"La Filosofía
hace magnánimo al arquitecto, y que no sea arrogante, antes flexible,
leal y justo, sin avaricia, que es lo principal; pues no puede
haber obra bien hecha sin fidelidad y entereza. No será codicioso,
ni amigo de recibir regalos; antes procure mantener su reputación
con gravedad y buena fama".Vitruvio, De Architectura.
Marco Vitruvio fue un arquitecto romano que vivió en el siglo I a.C., durante los reinados de Julio César y de Augusto.
Hoy lo conocemos no tanto por su obra arquitectónica cuanto por su obra literaria, por su tratado De Architectura, un ladrillo muy difícil de leer en su lengua original, pero muy interesante si alguien te lo da traducido.
De Architectura, formado por diez secciones o libros
que a su vez se dividen en capítulos, revisa con un carácter
eminentemente práctico todas las tareas relacionadas con el urbanismo y
la arquitectura, desde el diseño de ciudades hasta la construcción de
las armas más apropiadas para su defensa, pasando lógicamente por la
construcción de viviendas, templos, teatros o baños públicos.
Vitruvio no se limita a dar principios generales ni se pierde en
disquisiciones teóricas. Las hay, tiene que haberlas, pero cuando está
con ellas se le nota la impaciencia por bajar a pie de obra y desde allí
discutir sobre lo que realmente le interesa: los cimientos de las
columnas, los zaguanes, los atrios, salones, pavimentos o la
distribución de las estancias según el carácter del propietario.
A veces inicia un libro
hablando de un asunto puramente arquitectónico como la orientación de
los edificios y termina reflexionando sobre disciplinas que
aparentemente nada tienen que ver con la arquitectura, como la
astronomía o la construcción de relojes.
En un mismo libro
puede teorizar sobre el carácter de la arquitectura, reflexionar sobre
la formación de los arquitectos y ocuparse a continuación de la
elaboración de los ladrillos, de la resistencia de la madera o de la
calidad de la arena para hacer el mortero.
Un ejemplo de este seductor desorden
compositivo: en el primer capítulo del Libro III, dedicado a la
composición y a la simetría de los templos, Vitruvio inserta con la
excusa de definir qué es la proporción una serie de medidas presentes en
el cuerpo humano, que fueron utilizadas por Leonardo da Vinci para
dibujar su célebre Hombre de Vitruvio.
Debió de ser este carácter, que a nuestros ojos resulta tan poco
sistemático, debió de ser esta manera de fundir la teoría con la
práctica, las reflexiones filosóficas con la resolución de unos
problemas que estaban más cercanos a la albañilería que a la filosofía,
lo que sedujo a los primeros humanistas italianos.
Este tratado de Vitruvio, recuperado y editado en el siglo XV, ejerció
extraordinaria influencia en los arquitectos del Renacimiento y sobre
todo en el libro que fundó la arquitectura moderna, De re aedificatoria, de Leon Battista Alberti.
Estos humanistas vieron en el tratado de Vitruvio la demostración de
que el saber es un sistema complejo en el que la arquitectura se conecta
con el Dibujo, con la Geometría y con la Aritmética, pero también con
la Óptica, con la Historia, con la Filosofía, con la Medicina, con el
Derecho y hasta con la Astronomía.
Para Vitruvio, el arquitecto no solo debía ser diestro en el Dibujo,
hábil en la Geometría, inteligente en la Óptica e instruido en la
Aritmética. También debía tener preparación literaria y estar versado en
Historia, en Filosofía, en Medicina y en Derecho, porque todas estas
disciplinas tenían, según él, recíproca conexión y mutua conveniencia.
El saber era para Vitruvio una disciplina encíclica,
un cuerpo formado por varias partes, una idea que los humanistas
intentaron recuperar enfrentándose a la Escolástica, el rígido método
científico que por esas fechas hacía furor en los ambientes académicos y
en las universidades.
La idea, la utopía humanista, era que restituyendo la lengua latina
florecerían de manera natural todas las artes y disciplinas que se
habían marchitado con el desmoronamiento del Imperio romano y la
consiguiente corrupción del latín. Porque la Gramática, pensaba, era el
centro del saber.
Y leyendo a Vitruvio uno diría que es así. Cuando el arquitecto romano
habla de las partes de la Arquitectura, su reflexión parece tomada de la
Retórica.
O dicho de otro modo: las partes de que consta la Arquitectura
—Disposición, Euritmia, Simetría, Decoro y Distribución— bien podrían
aplicarse al estudio de la literatura.
El otro aspecto que debió de seducir a los primeros humanistas
italianos que se acercaron a la obra de Vitruvio fue su carácter
eminentemente práctico, su alejamiento de la abstracción conceptual.
No debemos imaginar a los humanistas italianos como un grupo elitista
de ricos notarios complacidos en la adquisición de saberes minoritarios.
Es cierto que los Petrarca, Valla o Leon Battista Alberti gozaban de
una posición económica saneada que les permitía dedicar largos periodos
de tiempo a la búsqueda y edición de manuscritos.
Pero no es menos cierto que tras una primera etapa de complacencia narcisista, aquellos eruditos amateur
se esforzaron para que la recuperación de la cultura clásica que
llevaban a cabo no fuera un fin en sí misma, sino que resultara útil
para la vida.
Esto fue lo que intentó Petrarca en su madurez, tras haberse empapado
de cultura clásica durante su juventud. El clasicismo puro se convirtió,
como dice Francisco Rico con una acertada expresión, en clasicismo
aplicado.
Por eso aquellos hombres debieron de sentir tan cercano un libro que
concebía el urbanismo y la arquitectura no como una exhibición artística
sino como un arte aplicado, como una manera de someter la naturaleza y
de hacer más agradable la vida de los hombres.
He leído la Arquitectura
de Vitruvio en la traducción que hizo Joseph Ortiz y Sanz en 1787 y que
ha sido publicada en edición facsímil por la editorial Alta Fulla de
Barcelona.
Para comprender los afanes de Petrarca y compañía y el significado del
humanismo en el Renacimiento, recomiendo un libro de Francisco Rico
titulado El sueño del humanismo.
TAREA: Constatar con un algún ejemplo que las Humanidades están hoy en
la Universidad española más cerca de la rígida Escolástica medieval que
de los studia humanitatis del Renacimiento.
Antonio Orejudo, El ladrillo de Vitruvio, el diario.es, 08/04/2013
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