món online (diccionari Bauman).



La red entró de un modo triunfal en nuestro mundo con la promesa de crear «un hábitat ideal, político y democrático», pero ¿adónde nos ha ayudado a llegar? A la actual crisis de la democracia y al agravamiento de las divisiones y los conflictos políticos e ideológicos. Efectivamente, acogimos con entusiasmo la promesa de la oportunidad de una segunda vida, pero el mundo en el que tendemos a llevar nuestra segunda vida es un mundo de ciberacoso y difamación. Y sí, la llegada de la red ha convertido de repente en realistas nuestras esperanzas de popularidad, pero, al haberla puesto engañosamente a nuestro alcance, la ha hecho casi obligatoria, aunque con una probabilidad de adquirirla equivalente a la de ganar la lotería.
Pero comencemos desde el principio. Propongo empezar por el giro verdaderamente revolucionario en la condición humana llevado a cabo paso a paso -en el transcurso de una sola generación- por la tecnología de la información: desde las gigantescas estructuras de las cuales, según sus inventores y pioneros, con haber instalado alrededor de una docena habría bastado para satisfacer la totalidad de las necesidades informáticas de la humanidad, hasta la miríada de dispositivos, primero portátiles, y luego tan pequeños que caben en la palma de la mano (tabletas, teléfonos móviles y cualquier otro cacharro que pueda ser lanzado al mercado antes de que tú y yo concluyamos esta conversación); en todo momento, 24 horas al día y siete días a la semana, al alcance de los millones de propietarios-usuarios de todas las edades, en cualquier situación, en el bolsillo o en el bolso, pero sobre todo en la mano. 
Por mucho que podamos estar y/o sentirnos solos, en el mundo online estamos siempre potencialmente en contacto. El mundo offline, sin embargo, no ha desaparecido, ni es probable que desaparezca en un futuro próximo; y en ese mundo offline, así llamado en contraposición al recién llegado online, esta prerrogativa no se aplica -ya que no se aplicaba cuando ese mundo era el único que habitábamos, y su compañero o rival aún no se había inventado-, es decir, durante la mayor parte (hasta ahora casi la totalidad) de la historia de la humanidad.
Los seres humanos del siglo XXI son de dos mundos. Pertenezco a uno de los dos, el offline. El otro -el mundo online, el que se nos induce, insta e incita a construir con nuestros modos y medios, valiéndonos de los instrumentos, estratagemas y recursos ofrecidos por la tecnología informática- se presenta a menudo, e incluso demasiado a menudo se experimenta, de forma enfática como si me perteneciese. Puedo, al menos en parte, diseñar su forma y sus contenidos; puedo eliminar y bloquear los fragmentos indeseados, incómodos, que me molestan; puedo monitorizar los resultados y deshacerme de todo aquello que no haya logrado cumplir los estándares que yo he prefijado.
Resumiendo, online, a diferencia de todo lo que ocurre offline, soy yo quien ostenta el control: yo soy el jefe, yo mando. Tal vez no tenga madera de director de orquesta, pero soy yo quien decide qué música suena. Algunos observadores perspicaces han comparado esta sensación divina a la que invade a un niño dejado a sus anchas en una tienda de golosinas. Pese a todo, el problema es qué chucherías escogerá y disfrutará ese niño.
En este punto, querido Thomas, la opinión de la mayoría (es decir, que el acceso a internet habría creado «un hábitat ideal, político y democrático», como tú decías) se ha topado con una amarga desilusión. El acceso a la red ha resultado no ser una búsqueda de una mayor iluminación, de unos horizontes más amplios, del conocimiento de concepciones y estilos de vida desconocidos hasta ahora, con el fin de implantar en ella ese diálogo que exige «el hábitat democrático ideal». La mayor parte de las investigaciones sociológicas al respecto muestra que la mayoría de los usuarios utilizan internet atraídos no tanto por la oportunidad de acceso como por la de salida. Esta segunda oportunidad se ha revelado hasta el momento como más atractiva; se ha empleado muchísimo más para construirse un refugio que para derribar muros y abrir ventanas; para reservarse una zona de confort exclusiva, lejos de la confusión del mundo caótico y desordenado de la vida, y de los retos que este plantea al intelecto y a la tranquilidad del espíritu; para evitar la necesidad de dialogar con personas potencialmente irritantes y estresantes, en el sentido de que tengan opiniones distintas a las nuestras y difíciles de comprender, y, como consecuencia, la necesidad de participar en un debate y arriesgarse a salir derrotados. Con el simple recurso de poder eliminar todo lo que no se desee que aparezca o de bloquear el acceso a los invitados indeseados, la red permite un «espléndido aislamiento» pura y sencillamente irrealizable e inconcebible en el mundo offline (intenta, a ver si lo logras, alcanzar el mismo objetivo en la calle, en el barrio, en el lugar de trabajo...). 
En vez de servir a la causa de aumentar la cantidad y mejorar la calidad de la integración humana, de la comprensión mutua, la cooperación y la solidaridad, la red ha facilitado prácticas de aislamiento (enclosure), separación, exclusión, enemistad y conflictividad. Y además has tocado otro punto de una importancia capital, «los numerosísimos casos de ciberacoso y difamación»... Internet, en efecto, ofrece a cualquiera vía libre para las insinuaciones, las murmuraciones, las calumnias y las difamaciones, y en general para la mentira (como observa cáusticamente un ex dignatario soviético en sus memorias Réquiem por mi tierra madre, la revolución «democrática» en Rusia «ha acabado con el monopolio de la mentira del partido en el gobierno»). Tal vez no te encuentres nunca con tu víctima cara a cara (y viceversa); bien ocultos bajo la armadura del anonimato, el riesgo de ser denunciados por calumnias se reduce a la mínima expresión.
Gonzalo Suárez, entrevista entre Thomas Leoncini i Zygmunt Bauman: ""Internet es un mundo de ciberacoso y difamación", el mundo.es 28/0172018








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