La necessària reinvenció d'Europa.
Europa está comprando tiempo. El mundo para el que estaba preparada ha desaparecido: el epicentro se decanta al Indo-Pacífico por razones demográficas y económicas, y hay una pujanza del poder duro para el que está mal equipada. Europa hizo malas apuestas hace 20 años: el poder blando y los valores liberales retroceden ante una geopolítica durísima. Somos los vegetarianos invitados a una cena de caníbales.
Hay que invertir para desenchufarse de la energía rusa. Hay que gastar contra el cambio climático. Hay que readaptar la economía a la revolución tecnológica. Y sí, nos toca pagar la factura en Gaza, y ya veremos en Ucrania
Vivimos en una era más posliberal que posdemocrática. La democracia sigue ahí, aunque su versión moderna es básicamente el Gobierno de la mayoría. Las elecciones no van a desaparecer, lo que desaparece son las restricciones al poder ejecutivo. No hay contrapesos. Y eso coincide con una polarización brutal: no hay instituciones independientes porque cada bando cree que si no toma el control lo tomarán sus enemigos.
Europa es una rareza porque está formada por dos docenas de Estados pequeños y medianos. No podemos volver al Estado nación: seríamos irrelevantes. Y ha desaparecido el apetito por más integración, con opiniones públicas cada vez más escépticas. La ultraderecha, que quería abandonar la UE, ha dejado atrás esa idea de romperla: Orbán es el principal aliado de Trump en Europa, pero su verdadera apuesta es China, y eso solo tiene sentido si Hungría forma parte del mercado único. La ultraderecha era antiamericana, pero ahora se alía con Trump: en una revolución, las identidades son sumamente volátiles. Eso tiene unas consecuencias que apenas hemos empezado a ver.
Europa sigue dependiendo de la tecnología y la seguridad estadounidense. Desvincularse de Washington es un objetivo loable, pero ilusorio. La UE va a recibir enormes presiones por ambos lados. En la guerra comercial, nuestros instintos son proamericanos, pero la sobreproducción de China puede destruir la industria europea de las renovables o los coches. Somos víctimas de nuestros fracasos, pero también de nuestros éxitos. La desmilitarización es lo que perseguíamos en 1945: ahora es fuente de inseguridad. El poder blando es atractivo: pero llegan los migrantes y los vemos como una amenaza.
La democracia, como el capitalismo, es mutante: eso fortalece a los sistemas. La pregunta es cómo nos vamos a reinventar ahora: de las guerras salimos con esa idea genial que es el Estado del bienestar, pero a ver quién que se saca de la manga otra genialidad con el declive demográfico e industrial de Europa, con su retraso tecnológico, con ese velo del pesimismo que todo lo envuelve y que es una estupidez porque termina siendo una profecía autocumplida. EE UU y China nos llevan 10 años de ventaja. ¿Dónde van a invertir su dinero los fondos de pensiones europeos? Esa es la cuestión.
No tenemos un Estado Mayor ni una defensa común. Hemos llegado tarde a los drones: hay que preguntarse qué será lo siguiente. Los europeos están convencidos de que el mundo los ama, pero no es así. Por el peso de la historia: fuimos un imperio. Y por ese acento en los valores y en el poder blando: muchos nos ven como hipócritas o como débiles, porque no pintamos en Gaza ni en Ucrania.
Lo más radical de los ultras no es que cambien las respuestas: es que cambian las preguntas. ¿Algunas de las ideas del trumpismo pueden ser parte de la solución? Es probable. ¿Puede Trump destruir el proyecto europeo? También es probable. La versión más optimista es que puede acabar siendo el pegamento que una a Europa. La menos optimista es que puede lograr lo que Putin nunca logrará: dividir Europa, porque alinearse con Trump es una tentación para algunos países.
Claudi Pérez, entrevista a Ivan Krastev: "El excesivo pesimismo europeo es una estupidez, una profecía autocumplida", El País 02/11/2025
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