Conspiracionisme i necessitat de sentit.
Cuentan por ahí que en el principio, al parecer un domingo, Dios creó los cielos y la tierra, pero la tierra estaba hecha un desorden, y, para peor, las tinieblas cubrían la faz del abismo, y ese día el espíritu de Dios no hacía más que moverse sobre la superficie de las aguas, es que no había mucho más para hacer. Esa semana, Dios se tomó los días de oficina para crear cosas, pero sobre todo para nombrarlas, porque esa parece ser la manera en que los dioses de los pueblos del Mediterráneo oriental y Mesopotamia crean, dándole nombre y estructura a un caldo primordial de indeterminación, lo que hoy nombramos con la palabra caos, justamente, la primera de las entidades primordiales de Hesíodo (Χάος, también presente en Aristófanes, Platón, Aristóteles y varios más), un abismo informe que, mediante un discurso organizante, adquiere forma y sentido. Si bien algunas doctrinas religiosas desarrollaron posteriormente otras ideas, en el Génesis, la teogonía hesiódica o las mitologías mesopotámicas, la creación no se entendería como la acción de tomar una materia prima (o incluso la nada) y con ella construir seres que antes no existían, sino como el acto de poner orden, de dotar de sentido a esa masa informe que es el mundo presimbólico. Y, justamente, ese ordenamiento es una de las funciones sociales que han cumplido las religiones y, en general, los sistemas de creencias trascendentales, y también muchas otras formas de pensamiento que, más que conjunto específico de enunciados con un sentido semántico, son sistemas de ordenamiento del mundo.
En las décadas de auge del neoliberalismo (entre los ochenta y los dos mil) se había establecido cierto consenso acerca del debilitamiento de esos grandes sistemas, una idea presente en los discursos acerca de la crisis de los grandes relatos o del fin de la historia y que era de por sí parte de un gran relato. Pero en los últimos años han ganado un gran protagonismo nuevamente estos sistemas explícitamente orientados a la estructuración y dotación de sentido de un mundo crecientemente complejo. Además de la nueva vitalidad de viejas religiosidades y el surgimiento de nuevas espiritualidades (ancladas a las religiones o no) y mesianismos trascendentales y políticos, el conspiracionismo ha ganado gran visibilidad y protagonismo, movilizando gente, metiéndose en la agenda mediática y gubernamental y, sobre todo, brindando un sistema mediante el cual las personas pueden entender el mundo de una manera general al mismo tiempo que integrar cada acontecimiento relevante al sistema que comprende.
Uno de los puntos más atractivos del conspiracionismo es que otorga a las personas un marco interpretativo mediante el cual los complejos acontecimientos que observamos diariamente, tanto local como globalmente, pueden entenderse de una manera relativamente clara, y la amorfa indeterminación que parece ser el mundo adquiere sentido. Así, los conspiracionistas pueden desarrollar narrativas en las que las crisis financieras, la pandemia de Covid-19 y la muerte de Santiago Maldonado, pero también la revolución francesa, la autopsia del extraterrestre encontrado en Roswell en 1947 y el videoclip de Abracadabra de Lady Gaga, son explicadas mediante un dispositivo conceptual a la vez sencillo y capaz de explicar todo aquello que tiene cierto nivel de relevancia en el mundo de interés del conspiracionista.
Seamos sinceros, todos creemos en alguna conspiración, y a veces tenemos razón. Es que las conspiraciones existen, la gente lleva adelante planes ocultos para obtener ciertos objetivos. Por lo que, a veces, elaborar una teoría conspirativa acerca de algo, es decir, atribuir como causa una acción coordinada y oculta de parte de un pequeño grupo de personas u organizaciones no solo no es un comportamiento irracional y paranoico, sino una forma perfectamente racional de evaluar la realidad social y política. A fin de cuentas, quienes dijeron que el gobierno estadounidense estaba inoculando sífilis a ciudadanos negros tenían razón, al igual que quienes dijeron que existía un plan represivo coordinado por las dictaduras del Conosur y con participación de la CIA, y también quienes afirmaron que la niña que declaró ante el Comité de Derechos Humanos del Congreso estadounidense mentía al decir que el ejercito iraquí había asesinado a 300 bebés (¿les suena?).
Con el impulso del movimiento antiglobalización agotado, las crisis financieras y de deuda de 2008 y 2012, así como el problemático rol que jugaron algunos de los principales organismos de la globalización capitalista de las décadas anteriores (en particular, el FMI y el BCE), se generó un campo fértil para el desarrollo y la diseminación de una nueva versión del antiglobalismo, que ya no rechaza el capitalismo neoliberal ni el militarismo neocon, sino que, bajo el liderazgo de políticos nacionalistas de ultraderecha, incluidos los nacionalistas del antiguo bloque soviético (quienes, en su momento, fueron apoyados por Occidente neoliberal), defiende una nación soberana imaginaria, rechazando la migración y las políticas internacionales climáticas, sanitarias y de derechos (al tiempo que abraza la desregulación, la privatización y las finanzas del capital global).
