Fer equilibris.
| by Eric Zener |
De una u otra manera vivimos en la incertidumbre. No está
mal conocer los riesgos, pero cuando ocupan todo el espacio, ya sólo cabe hacer equilibrios. En multitud de
ámbitos, cada vez se hacen más improbables, si no determinados fundamentos, sí
al menos algunos terrenos estables. Lo que hay se torna movedizo, inconsistente,
inestable. La intemperie se ha
revelado en su esplendor y en algunos casos se presenta en su más cruda verdad,
en las diversas y radicales maneras de hambre,
que remiten a la más decisiva y elemental, la de una necesidad sin adjetivos.
En definitiva, no hay
vida sin riesgo, pero no resulta fácil vivir en un permanente precipicio. No se
trata de un mayor o menor atrevimiento
sino simplemente de indefensión. Se
propicia de este modo un temor no
siempre explícito que lo puebla todo de reticencias y de cautelas y que podría
ser la antesala de alguna forma de docilidad,
que se presentaría como razonable. Casi se requeriría como mejor condición la
de ser habilidoso para
desenvolverse. Tal capacidad no siempre estaría sustentada en el buen quehacer
y en el conocimiento sino, por lo que se ve, en una serie de destrezas cuyo
único fin consistiría en no caer, al menos uno mismo. El objetivo primordial no
sería ya llegar, sino simplemente mantenerse.
Con tal planteamiento, el temor de unos garantizaría que para otros los riesgos
son imperceptibles.
En una sociedad en la
que el razonable temor consistiera en cómo
conservarse no es preciso subrayar en qué valores se entronizaría. Cada
quien habría de estar tan cuidadosamente pendiente de sus propios avatares, de
su delicada situación, de los desafíos que le acucian, de las respuestas que ha
de dar, que de hecho ya le parecería bastante con tener que sostenerse. Cualquier mirada desplazada
o cualquier desatención a los propios asuntos resultarían fatales. Todo se
reduciría a sobrellevar la coyuntura.
En tal escenario, cabrían dudas de que lo más innovador o lo más emprendedor
consistieran en dar un salto al vacío,
en nombre de la audacia.
Si acabamos situándonos en condiciones extremas, el
único horizonte será perseverar en el equilibrio. Y si se insiste
en ello, pronto se comprenderá que no encontraríamos alivio ni consuelo alguno
en considerar que cada quien se debate en su propio alambre. Esa comprensión,
con independencia de la buena voluntad, acabaría teniendo el rostro de un individualismo insolidario. Y, además,
en nombre de la sensatez. Puestos a conducirnos al límite, no es éste al que deseamos
vernos abocados. Lo peor no sería la falta de expectativas, sino que resultara
indiferente tenerlas.
No ha de infravalorarse la extraordinaria capacidad de quienes se sobreponen a las más complejas dificultades. El afán y la competencia de muchos resultan al respecto deslumbrantes. Sin embargo, no cabe ampararse en ello para reclamar en cada caso lo que quizá no ofrecemos. Sin duda, sólo con tesón, insistencia y enorme cuidado puede abordarse la singular posición en la que, y no cada día menos, se encuentran. Ahora bien, a pesar de la ostentación que algunos hacen de su facultad de arriesgar, no parece fácil considerar que, a la luz del estado de otros, eso sea tan atrevido. Y no sólo porque pueden permitirse las debidas precauciones, sino porque acostumbran a disponer de diferentes posibilidades y de espacios de reacción. De no ser así, ni siquiera lo llamarían riesgo, lo considerarían un suicidio. Esto es, su riesgo, como dicen, es sensato, con oficio, con reservas, Y en los peores casos las reservas proceden de los otros, son precisamente ellos.
De ahí que sea tan desazonador ser entusiastamente
convocados, sin propiciar condiciones, a una emprendedora y colectiva labor de
superación. No porque no sea necesaria, sino porque ni siquiera se comparten
los riesgos. Y no es una simple cuestión de cantidad, sino de alcance y de
sentido.
Quizás una y otra vez
no pocos han vivido en la compleja y a la par simple tarea de escuchar con asombro las llamadas a la contención y
al mismo tiempo al riesgo, en muchas ocasiones proferidas por quienes no
siempre conocen lo que significa el peligro permanente, el de perder de verdad.
Por eso, incluso para invocar valores desde la convicción de que son necesarios,
conviene no cegarse por la ignorancia
y la insensibilidad y desde ellas
iniciar una verdadera campaña para requerir aquello en lo que quienes reciben
las invocaciones y los avisos han vivido
y viven permanentemente.
Puestos a reivindicar con razón el riesgo y el atrevimiento del pensar, hemos de no ignorar ni de olvidar hasta qué punto adoptan formas contundentes de supervivencia en tesituras de indefensión constante. Y ello ha de inducirnos a considerar, no el papel secundario del pensamiento, sino su lugar asimismo determinante para abordar sus necesidades. Éste es otro equilibrio, el de la conjunción y conjugación de los valores, el del establecimiento de las prioridades y el del cuidado y el pudor de no hacer ostentación de los riesgos que uno corre ante quienes siempre se encuentran en situación extrema. Quien pretenda dar lecciones de riesgo, ha de tener en cuenta que si en esto hay clases no han de ser de superioridad sino de constatación de la realidad, lo que exige tener en cuenta las arriesgadas existencias ajenas.
El riesgo no se agota
en una actitud, ni en una disposición, ni siquiera sólo en una intervención.
Requerimos el riesgo de la palabra que es capaz de acompasar, y no sólo de acompañar, lo que hacemos, de un decir que,
como Hölderlin nos recuerda, es “más arriesgado que la propia vida”,
aquel que procura nuevas posibilidades y que resulta poético precisamente por
el alcance de su puesta en cuestión y su capacidad de creación. Quizá por ello
sea tan peligroso decir de verdad, porque uno aprende a que sólo es posible
escuchando, sin ceder ante cualquier convocatoria. Ni aunque sea la de un
supuesto atractivo riesgo para finalmente ofrecernos el señuelo de asentarnos con mayor seguridad.
Ángel Gabilondo, Clases de riesgo, El salto del Ángel, 09/04/2013
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