Les precondicions de l'èxit de la extremadreta
La ultraderecha no gana en las urnas ni en las redes: gana antes, en las condiciones de vida que moldean nuestras percepciones y afectos.
Al debilitar los Estados de bienestar, elevar la competencia a categoría de “nueva racionalidad” y convertir la vida en una serie de riesgos individuales que deben ser gestionados en solitario, el neoliberalismo ha producido un vasto archipiélago de desarraigos y miedos. El malestar fraguado por cuatro décadas de hegemonía neoliberal no es un mero telón de fondo: es el sustrato, la tierra abonada de precariedad sobre la que florecen los discursos ultraderechistas.
Podríamos identificar, al menos, cuatro “corrientes de fondo” de la gran transformación neoliberal. La primera, la más obvia pero no por ello menos devastadora, sería el brutal aumento de las desigualdades. El neoliberalismo prometió un efecto de derrame de riqueza que nunca llegó; en su lugar, hemos asistido a una monumental transferencia de renta hacia las élites, creando una sociedad de ganadores y perdedores donde la movilidad social se ha convertido casi en una quimera.
Esta brecha no solo es económica, sino también territorial y simbólica, y genera un profundo sentimiento de injusticia y desposesión que la extrema derecha ha sabido explotar hábilmente, dirigiendo la ira no hacia las élites financieras, sino hacia los de abajo, hacia los migrantes o hacia un Estado percibido como secuestrado por los poderosos.
En segundo lugar, y estrechamente ligada a lo anterior, estaría la cuestión de la “inseguridad”. Pero no nos referimos únicamente a la inseguridad ciudadana, sino a una inseguridad social mucho más amplia y difusa. Se trata de la inseguridad de quien tiene un contrato precario, de quien no sabe si podrá pagar el alquiler a fin de mes, de quien ve cómo sus servicios públicos se degradan, de quien vive permanentemente endeudado porque la nómina no alcanza. El miedo a la caída social.
Esta inseguridad existencial genera un ansia de protección, de que alguien o algo ponga orden en mitad del caos. La extrema derecha ofrece respuestas: más policía, más mano dura, cierre de fronteras. Vende la ilusión de un control férreo sobre un mundo que se percibe como ingobernable. Cuando la inseguridad es estructural, la política del chivo expiatorio se vuelve más plausible. Cualquier alteridad se experimenta como amenaza competitiva: el migrante, la mujer como “privilegiada”, la diversidad como “coste”.
La tercera transformación, más sutil pero igual de poderosa, sería la disolución de los tejidos comunitarios. El imperativo neoliberal de “empresarialismo de la vida”, junto con la digitalización de la existencia, han erosionado los lazos vecinales, sindicales y asociativos que antaño proporcionaban identidad y apoyo mutuo. En esta atomización, las frustraciones no se elaboran colectivamente, no hay narrativas compartidas de conflicto, se pierde la experiencia concreta de la cooperación. Las identidades abstractas (nación, cultura, “normalidad”) se vuelven refugio. La ultraderecha, como contrapartida, ofrece pertenencias claras, fronteras definidas, culpables identificables.
Por último, no podemos obviar tampoco los cambios en las “masculinidades hegemónicas”. Las dificultades cada vez mayores para obedecer el mandato de masculinidad, el avance del feminismo y de las reivindicaciones LGTBIQ+ en las últimas décadas, han supuesto una crisis radical de los roles de género tradicionales. Esto ha generado una reacción virulenta, una nostalgia de un orden patriarcal percibido como más estable, donde la identidad masculina no era problemática.
La extrema derecha, con su exaltación de la fuerza, la virilidad y el orden familiar tradicional, se presenta como el refugio de esos hombres que se sienten desplazados, humillados o “desorientados”. Ofrece la restauración de un privilegio perdido, canalizando esa frustración hacia la política con una violencia discursiva y, a menudo, física.
El neoliberalismo instaló la noción de la “vida-empresa”, la obligación del rendimiento, la comparación constante, la identidad como marca. Eso generó una subjetividad hipersensible al reconocimiento, resentida ante cualquier percepción de agravio y vulnerable a narrativas de desplazamiento (“ahora los hombres blancos ya no importan”). La extrema derecha explota esa herida narcisista: “te están quitando tu lugar”, “los otros reciben privilegios”, “tú eres el olvidado”. Y esa herida narcisista encuentra en las masculinidades un territorio fértil donde propagarse.
Miedo, individualización, guerra de todos contra todos, humillación. Estas fracturas reales, actuando simultáneamente, configuran el terreno afectivo sobre el que los discursos ultraderechistas pueden arraigar.
Amador Fernández-Savater y Ernesto García López, Frenar el fascismo, ctxt.es 13/03/2026
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