El complex apocalíptic i la mentalitat bunker.



El contingente de las start-up (tecnofeudalistas) prevé claramente un futuro marcado por las crisis, la escasez y el colapso. Sus dominios privados de alta tecnología son, en esencia, cápsulas de escape fortificadas, diseñadas para que un poco gente elegida aproveche todos los lujos y oportunidades posibles para la optimización humana, lo que le da a ella y a su descendencia una ventaja en un futuro cada vez más bárbaro. Para decirlo sin rodeos, las personas más poderosas del mundo se están preparando para el fin del mundo, un fin que ellas mismas están acelerando frenéticamente.

Esto no está tan lejos de la visión más popular de naciones fortificadas que se ha apoderado de la extrema derecha en todo el mundo: desde Italia hasta Israel, pasando por Australia y Estados Unidos. En una época de peligro incesante, los movimientos abiertamente supremacistas de estos países están posicionando a sus Estados relativamente ricos como búnkeres armados. Estos búnkeres son brutales en su determinación de expulsar y encarcelar a los seres humanos indeseables (aunque ello requiera el confinamiento indefinido en colonias penales extranacionales, desde la isla de Manus hasta la bahía de Guantánamo) e igualmente despiadados en su voluntad de reclamar violentamente la tierra y los recursos (agua, energía, minerales críticos) que consideran necesarios para capear las crisis que se avecinan.

Curiosamente, en un momento en el que las élites de Silicon Valley, anteriormente seculares, están descubriendo de repente a Jesús, cabe destacar que ambas visiones –el Estado corporativo con prioridad para las personas privilegiadas y la nación búnker para el mercado de masas– tienen mucho en común con la interpretación fundamentalista cristiana del Rapto bíblico, cuando las y los fieles serán supuestamente elevados a una ciudad dorada en el cielo, mientras que las personas condenados se quedarán aquí abajo para soportar una batalla final apocalíptica en la Tierra.

Si queremos afrontar este momento crítico de la historia, debemos aceptar la realidad de que no nos enfrentamos a adversarios que ya conocemos. Nos enfrentamos al fascismo del fin de los tiempos.

Reflexionando sobre su infancia bajo Mussolini, el novelista y filósofo Umberto Eco observó, en un célebre ensayo, que el fascismo suele tener el “complejo del Armagedón”, una fijación por vencer al enemigo en la gran batalla final. Pero el fascismo europeo de los años treinta y cuarenta también tenía un horizonte: la visión de una futura edad de oro tras el baño de sangre que, para los miembros de su grupo, sería pacífica, bucólica y purificada. Hoy no es así.

Conscientes de que vivimos en una era de peligro existencial real –desde el colapso climático hasta la guerra nuclear, pasando por la desigualdad galopante y la inteligencia artificial no regulada–, y comprometidos financiera e ideológicamente con agravar esas amenazas, los movimientos de extrema derecha contemporáneos carecen de una visión creíble para un futuro esperanzador. Al votante medio solo se le ofrecen nuevas versiones de un pasado ya desaparecido, junto con el placer sádico de dominar a un conjunto cada vez más amplio de otros deshumanizados.

Apostar contra el futuro a esta escala, confiar en tu búnker, es traicionar, en el nivel más básico, nuestros deberes para con las demás personas, con los niños y niñas que amamos, y para con todas las demás formas de vida con las que compartimos el planeta. Se trata de un sistema de creencias genocida en su esencia y traidor a la maravilla y la belleza de este mundo. Estamos convencidas de que cuanta más gente comprenda hasta qué punto la derecha ha sucumbido al complejo del Armagedón, más dispuesta estará a luchar, al darse cuenta de que ahora está en juego absolutamente todo.

Nuestros oponentes saben muy bien que estamos entrando en una era de emergencia, pero han respondido abrazando delirios letales y egoístas. Habiendo comprado diversas fantasías apartidistas de seguridad atrincherada, están eligiendo dejar que la Tierra arda. Nuestra tarea es construir un movimiento amplio y profundo, tanto espiritual como político, lo suficientemente fuerte como para detener a estos traidores desquiciados. Un movimiento arraigado en el compromiso inquebrantable entre nosotros y nosotras, más allá de nuestras muchas diferencias y divisiones, y con este planeta milagroso y singular.

No hace mucho tiempo, eran principalmente las y los fundamentalistas religiosos quienes recibían los signos del apocalipsis con alegre entusiasmo por el tan esperado Rapto. Trump ha entregado puestos críticos a personas que suscriben esa ortodoxia ardiente, entre ellos varios sionistas cristianos que consideran que el uso de la violencia aniquiladora por parte de Israel para expandir su territorio no es una atrocidad ilegal, sino una prueba feliz de que la Tierra Santa se está acercando a las condiciones en las que regresará el Mesías y los fieles obtendrán su reino celestial.

Hoy en día, muchas personas poderosas y laicas han abrazado una visión del futuro que sigue un guion casi idéntico, en el que el mundo tal y como lo conocemos se derrumba bajo su propio peso y solo unas pocas personas elegidas sobreviven y prosperan en diversos tipos de arcas, búnkeres y ciudades de la libertad cerradas. En un artículo de 2019 titulado Left Behind: Future Fetishists, Prepping and the Abandonment of Earth (Los abandonados: fetichistas del futuro, la preparación y el abandono de la Tierra), las expertas en comunicación Sarah T. Roberts y Mél Hogan describían el anhelo de un rapto secular: “En el imaginario aceleracionista, el futuro no tiene que ver con la reducción del daño, los límites o la restauración, sino que es una política que conduce hacia un final”.

