Quan la lògica del capital es fa percepció.
Marx nos enseñó a pensar el capital como hegemonía de una ley, la ley del valor, según la cual algo tiene valor si tiene un precio, un valor de cambio. Cualquier objeto puede entrar y circular en el sistema si adopta la forma-mercancía. En el fondo, para el capital, no hay cosas, no hay personas, no hay actividades, no hay saberes ni creencias: sólo existen y circulan distintas máscaras del valor de cambio. Lo material no cuenta: es mero soporte de la abstracción. Nihilismo.
Pero el valor no es sólo una ley abstracta que rige los fenómenos desde fuera, sino que se encarna en una percepción, se reproduce a través de nuestros sentidos, se vuelve boca y ojos y oídos y lengua y piel. En Marx encontramos ya argumentos en este sentido.
De “oscurecimiento de los sentidos” habla en sus *Manuscritos del 44*, refiriéndose a que la riqueza sensitiva queda reducida bajo la ley del valor a un solo sentido, el sentido de posesión. De “fetichismo de la mercancía” habla en las primeras páginas de *El capital*, refiriéndose a ese proceso por el cual las relaciones entre personas se convierten en relaciones objetivas entre cosas.
Percibir siempre lo mismo, siempre abstracto, entrar en relación sólo con cosas. Des-intensificación de la percepción. Un empobrecimiento, un debilitamiento, una estandarización. Una sola forma para todo, con un único objetivo, el intercambio por dinero.
La lógica del capital, su radical indiferencia a contenidos, se hace percepción. Este nihilismo perceptivo se traga todo y amenaza hoy ya la misma vida sobre el planeta. ¿Cómo frenarlo, detenerlo, imponerle un límite?
Las categorías políticas clásicas (derecho, ley, poder político, Estado) fracasan al respecto. Contienen, reaccionan, aplazan, pero son incapaces de interrumpir la dinámica expansiva del capital. Pretenden regular exclusivamente *desde fuera* una batalla que se juega también *dentro*: en la misma percepción de lo que es y de lo que vale. Hay una batalla política en la percepción.
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