Antihumanisme i Il·lustració Fosca.





En la primavera de los noventa, en un aula de la Universidad de Warwick, un grupo de estudiantes, artistas y programadores escuchaba a Nick Land como quien asiste a una revelación que no acaba de entender. Land hablaba de colapsos, de inteligencias no humanas, de un capital que ya no obedecía a nadie. Aquel núcleo —la Cybernetic Culture Research Unit— mezclaba sin demasiadas jerarquías a Deleuze con la música jungle, la teoría crítica con la ciencia ficción barata. Entre sus miembros estaba Mark Fisher, que años después escribiría con lucidez sobre el realismo capitalista. Pero entonces lo que dominaba no era la crítica, sino la fascinación: la sensación de que el futuro no iba a ser humano, o al menos no en el sentido en que la Ilustración había querido imaginarlo.

Décadas más tarde, ese clima intelectual ha migrado de los seminarios universitarios a los márgenes –cada vez menos marginales– del poder tecnológico. El nombre que cristaliza esa mutación es el de la Ilustración Oscura. El término lo fijó el propio Land en 2012, pero el armazón político procede en gran medida de Curtis Yarvin,  (firma Mencius  Moldbug), un programador convertido en teórico que, desde su blog, fue construyendo una crítica sistemática de la democracia liberal.

La tesis es conocida: la democracia no sería el punto culminante de la historia política, sino una anomalía ineficiente sostenida por inercias culturales. Los políticos no son propietarios del Estado, sino administradores temporales. No tienen incentivos de largo plazo para mejorar el producto (la sociedad), sino solo para ganar la siguiente elección y, siempre según Yarvin, la democracia genera output de baja calidad,  las políticas son resultado de negociaciones y populismo, no de una planificación racional o técnica y es vulnerable a la captura por grupos de interés.

Yarvin describe un sistema difuso —la Catedral— compuesto por Universidades (que forman el marco intelectual), medios de comunicación (que difunden y normalizan ese marco), burocracia estatal (que implementa políticas derivadas de él) y grandes corporaciones (que se adaptan a sus normas). Su función –dice– es crear una realidad epistemológica uniforme. Define qué es razonable, progresista, científico, moral y legítimo. Es el mecanismo que convierte la ideología en hecho social aceptado. Un argumento fuera de esos límites –asegura– no es considerado erróneo, sino ilegítimo, extremo o loco. 

Frente a ello propone una reorganización radical del poder. El Estado, sugiere, debería funcionar como una empresa soberana; el gobernante, como un propietario con incentivos claros; los ciudadanos, como usuarios con capacidad de salida (exit) más que de participación. La imagen del patchwork —un mosaico de microestados-empresa en competencia— sustituye así a la del Estado-nación democrático. No se trata de reformar, sino de reemplazar.

Land toma este esquema y lo desplaza hacia otro registro. Donde Yarvin es, pese a todo, un ingeniero institucional, Land introduce una lógica casi cosmológica. El capitalismo deja de ser un sistema económico para convertirse en una dinámica autónoma, una suerte de inteligencia impersonal que atraviesa a los humanos y los utiliza. La política, en ese marco, pierde centralidad: lo decisivo es la aceleración. No hay que corregir el proceso, sino intensificarlo hasta sus últimas consecuencias, incluso si estas implican la desaparición de lo humano como referencia normativa.

Entre ambos —el arquitecto político y el filósofo de la aceleración— se dibuja un imaginario coherente, aunque no siempre explícito, que ha encontrado lectores atentos en el mundo tecnológico. Aquí aparece la figura de Peter Thiel, menos sistemático en lo teórico pero más decisivo en lo práctico. Su conocida afirmación de que libertad y democracia podrían no ser compatibles ha sido leída, con razón, como una síntesis intuitiva de ese malestar. Thiel no escribe tratados neorreaccionarios, NRx, pero invierte, financia y promueve proyectos y personas que orbitan en ese espacio.

Yarvin formula, Land radicaliza, Thiel traduce

La relación entre los tres no es simétrica, pero sí reveladora. Yarvin formula, Land radicaliza, Thiel traduce. Este último actúa como puente entre un corpus de ideas que durante años circuló en blogs y seminarios y un ecosistema —el de Silicon Valley— donde esas ideas pueden adquirir forma material: empresas, infraestructuras, modelos de gobernanza. No se trata de una aplicación literal; más bien de una afinidad electiva. La preferencia por estructuras jerárquicas claras, la desconfianza hacia la deliberación democrática, la apuesta por sistemas que privilegian la salida (irse del sistema)  sobre la voz (intentar cambiarlo) son rasgos que reaparecen, con distintos matices, en ese entorno.

En ese mapa, Hans-Hermann Hoppe ocupa un lugar de bisagra. Su libro Democracy: The God That Failed funciona como texto de referencia para este entorno: una crítica frontal de la democracia desde posiciones libertarias que, sin embargo, desemboca en una defensa de formas de poder no democráticas. Hoppe recoge la herencia de Ludwig von Mises y Friedrich Hayek —la desconfianza hacia el Estado, la centralidad del conocimiento disperso, el problema del cálculo económico—, pero la empuja hacia una conclusión más dura: la democracia no solo es imperfecta, sino estructuralmente indeseable.

Es significativo que Curtis Yarvin admire ese diagnóstico y, al mismo tiempo, lo considere insuficiente. A su juicio, el libertarismo clásico se queda en un minarquismo débil: reduce el Estado, pero no resuelve la cuestión fundamental del poder. De ahí su insistencia en formas de soberanía explícita, no encubierta bajo procedimientos representativos. Y, en un registro más contemporáneo, Lee Kuan Yew aparece como ejemplo de autoritarismo eficaz: una modernización sin liberalismo .

La influencia de estas ideas en el ecosistema tecnológico y político estadounidense es real, pero también acotada. Figuras como Peter Thiel han contribuido a darles visibilidad y, en ciertos casos, a crear condiciones materiales —redes, financiación, acceso— para que circulen en espacios de decisión. Al mismo tiempo, actores como Elon Musk o J. D. Vance han incorporado fragmentos de ese imaginario, sobre todo en su crítica a la burocracia y su preferencia por soluciones ejecutivas.

Pero conviene evitar la tentación de la hipérbole. No existe una implementación sistemática de neocameralismo ni un tránsito organizado hacia ese patchwork de microestados soberanos. No se trata, por tanto, de una ideología dominante, sino de una corriente de élite. No dirige la orquesta, pero en los laboratorios de IA, en los fondos de capital riesgo y en los foros donde se debate la gobernanza del siglo XXI, sus preguntas son las que están sobre la mesa.


Josep Massot, La Ilustración oscura, El Boomeran(g) 17/03/2026

Comentaris

Entrades populars d'aquest blog

Percepció i selecció natural 2.

El derecho a mentir

Determinisme biològic i diferència de gènere.