¿Quién necesita un Estado-nación que funcione cuando el espacio exterior –según se dice, la única obsesión de Musk– nos llama? Para Musk, Marte se ha convertido en un arca secular que, según él, es clave para la supervivencia de la civilización humana, tal vez mediante la transferencia de la conciencia a una inteligencia artificial general. Kim Stanley Robinson, autor de la trilogía de ciencia ficción Mars, que parece haber inspirado en parte a Musk, es tajante sobre los peligros de las fantasías del multimillonario sobre la colonización de Marte. Según él, se trata “simplemente de un riesgo moral que crea la ilusión de que podemos destruir la Tierra y seguir estando bien. Es totalmente falso”.

Al igual que los fanáticos religiosos que anhelan escapar del reino corpóreo, el impulso de Musk porque la humanidad se convierta en multiplanetaria es posible gracias a su incapacidad para apreciar el esplendor multiespecífico de nuestro único hogar. Evidentemente, no le interesa la inmensa riqueza que le rodea ni garantizar que la Tierra siga rebosando diversidad, sino que utiliza su enorme fortuna para crear un futuro en el que un puñado de personas y robots sobrevivirán a duras penas en dos planetas áridos (una Tierra radicalmente agotada y un Marte terraformado). De hecho, en un extraño giro de la historia del Antiguo Testamento, Musk y sus compañeros multimillonarios tecnológicos, habiéndose arrogado poderes divinos, no se contentan con construir las arcas. Parecen estar haciendo todo lo posible por provocar el diluvio. Los líderes de la derecha actual y sus ricos aliados no solo se están aprovechando de las catástrofes, la doctrina del shocky el capitalismo del desastre, sino que, al mismo tiempo, las provocan y las planifican.

¿Pero qué hay de la base de MAGA? No todos son lo suficientemente fieles como para creer sinceramente en el Rapto, y la mayoría no tiene el dinero para comprar un lugar en una ciudad de la libertad, y mucho menos en un cohete espacial. No hay nada que temer. El fascismo del fin de los tiempos ofrece la promesa de muchos arcas y búnkeres más asequibles, estos sí al alcance de los soldados de a pie de menor rango.

Bannon no solo insta a su audiencia a construir sus propios búnkeres. También propone una visión de Estados Unidos como un búnker en sí mismo, en el que agentes del ICE [Servicio de control de inmigración y aduanas] acechan las calles, los lugares de trabajo y los campus, haciendo desaparecer a quienes consideran enemigos de la política y los intereses estadounidenses. La nación atrincherada se encuentra en el corazón de la agenda de MAGA y del fascismo del fin de los tiempos. Dentro de su lógica, la primera tarea es endurecer las fronteras nacionales y expulsar a todas las personas enemigas, tanto extranjeras como nacionales. Esta fea labor ya está en marcha, con la administración Trump, respaldada por el Tribunal Supremo, invocando la Ley de Enemigos Extranjeros para deportar a cientos de inmigrantes venezolanos a Cecot, la ahora infame megaprisión de El Salvador. La instalación, que afeita la cabeza a las personas presas y hacina hasta 100 en una sola celda, repleta de literas sin colchones, opera bajo un estado de excepción destructor de las libertades civiles declarado hace más de tres años por el primer ministro cristiano sionista y amante de las criptomonedas, Nayib Bukele.

Esta mentalidad de búnker también ayuda a explicar las controvertidas incursiones de JD Vance en la teología católica. El vicepresidente, que debe su carrera política en gran parte a la generosidad del principal preparador Thiel, explicó a Fox News que, según el concepto cristiano medieval de ordo amoris (traducido tanto como orden del amor como orden de la caridad), no se debe amor a quienes están fuera del búnker: “Amas a tu familia, luego amas a tu vecino, luego amas a tu comunidad y luego amas a tus conciudadanos de tu propio país. Y después de eso, puedes centrarte y dar prioridad al resto del mundo”. (O no, como indicaría la política exterior de la administración Trump). En otras palabras, no le debemos nada a nadie fuera de nuestro búnker.

Como siempre ocurre con el fascismo, el complejo apocalíptico actual traspasa las fronteras de clase y une a las y los multimillonarios con la base de Trump. Gracias a décadas de tensiones económicas cada vez más profundas, junto con un mensaje incesante y hábil que enfrenta a las y los trabajadores entre sí, es comprensible que mucha gente se sienta incapaz de protegerse de la desintegración que la rodea (por muchos meses de comida preparada que compren). Pero hay compensaciones emocionales: se puede aplaudir el fin de la discriminación positiva y la diversidad, glorificar la deportación masiva, disfrutar de la denegación de la atención sanitaria a las personas trans, demonizar a las y los educadores y trabajadores sanitarios que creen saber más que tú, y aplaudir la desaparición de las regulaciones económicas y medioambientales como forma de acabar con los liberales. El fascismo del fin de los tiempos es un fatalismo oscuramente festivo, un último refugio para aquellos que encuentran más fácil celebrar la destrucción que imaginar una vida sin supremacía.

Naomi Klein y Astra Taylor, El auge del fascismo del fin de los tiempos, espacio.publico.com 17/02/2026

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