Deixar en mans de les màquines la nostra vida.
| Marc Andreessen |
Los directivos de las grandes empresas tecnológicas estadounidenses y sus ideólogos de cabecera llevan tiempo realizando afirmaciones sobre el futuro de la humanidad que han sembrado la inquietud en todas partes. Algunos han abrazado directamente una visión apocalíptica de la historia y consideran que el momento decisivo está cerca y que la probabilidad de que nuestra especie llegue a su fin es alta. Pero, ni siquiera las proclamas de los del otro lado, los ultraoptimistas, cada vez más escasos, resultan tranquilizadoras. Estos dibujan un futuro muy prometedor conseguido gracias a las nuevas tecnologías, pero cuando vamos a los detalles lo que resulta solo parece un mundo deseable (y alcanzable) para unos pocos.
Marc Andreessen, en su “Manifiesto del tecnooptimismo” escribe: “Una crítica común a la tecnología es que nos privaría de toda elección, ya que las máquinas tomarían las decisiones por nosotros. Eso es cierto, sin duda, pero también queda ampliamente compensado por la libertad de crear nuestra vida que se deriva de la abundancia material creada por nuestro uso de las máquinas”.
Es decir, que a Andreessen le parece muy bien que las decisiones fundamentales de nuestra vida las tomen las máquinas, porque a cambio tendremos la “libertad” de disponer de toda la profusión de cosas que las máquinas crearán para nosotros. No hace falta, sin embargo, darle muchas vueltas al asunto para detectar la trampa. La respuesta a esto la dio ya Ortega y Gasset a finales de los años 30, en su Meditación de la técnica. Allí el madrileño, en un ejercicio filosófico pionero, nos advertía: “la técnica, al aparecer por un lado como capacidad, en principio ilimitada, hace que, al hombre, puesto a vivir de fe en la técnica y solo en ella, se le vacíe la vida. […] De puro llena de posibilidades, la técnica es mera forma hueca —como la lógica más formalista—; es incapaz de determinar el contenido de la vida”. Casi una década antes, en su obra más conocida, La rebelión de las masas había puesto ya el dedo en la llaga: “vivimos en un tiempo que se siente fabulosamente capaz para realizar, pero no sabe qué realizar. Domina todas las cosas, pero no es dueño de sí mismo. Se siente perdido en su propia abundancia. Con más medios, más saber, más técnicas que nunca, resulta que el mundo actual va como el más desdichado que haya habido: puramente a la deriva”. A Andreessen esto le parecería a buen seguro una preocupación sin fundamento: si tenemos un raudal de bienes a nuestra disposición gracias a las máquinas, ¿quién quiere seguir tomando decisiones importantes sobre su vida (a riesgo de equivocarse gravemente)? Que decidan ellas. A esta mentalidad es a la que Ortega llamó “crisis de los deseos” y era, según su análisis, la consecuencia más notable de la hipertrofia de la técnica.
Pero no son los ultraoptimistas los que llevan ahora la voz cantante en Silicon Valley. Todo lo contrario. En las fiestas que allí se organizan, de lo que se habla es del apocalipsis. Lo cuenta Kylie Robinson en un artículo del 11 de junio de 2025 para la revista WIRED. La idea que más gusta a los apocalípticos de allí es la de que se les deje las manos libres para crear una superinteligencia artificial que aprenda a hacer el bien. Los humanos tal como los conocemos no tendrían, pese a todo, futuro, porque no podrán competir en nada con esa o esas máquinas superinteligentes, pero podrían hacer algo que los apocalípticos ven como la salvación, como la llegada a la Nueva Jerusalén, a saber: integrarse con las máquinas superinteligentes volcando sus mentes en ellas. Algo que consideran sencillo si se cuenta con la ayuda de esas superinteligencias.
Todo esto, claro está, no son más que patrañas elaboradas por aquellos que tratan de vender su producto mediante propaganda, haciendo creer que sus servicios son fundamentales para el que quiera triunfar en la sociedad y en la política (hoy, para quien quiera triunfar en la economía o en la cultura, por ejemplo). Está claro que mienten, y que lo hacen a sabiendas, porque solo así pueden mantener la situación forzada y distorsionadora que ellos mismos han creado sobre sus propios negocios. Sus empresas dependen de que los grandes inversores sigan creyendo en sus mentiras. Aunque alguno de ellos es lo suficientemente desnortado como para creerse sus propias mentiras. Llaman inteligencia comparable a la humana a sistemas generativos de lenguaje que no distinguen la verdad de la falsedad, que no saben que sus palabras se refieren a una realidad, que prefieren dar una respuesta segura a averiguar si es correcta mediante comprobaciones independientes, que no asumen responsabilidad alguna por decirle a alguien que una seta venenosa es comestible o que un medicamento peligroso puede ser útil para tratar una enfermedad, o por indicarle a un adolescente con problemas psicológicos que el suicidio puede ser una buena opción.
Lo preocupante es que estos discursos sofísticos están saliendo de uno de los grandes centros de poder mundiales y que el puñado de personas que los promueven controlan las grandes empresas tecnológicas que están intentando configurar nuestro futuro para los próximos años (aunque ellos querrían que fuera incluso para los próximos miles de años). El daño que con todo ello están haciendo a la investigación seria en IA y al desarrollo de este campo de estudio lo iremos viendo con el tiempo. Pero, con todo, el daño real que están produciendo ya es el que se ejecuta a través de la política. Los ideólogos de este movimiento se han convertido abiertamente en enemigos de la democracia, a la que no le perdonan que busque proteger los derechos de los ciudadanos mediante regulaciones que limiten el poder de sus empresas. Por eso, Europa y su regulación de la IA se ha convertido para ellos en el principal enemigo. Entretanto, además, están intentando tomar las riendas de la política estadounidense y de sus decisiones geoestratégicas. Los nuevos gurúes tecnológicos se sienten incómodos encerrados en las estrechas lindes de su área tecnológica. Quieren salir de ahí y, como San Pablo, llevar el mensaje a todas partes. Quieren poner su sello en la política, la filosofía e incluso la religión del futuro.
*Antonio Diéguez Lucena es académico de número y catedrático de Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Málaga.
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