abarcarse, pues, aunque Espinosa haya dicho que “tenemos un conocimiento adecuado de la eterna e infinita esencia de Dios” (Ética, II, prop. 47), ese conocimiento lo es sólo de la radical pluraIidad e indeterminación de Dios: conocemos formalmente que Dios es, en definitiva, incognoscible. Siendo así, no estamos autorizados a suponer un orden que nos consuele con la esperanza de que la realidad “va hacia alguna parte”; para quien sabe esas cosas, tendrá que estar claro que una naturaleza que produce “infinitas cosas de infinitos modos» no puede describirse adecuadamente (tal como es “en sí” diríamos) diciendo que en ella hay frío o calor, orden o confusión, pecado o mérito, belleza o fealdad, bien o mal. Sencillamente, no hay causas finales, y eso es decisivo …
Espinosa llega a decir, en el escolio segundo de la proposición 33 de esa primera parte, que Ie parece menos alejada de Ia verdad la opinión que “somete todas las cosas a una cierta voluntad divina indiferente, y que sostiene que todo depende de su capricho” que aquella otra opinión según la cual “Dios actúa en todo con la mira puesta en el bien”. Sin duda Espinosa tampoco cree correcta la noción de “capricho” divino (eso también significaría la indebida personalización de Dios), pero dice que creer en ello es menos incorrecto que pensar un Dios ordenador según fines. Esto último es, precisamente, antropomorfismo: suponer que Dios se comporta “como un hombre”, siendo claro que a la naturaleza Ie es indiferente (y ni siquiera “indiferente”, pues nada pretende) que en la infinita red de causas y efectos se produzcan cosas gratas o ingratas, útiles o nocivas, para el hombre. Desde el “punto de vista de Dios” (que en realidad no es ningún “punto de vista”, pues la substancia infinita no es un sujeto para Espinosa, como ya supo ver perfectamente Hegel) hay causas y efectos, y eso es todo. Bien entendido que hay “causas” y “efectos” en términos de la única causalidad propia de la naturaleza considerada en sí; es decir, con independencia de los deseos humanos, a saber: la causalidad eficiente, y no la final. (112-113)
Las nociones de bien o mal (ciertamente frecuentes en filosofía moral) son enteramente relativas a ciertos efectos producidos en el hombre, y solo en él, por ciertas causas. Son nociones, en suma, referentes a la utilidad humana, y Espinosa lo dice claro más adelante, cuando empieza a elucidar cuestiones éticas en la parte cuarta: “entiendo por bueno lo que sabemos con certeza que nos es útil”.
Con ello no quiere decirse, por supuesto, que las nociones que se refieren a la bondad o la maldad sean, a secas, “irreales”; como “reales lo son, pero en eI mismo sentido en que son reales cualesquiera efectos naturales. Dado el hombre, es necesario que considere lo que es bueno o malo, pero ello ocurre sin privilegio ontológico alguno por respecto al proceso en cuya virtud el dromedario posee joroba o las céluIas cancerosas proliferan. “Para” la naturaleza (que nunca hace nada, en realidad, “para” nada), todos esos efectos son manifestaciones de una potencia infinita, que no necesita justificarse porque en ser como es encuentra su plena “justificación”. Espinosa lo dice taxativamente: “por realidad entiendo lo mismo que por perfección” (Ética, II, def. 6).
Si “perfección” vale tanto como “realidad” (…) no cabría hablar de bien ni mal. Ahora bien, eso tampoco quiere decir que todas las realidades, en cuanto realidades, sean “iguales”. Ciertamente, todo lo que hay es lo que es (y no “peor” o “mejor”), pero su ser es inseparable de su poder. Al decir esto entramos en un punto central de la filosofía espinosiana. “La potencia de Dios es su misma esencia” (Ética, I, prop. 34), y las realidades –dadas en Dios- tienen una esencia convertible con su potencia. Essentia actuosa, llama Espinosa a esa condición que todo lo real detenta. Por tanto, si hay incremento de potencia, hay incremento de esencia, o sea, de realidad ... o perfección. Así, unas realidades, si no “mejores”, sí pueden ser más “potentes” que otras y, en ese sentido, más “reales” o “perfectas”. Ese incremento de potencia no puede ser calificado -insistimos- de “bueno” o “malo” desde eI punto de vista (que no lo es) de la naturaleza; Espinosa, que se complacía -según cuentan sus biógrafos- al ver cómo una araña atrapaba a la mosca prendida en su tela, está muy próximo del clásico concepto de virtus como “eficiencia”, o capacidad de actuar. Siendo la actividad la expresión misma de la esencia como potencia, aumentar -por actividad- esa potencia es tendencia natural de todo lo que hay, y frente a esa tendencia sería vano oponer pretendidas objeciones “moral-abstractas”: frente al poder si se desea resistirlo, sólo cabe oponer poder. (114-115)
Conviene insistir en que ello no es nada excepcional, pues “toda cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en el ser” (Ética III, prop. 6): toda cosa y no sólo el hombre. En este sentido, el principio físico de inercia alude a una realidad no esencialmente diversa del principio “psíquico” de perseverancia; en ambos está funcionando un conatus, (que) implica que el mantenimiento del ser precisa la aplicación de una fuerza. (…) La esencia humana no puede diferir, en cuanto a manera de constituirse y manifestarse, de la esencia de los demás seres de la naturaleza, y todos los seres se definen por su conatus.
… el deseo es la manera en el que en el hombre se manifiesta el esfuerzo por perseverar en el ser, propio de todos los seres de la naturaleza; es especial porque ningún otro ser tiene consciencia de tal conatus. (…) la autoconsciencia es en el hombre el único lugar donde hallarla.
El deseo lleva, pues, al hombre a perseverar en el ser; es decir, a conservarlo y procurar aumentarlo. En este sentido, la moral está ligada a la utilidad humana. En principio, todo lo que incremente la potencia es útil. (115-116)
Vidal Peña, “Espinosa”, en Historia de la ética, vol. 2, Victoria Camps, ed., Barcelona, Editorial Crítica 1992

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