Alex Karp, the philosopher in the valley.
En The Philosopher in the Valley, la primera biografía escrita sobre Alex Karp, el periodista Michael Steinberger sostiene que Palantir es una proyección del carácter de Karp, un carácter marcado por la inseguridad. Karp tiene fobia a los gérmenes y se adaptó muy bien a las rutinas de aislamiento de la pandemia. Hijo de un judío alemán, apoyó con vehemencia el genocidio de Israel en Gaza. No es precisamente el alma del mundo a caballo, sino una manifestación corporativa de la paranoia y la belicosidad de nuestra época.
Tras su fundación en 2003, los primeros años de Palantir fueron difíciles y no muy inspiradores. Recibió financiación de In-Q-Tel, la división de capital riesgo de la CIA, cuyo prestigio había quedado en entredicho tras los fallos de inteligencia del 11-S. La empresa comenzó a forjar relaciones con las administraciones públicas –que ahora representan algo más de la mitad de sus ingresos e incluyen no solo a la CIA, sino también al FBI, la NSA y prácticamente todas las ramas del ejército de EEUU–, pero también con algunos clientes comerciales. En esta primera etapa fracasó muchas veces, aparentemente porque su software no podía ofrecer los conocimientos mágicos que Karp prometía. Esto provocó el rechazo de las empresas de capital riesgo establecidas en Silicon Valley, que le proporcionaban la financiación que tanto necesitaba. Karp se lo tomó como algo personal. A día de hoy, sigue criticando a una industria que invierte dinero en trampas de atención y publicidad dirigida, mientras ignora lo que él considera avances tecnológicos mucho más significativos, como el análisis de datos.
¿Pero a qué se dedica realmente Palantir? Es una pregunta que surge una y otra vez en las redes sociales. También es sorprendentemente fácil de responder, a pesar de la compleja reputación de la empresa: Palantir recopila fuentes de datos dispares y facilita su búsqueda. Es el Google de las organizaciones caóticas, cuyo software conecta varias bases de datos y sistemas informáticos en una única plataforma unificada. Si los servicios de la empresa se pudieran aplicar a tu vida, sería como si un equipo de especialistas llegara a tu casa y rebuscara en tu escritorio, actualizando tus listas de tareas pendientes, tus contactos y tus calendarios; sincronizando y ordenando los archivos que tienes dispersos en media docena de teléfonos antiguos y discos duros, y, en general, poniendo todo en orden. ¿No pagarías un buen dinero por un servicio así? Por supuesto que sí. Ahora, imagina que eres un país y que este caos no es personal, sino institucionalizado, y que no solo abarca unos pocos buzones de correo electrónico y viejos USB, sino, por ejemplo, todo un sistema sanitario, incluyendo nóminas, adquisiciones y seguros, o una guerra de mediana envergadura. ¿No pagarías entonces mucho dinero? ¿No pagarías de hecho millones y millones y estarías eternamente agradecido a quienquiera que solucionara este lío en tu nombre? De ahí el auge de Palantir.
El nombre es típico: una referencia a las piedras videntes del legendario mundo de J. R. R. Tolkien. Ofrece un significado inocuo (comunicación a larga distancia), pero también tiene connotaciones inquietantes (en El señor de los anillos, los palantíri son, en particular, un conducto para visiones corruptas). Sin duda, una empresa malvada no se pondría el nombre de algo malvado, ¿verdad? Pero ¿y si sí?
Esta alegría desconcertante se ve compensada por la retórica estridente de Karp y su repetida declaración de intenciones: defender la democracia liberal y los valores occidentales. Karp ha predicado este evangelio desde los inicios de la empresa y, aunque este discurso era inusual en la industria tecnológica de los años 2000 y 2010, ahora parece premonitorio. Desde entonces, el sector se ha alineado con la cultura chovinista del Partido Republicano de Donald Trump.
Del mismo modo, mucho antes de que los aranceles del presidente comenzaran a obstaculizar los flujos de mercancías y capital entre Oriente y Occidente, Karp declaró que no haría negocios con adversarios globales como China. En una carta a los inversores a principios de este año, incluso citó con aprobación a Samuel Huntington, famoso por acuñar la expresión “choque de civilizaciones”, destacando su afirmación de que el auge de Occidente no fue posible “por la superioridad de sus ideas, valores o religión... sino más bien por su superioridad aplicando la violencia organizada”.
