309: Antonio Escohotado, La alarma como Estado





... tras adormecer al idiotés con el credo de lo políticamente correcto, el paso siguiente de esa peña es el estado de excepción que reina en todas las revoluciones a lo Castro. Y dicha ignominia pesa ya sobre nuestras cabezas con los confinamientos y el toque de queda, medidas jamás aplicadas salvo en tiempos de guerra, o mediando disturbios de gravedad suficiente para temer saqueos al amparo de la noche.

Hasta qué punto dichas medidas solo pueden tranquilizar a hipocondríacos lo indica su pretexto, una variante de gripe que en siete meses no mató todavía a nadie de mis familiares naturales y políticos, ni del círculo de amigos, algo que dije hace un trimestre y sigo atestiguando hoy. Obedecer tales arbitrariedades no previene la invasión de tropas enemigas, ni salvaguarda casas y almacenes cuyas cerraduras se forzaron; pero consiente al Ejecutivo suprimir los derechos en teoría inalienables de movimiento y reunión, convirtiéndonos en un rebaño indefenso ante pastores improvisados, dados a arruinar en vez de enriquecer.

Quizá exagere pensando que nos jugamos un retorno a la censura, el economato y el campo de concentración, con el misántropo disfrazado de médico y el gallina de prudente; quizá sea cosa de pasado mañana o nunca, ojalá. Pero pertenecer al principal grupo de riesgo me confirma que preferiré la cárcel a injerencias en mi derecho a una vida retirada como la elegida finalmente, que por supuesto incluye movimiento y reunión.

Siendo evidente que trepar en política repugna al honrado, y que mil cosas nos atomizan, no deja de serlo que si la alarma cede paso a un Estado de excepción ponemos en peligro todo cuanto la mayoría sigue amando, incluso sin saberlo. La historia universal confirma que ninguna jurisdicción se devolvió de buena gana, y mucho menos la más insidiosa: aquella basada en suplantar la deliberación del adulto por su propio bien.

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