No he leído nunca un homenaje a la gente de medicina mejor que este intercambio en La peste entre Tarrou, el escéptico comprometido, miliciano en la Guerra Civil española, que va a emprender su última batalla organizando un grupo de voluntarios para apoyar a los servicios sanitarios, y Rieux, el joven doctor que, impávido, se juega la vida desde la mañana a la madrugada visitando a los apestados. Hablan de jesuita Paneloux, que predica que la peste es un castigo divino: "—¿Qué piensa usted del sermón del Padre Paneloux, doctor? La pregunta había sido formulada con naturalidad y Rieux respondió con naturalidad también. —He vivido demasiado en los hospitales para gustarme la idea del castigo colectivo. Pero, ya sabe usted, los cristianos hablan así a veces, sin pensar nunca realmente. Son mejores de lo que parecen. —Usted cree, sin embargo, como Paneloux, que la peste tiene alguna acción benéfica, ¡que abre los ojos, que hace pensar! —Como todas las enfe...
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