La desinformació no és la causa sinó l'efecte.





Centrarse en erradicar la desinformación, los bulos o las fake news como si fueran el núcleo del problema equivale a intentar bajar la fiebre sin preguntarse por la infección que la provoca. La fiebre importa, desde luego. Es una señal clínica. Pero confundir el síntoma con la enfermedad puede terminar perjudicando al paciente.

Según analizan Sacha Altay y Hugo Mercier en American Psychologist la desinformación no es la causa profunda de los males democráticos contemporáneos, sino más bien un indicador de desequilibrios previos a los mismos.

El argumento parte de una distinción que suele pasar desapercibida en el debate público. Las creencias no nacen en el vacío. Si alguien piensa que las vacunas causan autismo, esa idea le ha llegado por algún canal: un vídeo, un artículo, una conversación. El contenido concreto tiene origen comunicativo. Nadie inventa en soledad teorías complejas que circulan ya en el ecosistema cultural.

Pero de ahí no se sigue que el mensaje sea el motor profundo del comportamiento. Que una chispa haya prendido no significa que haya creado la pólvora. La comunicación da forma a la creencia, del mismo modo que un molde da forma a una masa. Sin embargo, la textura de la masa ya estaba ahí. Si alguien desconfía de las instituciones sanitarias, si percibe que el sistema le ha fallado, si se identifica con un grupo que valora el escepticismo frente a la autoridad, esos factores previos hacen que cierto mensaje resulte plausible y otro no.

El modelo causal de Altay y Mercier sostiene precisamente eso: la desinformación actúa sobre la superficie, determina el relato específico (autismo, microchips o esterilidad), pero las raíces profundas son actitudinales y estructurales. Esas raíces explican quién se expone al mensaje, quién lo acepta y quién decide actuar en consecuencia. El mensaje concreta la historia. Las predisposiciones y el contexto social deciden si esa historia encuentra terreno fértil o cae en suelo estéril.

La exposición, pues, no es aleatoria. La evidencia empírica muestra que las personas seleccionan activamente la información que encaja con sus predisposiciones. Estudios sobre consumo de contenidos en campañas electorales o sobre escepticismo vacunal han indicado que quienes mantienen actitudes previas desfavorables son mucho más proclives a buscar fuentes afines.

La demanda de determinados relatos precede a su oferta. Incluso revisiones amplias en ciencia del comportamiento han señalado que la exposición a contenidos falsos es relativamente baja y se concentra en minorías altamente motivadas. Cuando se controla la exposición selectiva, los efectos mediáticos se reducen de forma sustancial .

En segundo lugar, aun manteniendo constante la exposición, la aceptación del mensaje depende de factores identitarios y actitudinales. Investigaciones experimentales han mostrado que determinados rumores políticos solo han resonado en grupos ya predispuestos a aceptarlos, mientras que han resultado ineficaces en otros.

En encuestas a expertos en desinformación, variables como identidad partidista, cosmovisión o sesgo de confirmación han aparecido muy por encima de factores como la mera falta de alfabetización o la distracción incidental. La desinformación puede reforzar desconfianzas previas, pero rara vez crea desde cero la estructura actitudinal que la hace plausible.

En tercer lugar, la brecha entre creencias y comportamientos obliga a matizar el alarmismo. Millones pueden declarar que consideran plausible una teoría conspirativa y, sin embargo, solo un número ínfimo actúa de forma violenta en su nombre. En estos casos, los especialistas en radicalización han señalado que las narrativas funcionan como marcos de justificación para sujetos ya predispuestos a la acción, no como detonantes universales. La creencia concreta ayuda a explicar el blanco elegido, pero no la disposición general a actuar.

Desde esta perspectiva, la desinformación aparece como un fenómeno epifenoménico: florece allí donde existen polarización, desigualdad, precariedad o desconfianza institucional. Estudios comparativos han vinculado la propensión a creer en teorías conspirativas con contextos de mayor corrupción percibida o mayor desigualdad socioeconómica . Si las raíces estructurales generan desafección, la desinformación ofrece un repertorio narrativo disponible para canalizarla.

Este planteamiento cuestiona un supuesto implícito en buena parte del discurso contemporáneo: la idea de que existe o debería existir una esfera informativa neutra, objetiva y claramente distinguible de la falsedad. Bajo ese presupuesto, la desinformación se concibe como una anomalía que perturba un orden informativo sano.

Sin embargo, la historia intelectual sugiere que el conocimiento público siempre ha estado mediado por intereses, marcos culturales e instituciones de poder. La aspiración a una información completamente aséptica puede convertirse con facilidad en la tentación de instituir guardianes oficiales de la verdad.

Nada de esto implica trivializar la desinformación. Como la fiebre, puede agravar un cuadro clínico, descoordinar respuestas colectivas o inclinar decisiones en situaciones de incertidumbre. Pero situarla en el centro del diagnóstico puede desviar la atención de procesos más profundos: erosión institucional, fractura social, incentivos mediáticos o dinámicas de identidad grupal. El riesgo no es solo analítico. Si se define el problema como puramente informativo, la solución tenderá a ser tecnocrática y regulatoria. Si se entiende como sintomático, la respuesta deberá ser más ambiciosa y menos cómoda.

La pregunta relevante deja de ser cómo erradicar la desinformación como si fuera un patógeno autónomo, y pasa a ser por qué determinados relatos encuentran hoy un ecosistema fértil. Tal vez el debate no consista en restaurar una edad dorada de la información (algo que probablemente nunca existió), sino en examinar las condiciones sociales que hacen que ciertos discursos resulten persuasivos. En medicina, nadie confunde el termómetro con la infección. En política, aún no se ha aprendido la lección.

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