El conspiracionismo contemporáneo se conforma de una larga tradición de cinco siglos de narrativas acerca de grupos secretos infiltrados en todas las instancias relevantes, que tienen el objetivo de destruir todos los fundamentos de la sociedad, y que están vinculados a prácticamente todos los acontecimientos importantes. Así como para los Movimentarios (la secta que lograba reclutar a gran parte de los habitantes de Springfield en Los Simpsons) el líder hace el rayo y el trueno e inventó la clave Morse, para el conspiracionismo contemporáneo la conspiración está detrás de todo lo que sucede en el mundo.
Cuando hablo de totalidad en el conspiracionismo no me refiero solamente a que la conspiración afecte a la totalidad del mundo (todo un país, todo un continente, todo un planeta), sino que la conspiración es el elemento mediante el cual se puede interpretar la totalidad del mundo, es lo que define el universo de lo pensable por el conspiracionista, porque es lo que da sentido a todo. Y como el conspiracionismo no trata acerca de denuncias específicas, sino sobre la interpretación del mundo, elaborando un marco explicativo general en el que cada acontecimiento obedece a la regularidad de la conspiración (un camino de arriba hacia abajo), mientras construye dicha conspiración a partir de los acontecimientos específicos (un camino de ida y vuelta).
Por ello, el conspiracionismo es capaz de adaptarse a los distintos contextos, incorporando temas de coyuntura o que el conspiracionista descubre casualmente y entiende como parte de esa conspiración, leyendo la actualidad noticiosa en clave conspiracionista, interpretando elementos que antes no le eran relevantes como centrales una vez que estos adquieren importancia y descartando aquello que ya no parece tan central. Así, un conspiracionista puede adoptar en un momento el negacionismo climático, luego un soberanismo nacionalista, más tarde un rechazo a la perspectiva de género, y finalmente un integrismo religioso, y aunque pueda contradecirse semánticamente, su pensamiento se mantiene consistente.
Esta homeostasis también sirve para proteger al conspiracionismo de las contradicciones, tanto dentro de su discurso como entre su discurso y el exterior. Por ejemplo, un conspiracionista puede denunciar al globalismo financiero, pero al mismo tiempo apoyar a políticos que defienden los capitales financieros transnacionales cuando desahucian jubilados o se adueñan de los recursos naturales (como Santiago Abascal o Viktor Orban), o a empresarios extranjeros que intentan interferir en la política local (un caso evidente es el de Elon Musk), pero el conspiracionismo les brinda una salvaguarda. Por ejemplo, algunos banqueros y empresarios son vistos como buenos capitalistas defensores de la libertad y la civilización occidental cristiana, mientras que otros son considerados judíos comunistas ateos que buscan instaurar un gobierno mundial.
Si el conspiracionismo es una estructura simbólica que establece un marco interpretativo para una realidad compleja y conflictiva, pensarlo en clave mítica —con su cosmogonía, magia parasimpática y escatología—nos ayuda a entender cómo funciona en tanto totalidad. De esta forma, se entiende que el pensamiento conspiracionista resuelve los conflictos y llena de manera satisfactoria los huecos de sentido que la realidad presenta, protegiendo las convicciones del conspiracionista y su lugar en el mundo. De esta manera, los problemas que observa no son causados por fallas estructurales del sistema capitalista, las exclusiones fundacionales de los estados nación o la influencia negativa de las potencias occidentales en el mundo, sino por la acción total de una conspiración que permea todo cuanto existe.
El conspiracionismo, tal como otros sistemas de creencias, proporciona un marco coherente para interpretar un mundo lleno de complejidades y contradicciones. Su fuerza y atractivo radica en su capacidad para ofrecer un sentido claro, en el que cada acontecimiento tiene un propósito, cada actor una intención, y cada fenómeno del presente se conecta con una continuidad histórica. Así como las ideologías políticas o las ideas religiosas, el conspiracionismo organiza la realidad de manera que, para quienes lo adoptan, no hay lugar para la incertidumbre. Es una forma de enfrentarse al caos (ese abismo de indeterminación), de estructurar la realidad según una narrativa totalizante que otorga un sentido unificado a lo que, de otro modo, podría parecer desconectado e incomprensible, y, en gran medida, angustiante.
* Este texto incluye ideas de la tesis doctoral Teoría y praxis de la conspiración. Blogs y sitios de teorías conspirativas en castellano.
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