La mort de Mr. Wonderful
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Quizás nos precipitamos al decretar la muerte de Dios. De la que sí podemos estar seguros es de la muerte de Mr. Wonderful. Su bancarrota no es solo el cierre de una empresa: es el epitafio de una época. Mr. Wonderful fue el icono sonriente de una ideología del yo que convirtió la autoayuda en religión y la autoestima en sacramento. Sus dogmas eran simples y seductores: “Cree en ti”, “tú puedes con todo”, “sé la mejor versión de ti mismo”. Un catecismo de la salvación por el yo. Pero esa fe en la autosuficiencia —vestida de frases cursis y colores pastel— no podía sostenerse mucho tiempo. El imperio de las tazas motivacionales se derrumbó cuando una generación exhausta comprendió que no podía más, que el optimismo ya no curaba su tristeza. La quiebra de Mr. Wonderful es la confesión cultural de que el yo no basta y de que quizá, ha llegado la hora de volver a creer en algo más grande que uno mismo. Ha llegado la hora de trascender.
Simone Weil describió dos fuerzas que rigen el alma: la gravedad, que nos arrastra hacia abajo, hacia el ego, el deseo y la necesidad; y la gracia, que nos eleva más allá de nosotros mismos, hacia lo impersonal, lo divino, lo real. Ambas laten, en tensión, en el videoclip de Rosalía. En la primera mitad domina la gravedad: el cuerpo como campo de batalla, el deseo como impulso que consume, el yo que busca salvarse poseyendo. Es la caída del alma en la materia, la danza hipnótica de quien confunde la libertad con la expansión infinita del propio deseo. En la segunda mitad acontece la gracia: cuando el yo, exhausto, se rinde. Cuando ya no queda nada que exhibir, ni que poseer, ni que ganar, y solo entonces se abre un resquicio a lo otro. Weil lo sabía: la gracia solo desciende sobre quien se vacía. Y Rosalía, en ese tránsito de la euforia a la desnudez, nos muestra justamente eso: que en la rendición comienza la salvación.
El auge del catolicismo entre los jóvenes —ese retorno inesperado a los rosarios, las peregrinaciones y la misa— no es una moda, sino una respuesta espiritual a una herida cultural. Tras décadas de relativismo, hiperindividualismo y narcisismo digital, una parte de la juventud ha descubierto que la libertad sin sentido es solo otra forma de esclavitud. Frente al yo autónomo y emprendedor que el neoliberalismo elevó a divinidad, buscan lo comunitario, el símbolo, el rito. Frente al “sé tú mismo”, prefieren el “no soy yo quien vive, sino otro en mí”. Se trata de una reacción metafísica a la intemperie espiritual en la que han crecido. Las parroquias, las procesiones o los cantos gregorianos no les atraen como reliquias, sino como refugios frente al ruido, como espacios donde el alma puede respirar. En ellos encuentran algo que la posmodernidad y cultura digital les negó: la experiencia del silencio, de la atención, del misterio compartida y de la esperanza. Sus padres buscaron emanciparse de toda autoridad, ellos re-ligarse con el motor del mundo, anclar sus vidas a la Vida.
Este regreso a la fe no nace del miedo, sino del cansancio del vacío. Lo que hay detrás es hambre de absoluto: el deseo de creer en algo más allá de estas ruinas que les hemos legado. En su búsqueda, la religión deja de ser un dogma heredado y se convierte en un acto de resistencia: una afirmación del espíritu frente al vacío. En ese movimiento de ascenso hacia la gracia, puede que esté germinando la respuesta más radical de nuestro tiempo. Quizá, el gesto más revolucionario ya no sea romperlo todo, sino arrodillarse ante lo que nos sobrepasa. Los hijos del vacío buscan un nuevo nombre para la esperanza. Saben que el alma no se llena con likes, ni el cuerpo con placeres infinitos, sino con presencia, comunión y trascendencia. Rosalía no canta que nacimos tarde, sino justo a tiempo para salvar el alma y, con ello, el mundo.
Eduardo Infante, Rosalía, los herederos del vacío y el retorno de la fe, Retina novembre 2025

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