Este año, la afición de Karp por el desarrollo prolijo de los temas ha alcanzado la extensión de un libro con The Technological Republic (escrito en colaboración con el director de asuntos corporativos de Palantir, Nicholas W. Zamiska, pero que es mejor considerar como obra propia de Karp). El libro es más interesante de lo que algunos han afirmado, ya que ofrece una visión de la mente de una élite ascendente, pero resulta curiosamente vacío a pesar de su pretensión de proporcionar un plan para rejuvenecer la república estadounidense.
La receta más concreta de The Technological Republic –y la que se ve más claramente en las prácticas reales de Palantir– es la que propone fusionar Estado y empresa privada, especialmente en materia de policía, seguridad y guerra. Tal vez no sorprenda que una empresa como Palantir se dedique a estos menesteres. Los Estados ejercen la violencia y utilizan la información para seleccionar los objetivos de esta violencia. Y, si te dedicas a organizar la información para el Gobierno, acabas colaborando en esa labor de forma natural. Llámenlo la cotidianeidad de los datos.
Sin embargo, delegar estas labores en empresas privadas genera incentivos singulares y peligrosos. La expansión de la vigilancia se convierte en un plan de negocio en lugar de una respuesta a amenazas reales; se pierde la rendición de cuentas al sustituir a los funcionarios públicos por contratistas privados; y se reduce la capacidad técnica del Estado, lo que le impide evaluar los resultados de sus propias políticas. La fusión entre el Estado y la empresa es una en la que la propia soberanía se privatiza.
Palantir ha fomentado esta privatización al entrar con entusiasmo en los temas más controvertidos que marcan la política de Estados Unidos desde 2020. Después del 7 de octubre, Palantir firmó una nuevo acuerdo de asociación estratégica con el ejército israelí y Karp se reunió con la junta directiva en Tel Aviv al año siguiente para manifestar su apoyo inquebrantable a la nación. Ante las acusaciones de estar facilitando el genocidio, ha respondido midiendo mucho las palabras y ha afirmado que tiene un “compromiso desde siempre con la protección de los derechos humanos”.
La empresa también ha estrechado lazos con el Departamento de Seguridad Nacional y la agencia de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de Estados Unidos, con la que lleva muchos años trabajando. Cuanto más dinero invierte Trump en estos organismos, más beneficios cosecha Palantir. En abril salió a la luz un contrato de 30 millones de dólares que la empresa había conseguido para construir una plataforma llamada ImmigrationOS para el ICE, que no solo agregará datos del Gobierno, sino también información de redes sociales y registros de ubicación de teléfonos móviles. Palantir sostiene que ellos no hacen políticas, que solo proporcionan herramientas. Pero es falso. Si el Gobierno carece del conocimiento necesario para saber qué conclusiones se pueden extraer con seguridad de unos datos, entonces tendrá que guiarse por herramientas como estas. Eso sin mencionar que Palantir está apoyando medidas que incluyen secuestros en plena calle en Estados Unidos por parte de agentes enmascarados, elaboración de perfiles raciales y detenciones ilegales.
Debido al momento en que se publicó el libro, Steinberger no puede examinar con el detalle que merece esta transformación de Karp, su empresa y su política. En un epílogo, rememora un encuentro con Karp el fin de semana del 4 de julio, tras las protestas frente a las oficinas de Palantir y las dimisiones de empleados por los contratos de la empresa con el ejército de Israel. La conversación está parafraseada en su mayor parte y dista mucho de ser satisfactoria. Karp, tradicionalmente partidario de los demócratas –no hace tanto, en agosto de 2024, dijo que no votaría a Trump–, parece impasible ante la depravación moral que ahora impregna la obra de su vida y, en cambio, culpa a los progresistas de las políticas del Gobierno. “Estoy harto de que la gente de izquierdas fomente los movimientos populistas de derechas porque no se comportan como adultos en estas cuestiones”, afirma, antes de añadir: “Ser impopular paga las facturas”.
Es un comentario improvisado, pero funciona como lema para la república tecnológica de Karp. Este es el mito comunal y el propósito nacional que ha estado buscando: el ejercicio del poder, sin el lastre de la ética y ricamente recompensado.
James Vincent, Todos tus datos nos pertenecen: el auge de Palantir, ctxt 21/11/2025
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