"Vivim encara en l'era de la veritat, de la veritat difícil" (Daniel Innerarity)
La idea de que vivimos en una era de la posverdad es un mal diagnóstico de un problema real. El actual aumento de los bulos no depende de una insólita maldad que acabamos de descubrir en gobernantes y periodistas, sino del simple hecho de que ha aumentado la cantidad de la comunicación. Cuando no era necesario comunicar nada y las decisiones no venían precedidas de argumentos para justificarlas, no hacían falta ni las verdades ni las mentiras porque las decisiones no requerían una explicación o motivos convincentes. Con la obligación democrática de justificar las decisiones de gobierno comienza a tener sentido apelar a la verdad de tal justificación. Como esa justificación no es casi nunca evidente e incontestable, se genera todo un espacio público de discurso donde hay muchas más cosas que objetividad. El pluralismo político responde a esta diversidad de criterios y puntos de vista.
Podría objetarse que esto solo explica el pluralismo en el seno de la comunidad de quienes estiman la verdad, pero no qué pintan aquí quienes mienten descaradamente, que habrían abandonado así la comunidad de los sinceros, responden a una lógica que no tiene ningún sentido político y no estarían al alcance de la persuasión política. Pues bien, mi hipótesis es que este diagnóstico es equivocado y no hace otra cosa que aumentar nuestra impotencia frente a la mentira. Los mentirosos parecen liberados de la obligación de la verdad, pero no lo están respecto del imperativo democrático de justificar, aunque lo hagan de una manera tan detestable. También la mentira es uno de esos vicios que realizan inesperados homenajes a la virtud.
Pero la búsqueda de culpables promete una recompensa más tranquilizante que el análisis de las causas y los efectos. Cuando se trata de explicar el inmerecido éxito de la mentira en política, alivia más identificar a un malvado que descubrir una paradoja. Puestos a magnificar las cosas, la culpa sería de toda una época, y hay quien tiene una denominación que inquieta y tranquiliza a la vez: nos encontraríamos en la era de la posverdad, posfáctica, de los hechos alternativos, es decir, en un tiempo histórico en el que la verdad habría dejado de importarnos. Ahora bien, si hablamos de una época en que la verdad es irrelevante, estaríamos indirectamente justificando el desinterés por saber si algo es verdad. Donde todo es mentira, nada lo es; si la cuestión de la verdad nos preocupa, es porque la verdad es posible y no nos resulta indiferente, o sea, porque todavía vivimos en la era de la verdad, de la verdad difícil, por supuesto, pero no en el nihilismo que denuncian los antirrelativistas.
Podríamos sostener exactamente lo contrario que tales denunciantes: aunque haya más mentiras que en otros momentos históricos y nos encontremos en espacios informativos desregulados, nunca la cuestión de la verdad nos había interesado tanto ni se había planteado con tanto dramatismo; la dificultad de distinguir lo cierto de lo falso impulsa, tal vez como ninguna otra época histórica, un deseo de verdad que ha puesto en marcha diversas instituciones de comprobación y control, como las agencias de verificación, la demanda de políticas basadas en evidencias o las mediciones de impacto legislativo. La evidencia goza de buena reputación también en una época acusada de relativismo. No deja de tener su ironía que quienes mienten lo hagan apelando a algo indiscutible como el sentido común o la exhibición de lo convencidos que están. Los mentirosos de la ultraderecha suelen manejar más evidencias que los liberales pluralistas, estos últimos más dispuestos a relativizar sus convicciones. Muchos escépticos lo son porque tienen una visión muy elevada de la verdad, porque no se conforman con cualquier cosa, y de este modo reverencian la verdad más que quienes están todo el día con ella en la boca. Si existe el pluralismo, no es porque haya desaparecido la verdad, sino porque generalmente no se nos da como una objetividad indiscutible. La verdad no está ahí fuera, visible y al alcance de todos los que miran en la misma dirección; en este mundo ruidoso en el que vivimos, cada uno tiene que hacer un trabajo, a veces muy esforzado, de atención, interpretación y juicio para decidir qué puede aceptar como real. Debido a esa laboriosa intervención en el mundo de las percepciones, hay una cierta variación en nuestros juicios acerca de la realidad y el pluralismo político se apoya inicialmente en esta variedad.
Un recurso para recuperar la objetividad sería apelar a las evidencias de la ciencia, lo que parece muy saludable si no fuera porque así vuelve a incurrirse en errores de diagnóstico. Tratar de superar el vértigo producido por el caos de opiniones exhortando a que confiemos más en la ciencia es una solución insuficiente, que remite a la pregunta acerca de en qué ciencia hemos de confiar más y en qué doctrina dentro de cada ciencia, divididas como están en escuelas y tradiciones a veces muy enfrentadas. Las ciencias, además, disponen de muchas evidencias, pero no todo lo que sostienen tiene el mismo carácter incontrovertible y en ocasiones, para muchos problemas, sus evidencias son escasas. Quienes diagnostican la era posfáctica hacen gala de un empirismo ingenuo y defienden una idea unitaria de la ciencia que no se corresponde con su pluralismo y sus controversias.
No estamos en la era de la posverdad, sino en una en la que hay tanto ruido que es difícil encontrarla entre demasiadas opiniones que reclaman ser verdaderas. No confundamos el pluralismo con la inexistencia de la verdad, que es lo que les gustaría que pensáramos a quienes no le tienen ningún aprecio.
Daniel Innerarity, ¿Posverdad?, La Vanguardia 29/11/2025

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