La cognició cultural.
Un famoso experimento realizado por psicólogos en la década de 1950 consistió en pasar una grabación de un partido de fútbol americano a estudiantes de dos universidades que disputaban la Ivy League; en el transcurso del mismo quedaba patente que los árbitros tomaban decisiones harto controvertidas contra uno de los dos equipos. Cuando los estudiantes del equipo que resultó favorecido fueron entrevistados para recabar su opinión sobre el desempeño arbitral, resultó que detectaron menos de la mitad de infracciones cometidas por su equipo de las que aseguraban haber visto los estudiantes de la universidad rival. Los investigadores llegaron a la conclusión de que los vínculos grupales habían motivado que los estudiantes de ambas universidades inconscientemente hubieran mirado la cinta con un sesgo favorable a su institución.
Las investigaciones realizadas desde entonces nos permiten inferir que los ciudadanos corrientes reaccionan de un modo muy parecido cuando deben enfrentarse a evidencias científicas sobre riesgos sociales. La gente tiene una fuerte predisposición a inclinarse por la opción que refuerza su conexión con aquellos con los que ha contraído compromisos que considera que son importantes. La consecuencia de esto es que el debate científico público tiende a polarizarse. Los grupos que tienen posiciones antagónicas acerca de "asuntos culturales" como el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo o la oración en la escuela resultan ser también los que tienen las discrepancias más enconadas sobre la certeza del cambio climático o sobre la seguridad de los cementerios nucleares subterráneos.
La capacidad de las sociedades democráticas para proteger el bienestar de sus ciudadanos dependerá en gran medida de que hallemos un modo de neutralizar esta guerra cultural sobre los datos empíricos. Desafortunadamente, las teorías dominantes en el ámbito de la comunicación científica no ayudan a revertir esta situación. Muchos expertos atribuyen la controversia política sobre todo lo relacionado con el riesgo a la complejidad del conocimiento científico subyacente o a la insuficiente difusión de la información disponible. Pero si el problema fuera éste, lo normal sería encontrarnos con que las creencias que la gente tiene sobre el riesgo medioambiental, la salud pública o el control del crimen estuvieran distribuidas de forma aleatoria, o de acuerdo con los distintos niveles de educación, pero en modo alguno vinculadas a una determinada perspectiva moral. Existe una gran variedad de sesgos cognitivos que distorsionan la percepción del riesgo que pueda tener una persona por ejemplo, el fijar la atención en peligros muy llamativos o el refuerzo de los patrones de interacción social, pero éstos no bastan para explicar por qué las personas con posiciones moralmente opuestas reaccionan de un modo distinto ante los mismos datos científicos.
Un proceso que explicaría esta forma distintiva de polarización es la "cognición cultural". La cognición cultural hace referencia a la influencia que tienen los valores grupales relacionados con la igualdad y la autoridad, el individualismo y el sentido de comunidad sobre las percepciones de los distintos riesgos y las creencias que se derivan de esas percepciones.
Los ciudadanos ven los debates científicos como contiendas entre facciones culturales enfrentadas en una guerra. Por ejemplo, en general a las personas les desconcierta que un comportamiento que consideran noble y apropiado en realidad pueda resultar perjudicial para el conjunto de la sociedad, del mismo modo que les turba que un comportamiento que a ellas les parezca abyecto pueda contribuir al bien común. Puesto que aceptar algo así abriría una brecha entre ellas y los suyos, tienen una fuerte predisposición emocional a rechazar tales argumentos.
Dan Kahan, La comunicación del conocimiento científico en el contexto de creciente polarización política, Sin Permiso 28/03/2010
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