Pensament crític contra Fons de Capital Reputacional.

PSIQUIATRIA - Tarragona Centre Mèdic privat


Gastamos miles de millones (miles de millones) en sistemas educativos mastodónticos, ministerios, currículos, oposiciones, planes estratégicos quinquenales con PowerPoints saturados de flechas y palabras como «resiliencia» y «competencias transversales», para que luego llegue un Troll (o ni siquiera un Troll, sino un Bot, una entidad algorítmica) y, en teoría, nos cambie el voto con un par de memes. ¿Dónde ha quedado todo nuestro pensamiento crítico? ¿De qué ha servido memorizar largas listas de falacias lógicas?

La respuesta a esta paradoja no es solo que la educación tiene apenas impacto en nuestro pensamiento crítico o que los algortimos sean particularmente eficaces manipulándonos. Esencialmente el «problema» (dicho con muchas comillas) es que somos seres hipersociales. Anhelamos estatus social. Necesitamos formar parte de un grupo, lo que indirectamente implica estar en contra de otro grupo.

Muchas veces las redes sociales no te cambian el voto como si te reescribieran el firmware ideológico desde cero, sino que te cabrean o te excitan o te movilizan en la dirección en la que ya estabas inclinado. Amplifican. No implantan. Activan una disposición previa que tú ya cultivabas en privado, en conversaciones de cocina, en sobremesas familiares, en el bar, en el grupo de WhatsApp donde todos «bromean» pero nadie bromea del todo. En suma, las redes sociales te conectan con los que piensan como tú. De repente ya no te sientes solo. De repente, puedes ganar estatus a través de esas ideas.

Si aparentemente las redes sociales cambian tu voto o tu ideología (que puede ocurrir, claro que puede) suele ser menos por el Bot o el algoritmo y más por la gente que te rodea, por la necesidad casi fisiológica de pertenecer, de no quedarte fuera del pequeño círculo de aprobación donde se decide quién es sensato y quién es un idiota peligroso. Porque el FCR (Fondo de Capital Reputacional) no solo opera en aldeas neolíticas; opera en Twitter. Opera en el barrio. Opera en tu grupo de amigos del pádel.

Nos encanta pensar que las ideas que consideramos malas, erróneas, negativas, son virus mentales que colonizan cerebros ajenos, pobres cerebros manipulados, mientras que nuestras propias convicciones son el resultado limpio, cristalino, casi destilado al vacío, del Pensamiento Crítico. Ellos infectados. Nosotros lúcidos. Ellos manipulados. Nosotros libres.

Pero la realidad es que todas las ideas son víricas. El pensamiento ex nihilo es abrumadoramente infrecuente.

Porque cuando uno adopta determinadas ideas (políticas, morales, culturales) rara vez lo hace únicamente tras un proceso cartesiano de duda metódica y análisis de datos. Lo hace, en primer lugar, porque esas ideas le otorgan reputación dentro de su grupo de referencia. Y en segundo lugar (que en el fondo es casi lo mismo) porque le permiten conectar, sincronizar, sentirse menos solo en un mundo que, si te soy honesto, da bastante miedo cuando lo miras sin el amortiguador del Nosotros.

El auge de ciertos movimientos que consideramos malévolos, fascistas, antidemocráticos o cualquier otra Idea Mala Sin Ninguna Duda no responde tanto a la brillantez intrínseca de sus argumentos como al auge previo de movimientos que percibimos como una amenaza. Es una dialéctica de reacción. Un movimiento crece porque otro creció antes. Una identidad se endurece porque otra se afirmó primero. Y así sucesivamente, en una especie de recursión social donde cada bando es consciente de que el otro sabe que él sabe que el otro exagera, pero aun así nadie puede permitirse bajar la guardia.

El pendulazo es un hecho sociológico, sobre todo en asuntos ideológicos que no hablan tanto en el plano fáctico como en el plano del capitalismo simbólico: a todo movimiento woke le sigue un movimiento antitético, y así sucesivamente.

Si uno adopta un enfoque cultural profundo (no ese culturalismo superficial que enumera símbolos como quien hace inventario de utilería, sino uno que indaga en los protocolos tácitos de validación, en los rituales de admisión, en las estructuras de incentivos que moldean el deseo mismo de pertenecer), lo que aflora no es una guerra entre mundos radicalmente distintos, sino una disputa intramuros entre facciones formadas en la misma academia invisible. Cambian los lemas. Cambian los hashtags. Cambian los villanos designados. Pero la gramática del prestigio permanece.

Y esto, que suena tremendamente sofisticado cuando lo decimos en clave bourdieusiana o con un barniz de teoría de sistemas, es, en cierto modo, brutalmente simple: si seleccionas durante décadas a personas que demuestran las mismas competencias simbólicas, la misma tolerancia a la abstracción, la misma capacidad de navegar jerarquías implícitas, la misma ansiedad competitiva sublimada en virtud pública, obtendrás personas que, incluso cuando se odian entre sí en Twitter, comparten el mismo metabolismo psicológico.

Lo que quiero decir es que la supuestamente reputada polarización actual puede interpretarse (y aquí me pongo el traje del Academiqués Paródico) como una divergencia axiológica de superficie dentro de un campo estructuralmente homogéneo cuya reproducción se halla garantizada por mecanismos de selección meritocrático-performativos que privilegian disposiciones cognitivas isomorfas, inter alia.

En cristiano: se parecen más entre ellos de lo que admitirían.

Y además también hay algo casi reconfortante y a la vez desolador en esta idea. Reconfortante porque sugiere que el conflicto no es ontológico, que no estamos ante especies distintas; desolador porque implica que las «guerras culturales» podrían ser menos una lucha entre visiones del mundo y más una competencia por el monopolio de la respetabilidad simbólica, es decir, una pelea por quién tiene derecho a definir qué cuenta como discurso legítimo.

La cuestión es que, si no se alteran los criterios de acceso (si no se diversifican no solo las ideologías permitidas sino las estructuras cognitivas, los temperamentos, incluso las vulnerabilidades que el sistema considera admisibles) el resultado será una variación dentro del mismo espectro estrecho. Una pluralidad aparente. Un monocultivo sofisticado.

Y tal vez, aunque esto lo digo con cautela, con esa cobertura casi supersticiosa que uno desarrolla cuando ha visto demasiadas tesis grandilocuentes desplomarse, la única transformación real no vendría de cambiar de bando, sino de alterar los filtros mismos que deciden quién puede convertirse en Capitalista Simbólico (CS), acrónimo que aquí defino como el agente cuya principal fuente de poder es la capacidad de producir, legitimar y circular significados socialmente vinculantes.

Sergio ParraSobre las ideas víricas que llegan de las redes sociales para convertirnos a todos en fascistas irredentosSapienciología 27/02/2026

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